Las rutas…

Antes siempre estaba dispuesto a partir, sin rumbo, sin coordenadas a las que ceñirme. Pero eso era antes.

Ahora parto para volver, no se por qué, pero ahora vuelvo a ti, como un trozo de ferro, atraído por la piedra imán magnetizada que atrae todo el material del que están hechos mis sueños.

La mañana se quedó dormida y no madrugamos, mientras, ambos, teníamos ganar de seguir en la cama. Nos mirábamos, sin decir nada, pero conociéndolo todo… hay veces que entre tú y yo solo nos basta una mirada, una sonrisa o solo una caricia para intuir, vaticinar o percibir lo que nuestro cuerpo desea, lo que nuestras almas anhelan.

Los besos no tardaron en llegar, mientras encima el uno sobre el otro estaban. Tu respiración empezó a cambiar, veía tu aliento de rosas y escuchaba el tacto de tu piel desnuda en mi cuerpo. Las sábanas, que siempre fueron muy sabias, se transformaron en suaves hojas que nos sostenían.

De entrada, sacaste tu mano atrapada por la mía, para pasear por toda mi espalda en suave y rítmica sintonía a la respiración. Decidiste dejarla en mitad, para suavemente apretar tu cuerpo junto al mío.

Ambos ya desnudos, embocada la serpiente, me dirigiste:

-suave… despacio… así… susurrándolo al oído. Tu voz salía cálida, algo ronca y entrecortada.

Abrí mis ojos, dejando de besar tu cuello y labios y me quedé sumergido en tu pupila gris sin dejar el ritmo interpuesto para tu goce. En aquel momento, tenías los ojos cerrados, pero sentiste como mis negros y mentiros ojos se clavaban en ti… lo percibiste y me dejaste que sumergiera no solo en tu mirada, sino en tu alma…

Viendo tu goce, decidí tomar otro rumbo, baje muy lentamente a las montañas que antes estaban aprisionadas y bajé para conquistarlas, para besarlas, con suerte de lengua. Mientras tus manos se enfocaron en los rizos de mi cabeza, escuchando de nuevo el vaho de placer que se escapaba de tu boca. Escuchar aquel goce hizo que la temperatura oscilante de aquellas sábanas subieran, queriendo las mismas, ser aún más suaves, pasando de fino hilo a terciopelo…

Los distintos efluvios corporales aparecieron, para que la lubricación de nuestros cuerpos fuese más suave… ¿no íbamos a gripar aquel motor llamado amor, no? En ese instante volviste a requerir con tus manos que te mirara, pues tus labios echan de menos los míos y me hiciste que te mirara de nuevo.

Aquella sonrisa pícara que dibujé en mi, fue la declaración de que partía… tu asombro fue mayúsculo. Noté como tu respiración se agitaba más aún… ya sabes donde me dirijo, ¿no?, pero antes de llegar, me quise entretener y parar por tu vientre y ombligo. Iba en busca de una cueva, pero no era esa. Aunque me pareció simpático parar allí y crear un instante de expectativa y misterio… ya deseabas que llegara a donde fuese…

Poco a poco, saltando a besos y caricias con mi lengua, fui al sur de tu ser… primero, encontré aquel diminuto bosquecillo pubico . El mismo se entremezcló con el bello de mi cara. Olí fuerte, quería emborracharme de aquel perfume que desprende ese barrio de tu cuerpo. Me embriague… poco a poco mis pupilas olfativas se llenaron de ese perfume fatuo. Estaba ante la puerta…

Volviste a levantar mi cara, de entre tu cuerpo afónico y tembloroso. Tu ojos entre abiertos ya conocían lo que a continuación haría mi bífida lengua perturbada, emborrachada de tu olor y adicta aquel néctar que me esperaba tras la puerta del deseo. Aquella mirada me ofreció explícitamente la venia para llamar… algunas veces es necesario pedir permiso para entrar. Lo obtuve.

Algunas veces, cuando se llama, no se golpea, sino que se acaricia, se besa, se susurra. De esta forma es más fácil que te dejen entrar. Y así fue…. Con el primer susurro lo supe. Me introduje en aquel angosto cubículo tan desconocido por mi, tan anhelado por mis gusto.

Sentí aquel escalofrío por mi espaldas, mientras empezaste a convulsionar. Estabas al principio algo tímida y viniste a reclamar mis besos y labios en otro sitio… pero me negué con determinación…. Al final ese reclamo quedó en nada y me dejaste “hacer”…

Minutos después, cuando mi sed quedó saciada, regresé por el mismo camino que me había llevado hasta aquella puerta oscura, húmeda, ardiente y carnosa… ¡que placer aún recordarlo!

Con tus finas manos volvisteis a embocar mi serpiente en la cueva donde hacía unos segundos habían estado mis labios… liberando toda una suerte de movimientos…

– despacio… así… sigue… despacio y fuerte…- empezaron a brotar aquellas palabras de tu boca, mientras volvías a reposar tus brazos a lo largo de mi tronco…

El baile espasmódico llegó… arrítmico y sin sentido que acompasaba el ritmo de nuestro deseo…

Mis gruñidos no tardaron tampoco en llegar y aquello subió aún más tus ganas, tu deseo… (se cuando alguien desea que toque su alma) y por eso fui generoso y mantuve la potencia a registro bajo… quería que esta carrera llegaras tú antes.

Esta vez fuiste generosa y al final, me esperaste en la meta, para que ambos cruzáramos sino a la vez uno detrás del otro…

Lo supe… ambos, con aquella carrera, alcanzamos cotas celestiales…

Me fui a apartar para liberarte de mi pesado cuerpo, pero llevaste mi cabeza a tu regazo y allí solicitaste tu premio conquistado… querías que te abrazara y que entráramos los dos por las puertas de Morfeo para obtener el descanso tan necesariamente deseado… tan necesariamente merecido…

Fue allí y no en otro lugar donde por fin encontré descaso y sueño a los sueños, para los sueños y por los sueños anhelados…

Por eso… my life… my rules….

Es la forma en la que suelo comunicarme cuando hablo en lenguaje universal de la pasión…

La huida

Escaparse de aquello que te ahoga, no es huida. Vivir toda una aventura, donde la improvisación al problema es la tónica, tampoco es huida…. Dejar atrás la maleta llena de recuerdos… algunos lo llamareis huida, en cambio yo lo llamo supervivencia.

Helena, no quiso darle al like a aquel perfil que apareció en su pantalla móvil de la aplicación en la que se había registrado. Nunca entendió que le atraía de esos tipos que parecen duros, que tiene pinta de duros, y que al final resultan que tiene un problema asociativo y lo que verdaderamente aman son a sus madres… pero terminó dándole al like a aquella foto. Pensó también que no tenía que ser de sus mejores fotos la que había puesto en aquel perfil… sinceramente se dijo –debo hacérmelo mirar- y una súbita carcajada inundo la sala donde estaba parada mirando a la pantalla del móvil como una boba.

La aplicación de Pedro le avisó que tenía un nuevo mensaje. Al abrirlo, pensó, otra petarda que quiere quedar. ¿Por qué me abriría aquel maldito perfil?- pensó. –Además que puse una de las fotos más groseras e inadecuadas que tengo. Sigo sin entender por qué alguien le daría un me gusta… La recriminación en su dialogo interno seguía. La sorpresa fue mayúscula, cuando vio que era la chica… No sé cómo explicarlo, simplemente diré que era la chica.

En la pantalla de Pedro -Hola-. Las manos le temblaban y casi se le cae el celular. -¿qué le digo?- Pensó.

En la pantalla de Helena -¿Qué tal? Me llamo Pedro.

Helena pensó, -este chico no debe de ser muy listo, ya sé cómo te llamas-.

Tras unos cuantos mensajes, la aplicación se quedó callada. No fue por falta de interés, ni por mal funcionamiento, lo que pasó fue que cada uno seguía haciendo mil cosas a la vez. Los mensajes se fueron sucediendo de forma sucesiva pero inconstante.

Al final cambiaron de aplicación y se dieron sus números. y al momento, uno de ellos decidió llamar al otro. No recuerdo muy bien quien fue, pero la primera conversación fue… bueno algo tal como así;

Hola- soy Helena- dijo ella, con su aterciopelada voz.

Hola- casi una voz de ultratumba y quebradiza le salió a Pedro.

Tras una hora hablando entre desconocidos, al final se despidieron. Por un lado ella no estaba muy convencida, no es que se arrepintiese de haberlo llamado, pero las palabras de Pedro no la terminaron de convencer. Por su parte, Pedro analizaba cada respuesta o pregunta que le había dicho. No fue su mejor discurso pensó, pero al menos no le había engañado. No había fingido ser una persona que no era, ni tampoco había dicho nada que indicase que buscaba más allá de una sana amistad por ahora.

Los días y mensajes se fueron sucediendo y con el paso de los mismos decidieron quedar. Él se aventuró a visitarla en su ciudad. Se levantó bastante temprano y cogió el primer tren que salía para Sevilla. Ella lo esperaría en Santa Justa. Pero como siempre y las cosas de Pedro, este se bajó en San Bernardino… ¿Cómo no? El típico despiste de Pedro, más nervioso que concentrado, no se percató de que lo habían dejado en otra estación.

Tras una hora en espera en distintas estaciones, Helena con un malestar de campeonato, por ser elegantes y no decir algo más, se decidió a llamarlo. En la pantalla de Pedro apareció el número de Helena Sevilla. No se atrevía a pulsar el botón de contestar, pues se esperaba la típica frase de que le había sido imposible llegar a tiempo o que otro compromiso ineludible e imprevisto la retenía y que mejor quedaban en otro momento, pero de forma mecánica contesto;

-Si

-Oye Pedro, ¿Dónde está? Vienes al final-

¿Cómo?- dijo Pedro, pensando, -esta tía está fatal, sí llevo casi una hora aquí en el andén esperándola. –Claro, si estoy en Sevilla desde las once-.

-Imposible, estoy aquí en Santa Justa, en el entre suelo y el tren de Mérida llego hace casi una hora…

Pedro la interrumpió, ¿Qué estás en Santa Justa?, ¿Qué me dices? Estoy en San Bernardino esperándote tal como me dijiste…

Ella pensó- he ido a quedar con el más listo de su clase- Espera- dijo ella- Yo me acerco a la otra estación, no te muevas.

-Vale-.

Tras el incidente que a Pedro le costó un sonrojo y un nerviosismo extra a la situación ya estresante por si, la cita transcurrió, como transcurren las primeras mejores citas. Una cerveza en una terraza del centro, una visita a un monumento, luego al Museo de Historia y un aperitivo en otro lado, hicieron que las cinco primeras horas pasaran tan rápido como un suspiro.

Llegado la hora donde los toreros salen a torear y la gente decente duerme la siesta, ambos seguían por esa Sevilla de mitad de Junio paseando, hasta que ella decidida, le agarró por la mano y caminaron por toda la ciudad cogidos. En un momento, Pedro paró el paso y se giró a ella;

-¿Qué pasa?- pregunto Helena

-Adiós amiga-, dijo Pedro a Helena.

Cerró sus ojos y muy lentamente se acercó hasta quedar a un milímetro de ella. Paro solo un instante y con la misma velocidad que lleva una hoja suspendida en una brisa, sus labios se encontraron con los de Helena.

Hola- dijo, pero esta vez, apoyando se frente junto a la suya y con los ojos cerrados, manteniendo ese instante en su recuerdo para siempre.

No voy a describir el beso, es complejo. ¿Cómo se describe un beso? Pues cada beso es distinto y describirlo me parece muy engreído hasta para mí, que solo busco demostrar mi afán descriptivo de algo que jamás he dado, por eso, solo diré, que la BESÓ…

El reloj marcaba ya las nueve de la noche y ambos se encontraban esta vez sí, en el andén de la estación de tren correcta. La cara de ambos era un poema, tan mayorcitos y a la vez tan jóvenes, con esa cara de los nuevos amantes ponen cuando uno parte.

Diré que siempre me han encantado las estaciones, porque en ellas muchas veces ves la misma película romántica, pero con distintos actores. Si sé que es algo típico y que todos los que hemos vivido una despedida en un andén nos creemos especiales, pero eso le pasa a muchas parejas

Como Helena no quería ponerse mimosa y su semblante serio indicaba la situación, empezó a hablar de cualquier tema insustancial como el tiempo que iba a hacer al día siguiente. Para no saberlo, era ya verano en Sevilla, lo normal es que hiciese sol, ¿no?. Pero una palabra llevo a otra y a otra y al final, le dijo a Pedro

-¿y si nos escapamos?

-¿Qué?, respondió Pedro, entre asombrado y temeroso

-Si! Escapémonos…- dijo Helean

Pero ¿tú estás bien?, ¿te sentó mal el helado de mango y vainilla de Macedonia? -respondió Pedro

-No, qué tipo más absurdo eres, digo que nos escapemos…

La conversación, en un momento, desembocó, en unas risas, pero en los ojos de los dos, se veía la aventura…. Se terminaron riendo a carcajada limpia, rompiendo el tenso amargor de la despedida, pero también el de la reflexión. Empero ese momento duró poco, pues un ruido de las puertas neumáticas del tren rompió aquellas risas y pequeños manoseos….

Helena dijo – entonces, ¿qué?

Pedro la agarró por la mano y se dirigió hasta las escaleras mecánicas. Ella se paró en seco y dijo;

-¿Estás loco?

-No-, respondió, -voy a comprar dos billetes

Las piernas de Helena empezaron a temblar como las de un pura sangre después de un derby y la boca se le quedó seca, y entre abierta, con los ojos abiertos de par en par, pensando- este tío va en serio- Diecisiete minutos después, para ser exactos, Helena y Pedro, se sentaban en un vagón dirección a Madrid, con ningún equipaje, pero con una mochila cargada de sueños…. Justo la mochila que uno se lleva cuando huye…

¡Mic, Mic, Mic, Mic! El despertador sonó, para aquel hombre de mediana edad. Que sueño más raro he tenido- pensó. Al levantarse de la cama, pudo ver la melena despeinada de ella y sentir su suave respiración, pensando que dormía tranquila, había pasado mala noche. Llegaría tarde del Hospital… Se levantó y se dispuso a prepararse para ir a trabajar. Esa era la rutina de él cada mañana. Este hecho sucede todos los días de lunes a viernes en Gijón. Un matrimonio que discute, ríe y llora siempre juntos. Ellos se llaman Helena y Pedro y no dejan de contarse cuando pueden, aquella absurda anécdota sobre cómo planearon su HUIDA el día que se conocieron… ahora todo el mundo se preguntará;


…¿Cómo terminaron juntos?

Al final todo surge…

… y allí estabas, apurando tu cerveza y dándole las últimas caladas aquel cigarro liado.

Me llamaste la atención porque eras zurda, pero tenías una sonrisa etrusca incierta a la par que encantadora, pero seguías siendo zurda…

La estampa fue absurda, los dos nos moríamos por hablar el uno con el otro. No dijimos nada, solo nos mirábamos con timidez.

Al igual que hacía yo, tu también pintabas patrones y escribías en tu bonito cuaderno. Casi me parto el cuello intentando ver que es lo que escribías, pero como buena zurda, la posición del cuaderno me hacía imposible leerlo.

Ambos pagamos con tarjeta. Uno frente al otro y nos levantamos a la vez. Me miraste y yo puse esa cara de mirada de mil leguas. Seguías mirándome, clavando tus bonitos ojos azul celeste en mi pupila marrón. Yo tampoco podía apartar la vista. Veía una cara, pero te observaba a ti.

Al pasar a mi lado, me sonreíste. Salí de ese trance que algunas veces me imbuyo y pude oler tu alma. Esa sonrisa. Mi expresion pasó a ser curiosa, a ser afónica a mi voz interior…

Nos cruzamos y volví la cara, allí estabas con esa sonrisa, esperando a que girara y cambiara de rumbo. Y así lo hice. Me volví y con paso firme me puse a tu altura, saqué mis manos de los bolsillos de la cazadora y tú… no se por qué, agarraste mimosamente, pero segura mi mano izquierda.

Echamos andar, como si de una pareja de mil años se tratase, pero aún no sabía ni tu nombre y lo único que había escuchado de ti fue -¿qué le debo?, con tarjeta-. Tu por el contrario no tenías ni la mínima curiosidad de escuchar mi voz.

Solo de forma furtiva, con esos ojos, los ladeabas para mirarme; es como si no te creyeras lo que estabas haciendo.

Y así fue como empezamos a perdernos por esa ciudad milenaria, que ahora conozco, que tan diferente es a otras ciudades, pero que se me antoja un tanto embrujada. En un momento, resbalaste o tropezaste, me giré, y te cogí casi al vuelo. Fue ahí donde decidisteis que cogerme de la mano era poco….

Terminaste por acurrucarte entre mi hombro y mi brazo, no por el frío; que era patente en aquella época de año, sino porque siempre te has sentido más segura cuando te abrazo, pero en aquel momento no lo sabía. Pensaba que era porque tenías necesidad del contacto humano.

Las horas pasaron, no dejamos de andar. El silencio pétreo, no fue conquistado. Mientras tanto hacíamos alguna parada para encender un cigarro o mirarnos, acariciarnos la cara o yo moverte el pelo.

Llegados a la calle del Paraíso, frente a la puerta del hotel de Onírico, paraste, me miraste y…

-No, no puede ser- pensé, – ahora me quedo aquí tirado y desecho…

No, no pasó nada de eso… simplemente, te pusiste de puntillas y dijisteis, -se acabó- cerraste los ojos y esperaste a que yo rompiese ese espacio vital, a besos y bocados.

No mentiré, lo rompí. Fui a decir algo y me pusiste dos dedos en los labios. Mi cara de asombro lo decía todo…..

-Ya sabes como beso, ya sabes como ando o como sueña mi voz. Ahora debes ser paciente y debes encontrarme con las pistas que te he dado.

Se giró, entró en el Hotel y esta vez no volvió la cabeza. Me quedé paralizado, sin saber que hacer o que decir. Era una columna trajana, plantada en mitad de la acera. Inmóvil como una presa escondiéndose del depredador. Mi temperatura bajo en tres grados…

No recuerdo cuánto tiempo pasó, si cinco, diez o trece minutos. Estaba sumergido en mi vida paralela, abstraído, cuando de repente.

-Señor, su mujer dice, que le suba tabaco, aunque ya le he dicho que no pueden fumar en la habitación y que le recuerde que es la habitación 267.- dijo el chico de la recepción.

No hice nada, solo entré y vi como te subías aquel ascensor, mirándome de soslayo y con tu sonrisa etrusca….

(Continuará… no lo sé)

Foto a una desconocida que inspiró este pequeño relato, o no… (piensen lo que quieran)

Error de cálculo

Aquella mañana te levantaste con ese sabor a revancha. Nada de eso, te levantaste con el sabor a decisión. Me hablaba así mi conciencia.

Si, todos perseguimos ir al cielo, es la mayor estupidez, pues este no es un lugar sino un estado.

Alguien me dijo, que el mayor invento del siglo XX, había sido la felicidad, buscada por todo el mundo a través de seis formas. Un error de cálculo bastante modal.

Por eso, una vez abandonada ya la idea de que el cielo es un lugar, ya sea metafórico, ya sea geográfico, la idea de la cosa eterna tras el largo sueño se me aventura también como falso. Entonces solo queda una solución ockhamniana, vive feliz sea cual fuese la coyuntura…

Al encontrarte, fui feliz, también lo soy ahora engañándome con una continuidad que no existe. ¿Es la mentira una compañera de la felicidad? Ni idea, pero en mi situación, esta si la acompaña…

Ya no me atraen esas puestas abiertas a la esperanza. Otra gran mentira del ser humano. Aunque parezca pesimista, en realidad, me engullo de sinceridad… pues lo único que sé, es mentirme para consolarme.

La Carta (III parte)

La verdad, no es sólo la autenticidad de los hechos, pues esta, siempre va a estar supeditada a la parte que la cuenta o que la vive. La verdad es algunas veces la mitad de la realidad, pues siempre viene dada por las partes que la viven. Esta tercera parte que aquí os presento, es sin duda un intento de hilvanar la historia de una carta. La ensoñación de un aspirante a escritor y sicario de la letra. Si en la primera parte hablamos del contenido y mensaje, seguidamente del dominio del silencio, ahora nos queda hablar de la motivación. Sin verdad, sin mentira, los hechos se hacen por motivación, ya sea honrada, ya sea deshonesta, ya sea carente aparentemente de la misma… Prepárense para leer, ¿preparados?

-¿Por qué debería contarte quién es Rose?, había sentenciado Joaquín

Aquellas siete palabras, fueron la mejor motivación  que había escuchado Alejandro. De todas las preguntas que le podían haber hecho, esa sin duda, era la que menos se esperaba. No lo mal interpretéis. Se había preparado un discurso muy convincente, sobre cerrar círculos, ayudar a los demás… pero ¿qué se le dice a alguien que es dueño de su historia? Yo no lo sé, ni tampoco el protagonista de esta historia.

– No quiere saber dónde encontré el mensaje- contestó Alejandro.

– ¿Cuál de ellos?

– El de la botella azul.

– Todos los envié en una botella azul. Ni siquiera serias capaz de decirme que contenía antes de llevar el mensaje.

– No, no la he podido identificar

– Era ginebra, pero ya no la fabrican así. Seguramente la hayas encontrado en el estrecho o en Atlántico

La conversación quedó suspendida.

-Acompáñame, ya hoy presiento, que ella, no vendrá… por hoy ya está bien.- dijo Joaquín

Alejandro acompañó al farero hasta la subida de las escaleras, Joaquín se volvió con cara de hacerle una pregunta, pero al final le espetó;

– Eres joven, no te quejes-. En clara referencia a las escaleras. -Llevo muchos años subiendo y bajando estas escaleras, aunque tenía una razón.

Alejandro dijo, -siempre hay una razón-.

Ambos rieron, mientras subían por aquel espinoso camino, donde coronaba la casa del farero.

Al llegar arriba, Alejandro preguntó;

– ¿Está ya automatizado?

– Si aunque algo de mantenimiento le hacen desde Málaga. El programa no lo entiendo, vienen dese Comandancia a revisarlo. Yo solo me encargo de la radio y reportar el tiempo como pequeño punto de información meteorológica. Ya sabes, tipo media de precipitaciones, velocidad del viento, dirección, tipo de cielo, esas cosas. Por eso me dejan seguir utilizando la casa.

Al entrar en la casa, vio una casa escrupulosamente recogida, se notaba su rectitud. En la mesa que hacía de comedor, pudo ver extendido una serie de planos mareógrafos  y de corrientes. Al hacer una visión panorámica de la casa, que estaba construida a modo de espacio libre vio un viejo sofá, con una mesa auxiliar, una librería. Un televisor que había visto tiempos mejores, supuso que incluso estaba desconectado. Una pequeña zona junto con la pared sur, donde había un escritorio y encima una radio de onda corta. En la pared vio que había un plano colgado también de mareas y calados de la costa. En el mismo había distintas banderas. No las pudo contar, pero eran bastantes.

– ¿Todavía sigues en activo?,  preguntó Ale

– A veces le hago alguna sustitución a  Comandancia, pero nada significativo. Automatizaron el faro y solo remito datos del pequeño observatorio voluntario que tengo, como viento, velocidad y datos pluviómetros. ¿Quieres tomar algo?

– Un café estaría bien.

Puso en marcha una cafetera en la cocina donde el hogar de gas emitió el típico sonido de combustión y en pocos minutos el aroma a café inundo la sala. Sacó dos tazas de cerámica blanca, un azucarero y unas pastas para acompañar.

Ambos se sentaron uno frente del otro en la mesa del comedor, evitando las miradas; ambos estaban a kilómetros de distancia, perdidos en sus pensamientos, aunque los mismo confluían. En un momento Joaquín rompió aquel incomodo silencio

– ¿Dónde encontraste el mensaje?

– Cerca de mi faro, en la última cala de la de Trafalgar. Estaba enterrada, llevamos varias semanas de temporal y las mareas han ido cambiando.

– Sí, eso es verdad. Pero esa botella no debería haber tomado esa dirección.

– ¿Cómo?

Al fijarse bien, en la pared, vio, el famoso mapa mareo gráfico de la Real Marina encima de la radio. Era un mapa de corrientes, que tenía anotado con una letra fina y grácil, fechas, pleamar, dirección del viento, esos típicos datos para trazar una ruta. Era la misma letra que encontró en el mensaje de la botella. Ambos se acercaron. Alejandro con cuidado detalló por encima donde estaba ubicado su faro en el mapa y donde había encontrado Turco la botella.

– La carta tenía ya su tiempo. Sí, más del que debiese.- Dijo Joaquín.

-¿Qué pasó?

– Me equivocaría con mis cálculos.

– No, – le interrumpió Alejandro, -¿qué pasó con la chica?

– Ya te lo he dicho, ¿por qué debería contártelo?

– No sé, ¿por la molestia de venir a traerte noticias?

– Nadie te pidió que vinieras, nadie te dijo que preguntaras. Aún no has hecho la pregunta correcta, para que te cuente algo. Te agradezco la visita, como colega profesional. Pero que pensarías si te preguntara ¿por qué estas de farrero?

Alejandro quedó callado, fue por…- empezó a decir.

– Por una chica, siempre hay una mujer por medio….

Ambos rieron.

– Mira, la pregunta no es lo que pasó, la pregunta es por qué sigo haciéndolo, por qué sigo esperando todos los sábados de forma tan inútil, si yo mismo sé que ella no vendrá, pero al corazón se le puede engañar con la mentira de la ilusión y después de tantos años; la verdad, más que ilusión se ha convertido en un hábito. También es lo único que me hace seguir adelante, contar los días desde que pasa el sábado, hasta que llega el siguiente. Es una forma de pasar la vida como otra cualquiera.

– Eso no es amor, es mentira, es paranoia, es muy cruel contigo mismo

– ¿Te atreves tú a juzgarme? Antes de conocerla estaba vacío, pero en calma. Cuando entró en mi vida, llenó huecos que no sabía ni que existiesen. Llenó mis días con ilusión, mas allá de las obligaciones que tenía conforme a mi esposa o hacia mi tripulación. Sé que fue poco tiempo, pero aun así, la amé antes de conocerla, mi brújula apuntaba al medio de su ser y mis mapas solo me indicaban la ruta a seguir a su puerto. Las tardes de paseo y las cenas frías, se hicieron continuas. Amar no es una cuestión de tiempo. Muchos dirán que no la conocía, que era un espejismo o encaprichamiento, pero la verdad es que tú conoces a alguien una sola vez, el resto del tiempo descubres aspectos que hacen que te guste más… a mi todo lo que descubría de ella más me hacía inclinarme hacia ella.

Tras un breve silencio donde ambos se miraron y no se vieron, se intuyeron y no observaron, ¿Cómo explicarlo? Se estaban leyendo el uno al otro y Joaquín continuó- lo peor que le puede pasar a un marinero es que se enamore como yo lo hice. Me costaba partir y tenía ansias por volver, eso para un pescador es la ruina, pero nunca dejé mis obligaciones por cumplir, ni dejé de traer la cuota para que mi tripulación pudiese cobrar. Al final ya se sabe. Aquel vacío me dejó seco y sin fuerzas. Pero eso ya te lo contaré otro día.

Tras aquel ultimo alegato expuesto por Joaquín, la cara de Alejandro era un batiburrillo de emociones que el propio Joaquín supo leer. Para calmar aquella situación y ya que había sido uno de los pocos que se había atrevido a hablar con él, le dijo;

– Mira vamos hacer una cosa, vente la próxima vez que libres, me traes la botella y te contaré lo que paso.

Alejandro se le cambio la cara, aquello sí que no se lo esperaba, a lo que contestó;

– Bueno, creo que sería justo que yo te contara…

– Tranquilo, esta historia no es debida, esta historia te la regalo, si crees que estas en duda conmigo porque te cuente lo que pasó, te equivocas, lo hago porque lleva tiempo queriendo salir y creo que contárselo a un desconocido será más apropiado, ya que no está contaminado por lo que sabe de mi o por lo que pueda sentir por mi.

– Entonces la próxima semana.

Al salir de la casa, se percató de lo solo que están algunas persona y lo mayor que estaba Joaquín, de cómo su respiración se iba agitando por haber subido aquella maldita escalera y como se había alterado en su alegato. Pero bueno, tampoco era médico, era suponer algo que no sabía. Además la semana siguiente tendría su historia. Antes de llegar al final de la parcela una voz le hizo que se girara, era Joaquín que lo llamaba. Se intercambiaron el ancho de banda para tener un canal para hablar por radio. Pensó, – ¿este hombre sabe que existen ya lo móviles y aplicaciones de mensajería instantánea? No querría pasarse de listo, por eso, lo anotó en las notas de su celular y le sonrió.

– Te llamaré mañana a las 20.00, así me podrás decir que tiempo ha hecho y que se espera,- dijo Alejandro.

– Si, estaré esperando tu comunicación, mañana es domingo y no tengo ninguna obligación hasta dentro de siete días.

Aquellas palabras burlonas e irónicas de Joaquín sonaron a frescura en los oidos de Alejandro.

Bajó por la escarpada colina y cogió su coche, al sentarse en la posición del conductor, se fijó, que la botella estaba allí… -Bueno, así Joaquín tendrá algo de compañía los próximos días- pensó.

 (Continuará….)

la Carta (II parte)

Siempre me ha llamado la atención aquellas personas que con su actitud dominan cualquier tipo de situación o conversación a través del silencio. Si, controlan cuando se habla, en qué tono, a qué velocidad; no es solo un ejercicio de poder, sino de inteligencia. Puedes sesgar el mensaje, cargarlo de emoción o simplemente, callar; no tienes porqué contar nada… solo callar y esperar. No me negaran que ese dominio en la conversación, es cuanto menos magistral. Esta segunda parte va de eso…. de la información que contiene el mensaje, de la información que queremos dar al receptor. Atentos, porque los detalles en esta cuentan.

La carretera era preciosa y no pudo retener las ganas de parar a observar el paisaje, repostar y tomar un café. Las vistas eran sacadas de cualquier anuncio de coches, de curvas sinuosas, subidas imposibles y un solo carril por dirección, como si del cuerpo de una mujer se tratase. En un momento del camino aprovechó para llamar a Comandancia y recordar que dejaba su puesto por motivos de mantenimiento, esa noche se encargaría de la radio la propia comandancia avisando de la inoperancia del faro.

El GPS, como todos los aparatos responden a lo que se le programan y Alejandro lo programó de forma equívoca… al final tuvo que recurrir a la técnica más antigua de los exploradores y aventureros; parar y preguntar dónde estaba aquel pueblo. Tras las indicaciones de dos viejos sentados en la orilla de un cambio de sentido en la carretera nacional, le indicaron el destino. Volvía a la “aventura”.

Solo había una única pista de arena suelta y grava, que daba acceso a las distintas calas y playas. No le atraía mucho meterse por allí, ya que si se equivocaba, sería difícil dar la vuelta, pero como todo, solo hay un destino y ese era el camino. La pista era bastante mala, llena de baches y agujeros, que hacían que la marcha fuese muy lenta. Parecía que conseguir respuestas y darle sentido aquel mensaje no iba a ser un regalo. Pero mereció la pena, el carril se abría a una urbanización recién construida, saltándose el más mínimo respeto a la legislación urbanística y dejando rota la armonía visual del paisaje, pero al progreso no hay nada que lo paré.. o ¿sí?

El acceso aquella cala, estaba flanqueado por una hilera de casas bajas que hacían de calle principal de esa barriada, con un paseo marítimo recién inaugurado y que terminaba en la última cala. Siguiendo su intuición, pensó -solo puede estar aquí.- El calado de la playa parecía adecuado y la urbanización terminaba allí, más allá era silvestre. Coronaba aquel paisaje un Faro en un altísimo calvario, que formaba un acantilado. Pudo apreciar que había una escalera labrada que daba acceso a la playa. Un lugar sacado de una postal, solo podría decir que era preciso.

Eran las diez de la mañana y aunque hacia algo de frio, cuando se estaba un rato al sol, picaba. -Seguramente por la tarde lloverá- pensó. Tras una rápida comprobación visual, sus ojos se posaron en algunas personas que ya estaban en la cala. Entre ellas estaba Joaquín. Alejandro no lo sabía aún y tenía sus dudas, de sí había acertado en el sitio.

Volvió su cabeza y vio que cerca había una barraca. Sería mejor tomar algo y pensar por qué carajo estaba allí… además, sería útil buscar algo de información. Así podría asegurarse de estar en el lugar idóneo. Entró y saludó amablemente a los “parroquianos” que en ella estaban. Era la típica cantina de pueblo, decorada con nudos marineros, enseres de pesca, alguna reproducción de algún barco en miniatura, retazos de redes, conchas y los típicos carteles de la administración para que los turistas pudieran identificar el tipo de piezas que se le cobraba al mar.

Al llegar a la barra, vio que un enjuto hombre de piel curtida y arrugada le sonreía. Pensaría que era el típico turista habido de aventura. Aquel hombre se puso a repasar con un trapo los vasos para dar un aspecto de limpieza, que carecía por su ausencia, pero no había otro bar o tasca cerca, así, que estaba destinado a servir a todo aquel que llegase. Ya apoyado en la barra, los ojos de Alejandro se posaron en una maqueta de un barco de pesca, que en uno de los costados, tenía grabado el nombre de Rose. Le pareció simpático.

-¿Qué va a ser señor?

-Un café, por favor.

El hombre se dirigió a la máquina expreso de café, que tenía más guerras que la propia humanidad y empezó a operarla. El ruido era ensordecedor y rompió la calma reinante en aquella barraca. Tras unos instantes, el camarero le puso la bebida.

Como no quería abordar el tema nada más llegar, se paseó por el salón de aquella barraca, donde las sillas y mesas de plástico, regalo de una marca de bebidas, estaban puestas a modo de mobiliario. Con una pose fingida y distraída, representó muy notablemente su papel de turista.

Una vez que los parroquianos se acostumbraron a su presencia, intercambió algunas palabras, sobre el tiempo y la pesca. Quería ganarse su confianza. Seguramente si hubiese entrado a saco, no hubiese obtenido ningún tipo de información. Se acercó al camarero; -ellos son las mejores fuentes para historias y cotilleos de un pueblo, tal vez con un poco de astucia y desinterés me dirán algo- pensó. Muy descuidadamente, pero con una clara intención, señaló la maqueta de aquel barco llamado “Rose”.

-¿Qué tipo de barco es ese?

-Es un palangre, muy típico de otro tipo de pesca, pero aquí hubo uno que lo adaptaron para pescar en estas aguas.

-¿sí? ¡qué curioso!

-El patrón, lo compró en el norte. Todos en el pueblo le dijimos que era demasiado grande. Pero otros le dirán que ese barco estaba gafado. Durante algún tiempo barrio el litoral y ganó buenos duros, pero de un día para otro, el patrón que también era el armador, dejó de salir a faenar con él. Terminó por abandonarlo en el dique del Puerto.

-Pobre hombre. ¿Qué fue de él?

-Si, es un buen hombre, el alcalde intervino para que le designaran farero. Siempre fue muy generoso con las gentes del pueblo y empleaba a bastantes de por aquí, pero, ¿sabe Uds.?, las malas cabezas.

-Pobre hombre, me imagino que algún vicio, ¿no?

-Que va, la depresión que es muy mala. Aunque las gentes de aquí le dirán que fue la bebida. Yo lo conozco desde que era crio y lo conocí antes de ser farero. Un día dejo de sacar el barco y ya está.

-¿Y eso?

-Yo creo que fue por deudas, aunque cualquiera de aquí le contará otra historia.

Dejó que el debate empezase a fluir. Era un antiguo truco de picapleitos que había visto en alguna película. La historia saldría por si sola. La verdad o la mentira la decorarían, pero al final, con un poco de sensatez, descubriría la historia.

Uno aseguró que fue por el alcohol, otros por dudas con el banco. Uno dejó entrever que era por trapichear con drogas, otro, que fue muy escueto, dijo que por una mujer. De esas oyó varias versiones, desde que se casó con la mujer de un amigo por obligación, como que conoció a una extranjera y le robó el ánimo. Eso me gusto… empezaba a vislumbrar la verdad.

Tras un rato de comentarios, chismes, cotilleos y demás, la conversación se desvió, pero yo ya tenía la información que quería. Uniendo un poco las pistas de la carta y de lo oído en la tasca, se puso hacer una composición de lugar de lo que había ocurrido. Solo le faltaba identificar el lugar. En eso, todos acertaron, estaba en la cala del faro de Cordouan, nombrado así por unos árabes del Al-Ándalus que eran originarios de la capital del califato y que para que sus barcos no encallaran, financiaron la construcción del mismo. Años después, el pueblo construyó un alcázar convertido después en castillo y fue cuando decidió remodelar el faro. Ya de la construcción del faro quedaba poco, con los años, se derribó y se levantó el actual, de base cuadrada. Junto a él se construyó las dependencias del farero, que daban acceso a la cala a través de unas escaleras labradas en la pared del risco.

Así que se dirigió a la playa de la cala. No tenía pérdida por la indicación recibida, aunque la orografía de la costa estaba plagada de accidentes geográficos, solo había una construcción solitaria…. bajó por la estrecha escalera tallada en la roca y remarcada por el subir y bajar de viandantes….Allí estaba sentado. No había faltado a su cita.

No se atrevió a abordarlo en seguida, sino que espero un instante. Ese tiempo que parece una eternidad, de duda existencial, de cuestionarse por qué se hacen las cosas. Es el momento del cobarde, antes de convertirse en valiente. Pero su curiosidad podía más que su miedo al ridículo, que su vergüenza ajena, que a meterse donde no lo habían llamado y continuó adelante con ello.

Su paso tímido y corto, llenaba sus botas de arena y el avance se hacía duro, aunque no era la típica arena fina de donde él venía, sino que era pequeñas piedrecitas o partes de conchas. La arena no era clara sino oscura. Por un momento, el símil le trajo un mal augurio, pero ya había tomado una decisión. Se situó a su espalda, casi sin hacer ruido.

En el pensamiento de Joaquín, la pregunta que se había estado haciendo los últimos 31 años, volvió a reiterarse, -¿vendrás hoy?-. Un ruido lo sacó de su ensimismamiento. Mientras tanto, Alejandro dejaba caer sus llaves al no guardarlas bien en sus bolsillos, -Que oportuno- pensó. Vio como la cara de aquel hombre se volvía….

-Hola- dijo Alejandro.

El silencio se hizo y la ruda mirada de aquel viejo se clavó en la pupila de Alejandro. El miedo se atenazo a su garganta. -¿Que decir?- se preguntaba. El silencio entre ambos era un abismo. Por un instante Alejandro aguantó la mirada de aquel viejo farero, pero hay miradas qué duelen y silencios que matan.

-Se quién es.

El silencio seguía presente. Ni siquiera con esas palabras pudo conseguir que emitiera algún sonido. De nuevo las miradas se cruzaron. En los ojos del viejo se podía leer – no quiero que me molesten…

-Mire, soy farero, como Uds.…

El silencio seguía constante. No conseguía romper esa sorda situación tensa….

-Encontré su carta en una botella azul. Solo quería decírselo

El silencio se hizo patente de nuevo. Ni con la referencia a la carta pudo producir reacción a la actitud del viejo

-Solo quería que me contara quien era Rose y que es lo que pasó.

Una voz rota, grabe, vieja, muy gastada por los años, emitió una sola frase de siete palabras, era la perfección hecha alegato

-¿Por qué debería contarte quien es Rose?

No supo que contestar. En el pensamiento del viejo, se produjo la necesidad de saber cuál de las cartas había recatado, donde y en qué momento. Las palabras que se dijeron fueron casi inaudibles….

Continuará….

Una noche más…

Algunas veces, las mejores historias suceden en un solo día, otras duran años; unas pocas se inventan… Esta, que aquí presento, está basada en algún escarceo de mi juventud, combinada con las ensoñaciones de un calenturiento escritor, un viernes noche no hace muchas semanas, con demasiado alcohol en el cuerpo, mucho tiempo libre y una época de sequía (en todos los sentidos). Preparasen para disfrutar

Las curvas y recurvas de aquel cuerpo enfundado en ese mini pantalón vaquero deshilachado, junto con una camiseta también cortada al ombligo, no dejaban mucho a la imaginación. Aquella pose recostada detrás de la barra, marcando sus cuartos traseros como buena jaquetona que era, a este escritor le ponía “palote”… más bien seamos respetuoso, me sentía convulso, -queda más elegante- . Sus tatuajes, aunque algo poligoneros y excesivos en tamaño, cantidad y cromaticidad, no le quedaban mal… pero lo que más me enloquece de aquella chica llamada Simón era su turgente pecho, no excesivamente grande ni diminutamente pequeño, a falta de una palabra mejor, era perfecto.

Su cara estaba tapada por la mascarilla quirúrgica que desde hace tiempo nos hacen llevar. Lo único que se deslumbraba eran aquellos ojos marrones y verdes, que conjuntaban con su melena a ratos rubia a ratos castaña de tipo rizado que caía por sus hombros. Me recordó a la típica melena de un león, pero ella tenía pinta de ser leona.

Su café era; como describirlo sin ser cruel… parecía de todo menos café, pero las vistas de aquella sinuosa figura nacida para el deseo fue la justificación de que acudiera cada viernes tarde aquel bar en las últimas semanas de abril. Nos limitábamos a intercambiar pequeños comentarios, sobre algún cliente petardo o sobre el tiempo… o eso creía la gente. La verdad aquel café del casco antiguo de la ciudad era perfecto.

Todavía no había encontrado un tema de conversación para enganchar una charla que durase más de cuatro palabras o que se despachara con un monosílabo. Me sorprendí mirándole el culo… -que indecente para el hijo de una duquesa-, pero hace tiempo que los títulos nobiliarios del abolengo de mi apellido quedaron atrás. Además fui un poco más inteligente que toda la progenie de mi rancio apellido y resolví escoger el apellido paterno de mi abuelo para pasar desapercibido, para dejarme llevar por irrefrenable deseo de la lujuria contenida en mi mente calenturienta de un maduro pasada ya el ecuador de la cuarentena.

Un par de miradas fugaces que se encontraron con mi mirada más maliciosa, perniciosa y ladina y a ella le picó la curiosidad. Siempre he destacado por ese tipo de miradas que desnuda los más profundo y libidinosos deseos de quién la recibe…

-¿Quieres algo más?- pregunto ella.

-Una bebida espirituosa estaría bien-, le respondí en un tono irónico y juguetón.

-¿Como la quieres?- dijo ella intentando hacerse la graciosa.

– En un vaso y con hielo.

-Que gracioso… no tengo tiempo para tanta tontería, ni tampoco tienes tanto dinero para entretenerme.

– En eso llevas razón. Quiero un Hanky Panky.

– No se de cokteleria, me tendrás que explicar cómo se hace.

– Te explicaría tantas cosas… – acerté a decir, pero al ver aquellos ojos que emitían que su paciencia se estaba acabando continué: -se hace con 11/2 de ginebra, 11/2 de vermut seco y tres partes de naranja.

– ¿No vas de demasiado tipo duro para este tipo de bebidas?- me contesto Simón, claro, tenía que devolverme aquel comentario tan estúpido de antes.

– Venga, si apenas me conoces, soy un cielo jajajajajajaja.

– No te pases, eres demasiado viejo para este tipo de borderias… no te pegan nada.

– Lo sé, perdona.

– Entonces… ¿qué va  a ser?

– Lo que te apetezca…. No soy delicado.

Cogió la primera botella de whiskey peleón y me lo puso con hielo. Aquel trago me supo de maravilla, diría yo que casi divino, pues la llamada de la depravación marcaba mi número de teléfono. Al volver a colocar la botella en la estantería puso una pose en la que se le entrevió el abdomen y casi el nacimiento de los senos debido aquel modelito; más típico para ir a la playa que para servir copas a guiris y acabados como yo. Lo sé, soy un viejo verde, pero me puso cardiaco. Las chicas de muslos gruesos y algo recurvos siempre me han dado mucho punto y han sacado el libidinoso ser que tengo en mi interior.

La conversación decayó, porque al maldito bar, acudieron más clientes y ella estaba obligada a atenderlos. Al pasar a mi lado mientras recogía los vasos sucios de la mesa que tenía a mi espalda, con sus caderas rozó mi brazo… Me miró de forma desafiante. En sus ojos pude leer…. -Yo también se jugar a ese juego- presentí que la tarde “pintaba a bastos” y tal vez tendría un final de relato de revista de los ochenta, donde las chicas que salían en picardías o en aquellos tangas tan sugerentes que tanto me gustan aún.

La tarde noche pasó muy lentamente y la imposibilidad de fumar en el local me causaba bastante malestar. Vi que la terraza empezaba a descongestionarse y le dije:

– Esa mesa que se queda sola, me voy a sentar fuera, puedes apuntarme allí la cuenta

– ¿Pues como no te quieras sentar con ese tío raro?, las otras mesas son del local de al lado

En esa mesa estaba sentado el típico tipo medio borracho que se quería hacer notar. La verdad, la idea no me entusiasmaba y le dije;

– Hay tres personas que me caen fatal: mi segunda exmujer, mi madre y ahora tú.

Ella no pudo evitar reírse a mandíbula abierta. Era condescendiente conmigo, algo que no dejaría de hacer para reírse de mi y darme esperanzas de que pudiera conquistarla. Me miro y supe que había un atisbo de posibilidad… tal vez la noche fuese fructífera.

No me molestó tanto, que me dejara así, tirado en mitad de la barra, sin poder salir a la terraza, pero me percaté que lo hacía por una razón… Estaba reclamando sus derechos de pernada conmigo sobre un grupo de jovenzuelas que no dejaban de mirarme. No es que sea el tipo más guapo del mundo, pero tengo mi público y mi cara de pocos amigos, mis ojos duros y serios y mi rictus enigmático, atraen a cierto tipo de jovencitas que están buscando a un hombre. Lo que no saben ellas es que este “hombre”, tiene el síndrome de Peter Pan y que de duro tengo, lo mismo que un palillo de dientes… eso sí, serio y enigmático soy, pero porque siempre fui un tanto antisocial.

Como me aburría sublimemente y no quería volver a casa ya, y la expectativa de seguir tomando era la única solución a corto plazo, volví a pedir una copa y decirle a Simón;

-Pon esa mesa lo que quieran, pago yo

– ¿Que te crees? Eso lo diría mi abuelo, fantasma… si pretendes ligar con ellas, deberías acercarte a la mesa y…

La interrumpí; – déjate, se lo que me hago-

Simón, con aquel cuerpo diseñado para el vicio, se acercó a la mesa. Me percaté que se contoneaba algo, pero la verdad; a esas alturas de la noche, hasta el andar de una vaca lechera me hubiese incitado a pensar que se estaba exhibiendo. Las risas de la mesa no tardaron en llegar y una voz suave pero con acento extranjero me invito a sentarme.

Eran tres, como “las gracias” de Rubén: más jóvenes que yo, incluso con una pequeña ecuación aritmética pude establecer que los diez años de diferencia los había, pero eso a aquellas alturas ya daba igual. Me preguntaron si hablaba francés o inglés, con una estúpida sonrisa. No sé si era una pregunta o algún juego moderno. Como siempre me he vanagloriado de mi agudeza, le respondí;

– La Lengua francesa la hablo algo, el inglés me defiendo… siempre que no sea más alto que yo (solté una pequeña carcajada). Ellas no lo entendieron, pero Simón sí. Seguía pendiente de nosotros.

La conversación fue saltando de un lado a otro, me preguntaron por mis quehaceres; les pregunte por los suyos y la verdad aquellas cuatro horas se me pasaron volando, tal vez por la compañía, pero seguro que fue por la multitud de copas que me bebí. Llegó ese punto, donde las restricciones se hacían patentes y Simón debía cerrar el bar… Ya llevaba rato sentado con mis “tres gracias” a las cuales no les prestaba el mínimo de atención, pues desde hacía hora y media hora había comenzado un juego de miradas y gestos con Simón, sobre la situación en la que me había metido. Ella no tardó en venir a rescatarme. Llegó, como llega la hembra alfa a la manada y reclama para sí al macho receptivo, sí, he querido ser más prosaico que la verdad. La verdad es que llegó y me dijo;

– Dile a tus amigas que tengo que cerrar. Tu quédate y paga lo que debes.

Tras una despedida casi abrupta, porque la verdad, ya me había cansado de ellas y después de darle un numero de teléfono que le saldría la centralita de un operador de telefonía y una dirección de email que llevaba años sin utilizar, me volví y me quedé con Simón. Echó la baraja de la persiana metálica y aquel mágico y estruendo ruido fue la señal de que la cosa se iba a poner seria.

-¿Quieres la última?

-Yo nunca digo que no a una copa gratis.

-Mira que eres imbécil

-¿Por qué?, ¿qué he hecho yo ahora?

– Era necesario que todo el mundo te viera tontear y ponerte en ridículo con esas tres guiris

– ¿Qué quieres?, no me hacías ni caso

Ella se apoyó en la barra me asió hacia su cuerpo y empezó a mordisquearme la oreja

-Eres puro veneno… salió de mi esa voz casi cuajada por el alcohol

-Y tu un borracho que huele muy bien a altas horas.

Los besos, dieron paso a un manoseo calenturiento por los dos. El aroma de ella era algo afrutado, entremezclado con el olor a bar cerrado y limpia suelos. Me encanta ese aroma a perdición, tal vez no sea muy agradable, pero para gustos colores. La fui desnudando poco a poco, hasta que la dejé solo en braguitas. Aquel cuerpo me parecía aún más espectacular sin tanta ropa y eso que ya de por si llevaba poca. Seguía manteniendo la mascarilla quirúrgica puesta… -¿me la quito?- dijo ella mientras una de mis manos se liberaba de tocar su espesa melena y recorría su cuello hasta su oreja

-Deja, ya lo hago yo.

Había visto la cara de Simón muchas más veces, pero al quitarle aquella mascarilla, la vi como era. Se apreciaba los rojeces dejados por la mascarilla, pero el conjunto de sus demás facciones combinado con sus ojos hacían que aquella cara pareciera angelical. Un súbito escalofrió recorrió todo mi cuerpo… el deseo se hacía ya patente. La volví a besar, pero esta vez, con una ternura dubitativa que exponía más mi nerviosismo de un colegial atrapado en el cuerpo de un borracho, que la de un amante con tablas… que les digo, algunas veces hasta el más seguro, tiembla y duda… Lo dicho, aquella cara angelical, escondía en realidad toda una diablesa… hecha para el deseo

Las cosas terminan como terminan y no daré más detalles. Ella es una señorita y yo, bueno,  al menos, creo que queda algo de caballerosidad en mí….

Al salir de aquel bar los dos, cogidos como dos amantes que buscan un puerto seguro para pasar la noche, ella se volvió y me dijo;

– Promete que no cometerás la estupidez de enamorarte de mí

– Claro, para eso estoy yo ahora….

Ha sido una de las pocas veces en mi vida que me ha dolido tanto mentir. Ahora no voy por su bar, su exnovio volvió y le cantó canciones de sirena al oído. Yo al menos me quedo, con aquella noche y las que le siguieron, fueron eso… una noche más…

Páginas en blanco, ideas absurdas y el indicador parpadeante…

El indicador del procesador de texto, marcaba de forma intermítete la realidad que se cernía sobre el escritor…. Siempre llega. El síndrome de la página en blanco. Si el blanco de cualquier folio, papiro o hoja, sí para el común de los mortales significa la claridad y la rigurosidad de un mensaje que se quiere transmitir, para Josh, un escritorzuelo de segunda que se ganaba algo de dinero trabajado de “negro” para una editorial provincial del medio este era un blanco que se le cernía oscuro, lleno de tinieblas

Aquella luz que desprendía la pantalla de su computador le parecía la más oscura. Su mirada traspasaba aquel maremágnum de tubos catódicos, cables y demás ciencia que engloba y que produce una imagen en una pantalla. Estaba a un millón de kilómetros. Sin pensar en nada y a la vez pensando en todo.

Y como suele pasar en toda buena historia, o en aquellos momentos que tiene uno mismo descubriéndose a sí mismo, una llamada, interrumpe la pasiva visión del que observa, de la tranquilidad del que esta inmóvil. El sonido, lo trajo a la velocidad de la luz a la realidad, sacándolo de ese ensoñamiento que los escritores tejen en su subconsciente cuando se quieren esconder de la realidad. Realidad que no es otra que no tener nada para expresar o producir

El incesante ruido del vibrador del celular, lo obligó a apartar la mirada infinita centrada en la barra del procesador de texto y mirar el visor del celular.

Pensó -Joder Carlos- era su jefe.

-Si- respondió Josh con un tono fingido del que está concentrado en algo muy importante

-Hola Josh, soy Carlos-

-Ah ¿qué tal?

-Bien, pero dejémonos de insustancialidades. Tu último trabajo es pura basura. Esto no es lo que pidió el cliente-

La cara de Josh cambiaba del pálido de su semblante por tantas horas de desvelo y poco sol a amarillo amargado, de saber lo que se le venía encima. Un sinfín de reproches, de quejas, de mierdas, que ya desde hacía tiempo le venían de largo. Lo que no sabía era que le iba a decir a continuación.

-Mira Josh, creo que tienes talento, pero hay gente que tiene fama y tu eres de los que cardaran siempre la lana. Lo siento, pero hasta aquí hemos llegado. Termina el último encargo y déjalo. Ponte a dar clases o a servir copas, lo que quieras…. Pero no me pidas más que te busque un trabajo de “fantasma”… tu genialidad ha desaparecido- aquella voz sonó muy convincente

– Vale- respondió Josh

-¿cómo? ¿Es que solo vas a decir vale?

-Si… también se decir… adiós-. Y automáticamente colgó el celular

Al otro lado de la línea de teléfono, Carlos sabia, que ese chico valía millones y que apretándolo un poco tendrían un gran escritor, pero primero se tendría que curtir haciendo relatos cortos o trabajando por encargo… En ningún momento se esperaba que le colgase… bueno, -Mañana te llamare- dijo en voz alta pues su equipo de trabajo estaba presente. Menos mal que tenía el manos libres apagado, hubiese perdido toda su fama de productor duro e inflexible delante de sus subalternos….

En la casa de Josh, el silencio reinaba. Claro, solo vivía con sus peces y aquel gato, que parecía que no vivía allí, pues nunca estaba. La llamada al principio lo puso nervioso, casi cardiaco. Pasó al estado de ansiedad, seguido de un refrenable pensamiento de contable de costes. Sí. Se había quedado sin trabajo… ya se veía como un paria vendiendo sus composiciones por las mesas de los cafés y terrazas de la zona de ocio de la ciudad a los incautos turistas. De nuevo su mirada, volvía al intermitente indicador de su procesador de textos. Empezó a pensar que algunas veces escribir es imposible. Que contar historias es como menos aburrido, Siempre hablando de cosas que a nadie le pasarán,

Seguía sin entender a los lectores, a la humanidad en general…. Leían situaciones que nunca se producen en la vida real. Ni quería hablar de amores imposibles, ni le apetecía escribir sobre un asesinato que al final el poli con síndrome de héroe caído resuelve, tampoco de besos como los de Romeo y Julieta… además, ¿Quién besa ya así?

La perspectiva se le hacía cada vez más insufrible. ¿De qué escribir? ¿Por qué nadie había escrito sobre la arruga de la sabanas de la cama al despertase? A él le hubiese parecido un tema fascinante, ¿no? Siempre le habían recordado a aquellas montañas que flanqueaban una ciudad andaluza cuando fue a visitar  aquellas ruinas de otras civilización pasada, o sobre la dificultad de escribir obligado, siendo eso, sí, se le ocurrió el término; “sicario de las letras”  o asesino de cuentos”;  no, eso no, demasiado prosaico y mohoso. Mejor “sicario de las letras”

Poco a poco, empezó a machacar las teclas y la historia no cobraba ningún sentido. Ni tenía coherencia, ni agilidad ni gancho. A cada reglón que escribía el tema se difuminaba, como el humo de un cigarro en el cenicero, al igual que este, su tiempo su arte, su narrativa se iba consumiendo, Pensó en incorporar alguna de sus grandes ideas, que reservaba para él o talvez revisar algún episodio de alguna novela y darle un giro. -Espera- se dijo para sí…-eso creo que es plagiar-

Si no estaba pendiente de lo que su cerebro le ordenaba y dejaba la mente en blanco, todas las historia terminaban en aquella frase que escuchó de los labios de Mario- deja de mirarme así- ¿Y cómo quieres que te mire?, pensó –Esta es la cara que tengo, los ojos que gasto y la atención que te presto… lo que sienta o que parezca que expreso es asunto mío… si eres tan valiente, o te sientes tan incómodo, porque no haces algo y pruebas a tomar tú la iniciativa-. Sabía perfectísimamente que nunca diría eso…

Aunque se obligó a escribir hasta altas horas y hacer un esfuerzo cuasi hercúleo por no desviarse del plan diseñado, su cerebro seguía gastándole la broma de tirar para las miradas cruzadas… así no llegaría a terminar ese encargo para mañana, ni para el viernes, ni trabajado todo el fin de semana, para el lunes siguiente. Le obsesionaba terminar aquella relación con Carlos, de forma lo más profesional posible.

Pero llega un momento que el hipotálamo de tu cerebro desconecta y entras en un sueño, en cualquier postura incluso incomoda. En un momento estas centrado en lo que haces y tres micro segundos después, tu subconsciente ya está hilvanado una historia en tu subconsciente. No te has dado ni cuenta, pero tus ojos se han cerrado ya no consigues distinguir lo real de lo onírico… de hecho no te acuerdas de que hace menos de un suspiro estabas intentado terminar de trabajar… Como fuese, la escena me pareció muy tierna. Con la mano izquierda apoyada en su cien, los ojos entrecerrados y el dedo incide de su mano derecha apoyado sobre la tecla del punto, que dejaba una estela infinita de puntos suspensivos en la hoja en la que estaba escribiendo, termino aquel día para Josh

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Lo que sacó en claro de todo esto, es que el síndrome de la página en blanco, no es un bloqueo, menos aún el resultado de que se te agotan las historias, sino la falta de la primera palabra de cualquier relato. En cuanto encuentras la primera oración con la que empezar, cualquier relato, ese mismo, cobra vida e incluso como he dicho, la falta de una historia, a veces produce, sino un buen cuento, al menos algo digno de ser leído y de ser apreciado, no solo por el público, sino por aquellas gentes que dedican su tiempo, esfuerzo y coraje en escribir algo para ser leído. Y es ahí y no en otro lugar, donde un escritorzuelo, se convierte en el protagonista de su mayor bestseller; la novela de su vida.

La página en blanco que contiene el bestseller de tu vida

Mañanas que anuncian lo que ha de venir.

El dial verde de aquel reloj digital de la mesilla de noche señalaban las 04.17, demasiado temprano para madrugar y demasiado tarde para volver intentar coger el sueño. No sabía si volver a dormir o por el contrario empezar la jornada… lo que tenía claro que a esa hora no volvería a entrar o salir del país de los sueños, que relajarse e intentar pensar en algo insustancial para que su mente volviese a un estado onírico sería una pérdida de tiempo.

Se volvió para el otro lado, nada. La almohada le resultaba incomoda. Se puso boca abajo, peor, no podía respirar… tras mil y un intento, decidió dar por terminado el descanso… además parecía como si todas las preocupaciones del mundo recayesen sobre sus hombros. La sensación de sudor, incluso en aquella época del año en Córdoba en la que aun hacia frio, le producía incomodidad y eso que ya dormía sin manta….

-Será mejor que me duche- pensó…

Abrió el grifo y enseguida aquella alcachofa empezó a llorar. Fuera en el pasillo, sólo se oía aquel silencio sordo que muchas veces es más incómodo que el propio ruido, tan ensordecedor que no trae paz sino agobio, pues cuando los pesares bailan al son sin música, es cuando más aterra a la mente despierta del que se preocupa. Se quitó la ropa y el reflejo de su cuerpo en el espejo, le  señaló que no era ya tan joven, ni tampoco tan esbelto como antaño. Las redondeces de la edad ya hacían presencia en su torso y las canas en su barba, indicaban que la cuarentena hacía tiempo que la había sobrepasado. Concluyó que hacia el mismo tiempo que había terminado sus estudios, que el tiempo que llevaba trabajando…. Media vida y seguía igual que cuando termino aquel ciclo…. Perdido, sin un dólar en el bolsillo y lleno de esperanzas que sabía ya por su madurez que no se cumplirían, en eso había cambiado de su yo más joven. Ahora era más honesto consigo mismo.

El agua caliente hizo que el vaho llenara aquel pequeño aseo de esa casa, que por conspiración del destino volviese a ocupar. Entro a tientas en la ducha, pues la luz del foco, aún seguía dando poca luminosidad. Tras unos pequeños ajustes del grifo consiguió que el agua saliese a una temperatura que no le despellejara la piel. La ducha fe rápida, aclarado, jabón y vuelta a aclarar – caja limpia- como solía decir.

El calor del agua, junto con el frio de aseo, hacía que su piel humeara, pensó que sería un buen título para algún poema o historia. Ya con la tolla por debajo de su abdomen, sacó una navaja desechable d detrás del espejo aún empañado y algo de espuma barata para afeitarse… terminó cortándose por debajo de la oreja al apurarse. El pequeño hilo de sangre que destacaba en la blancura de la espuma lo atrajo aquel día.

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Día 23 de abril de décadas anteriores, como todas las mañanas se afeitaba, se arreglaba, se cepillaba el pelo y se ponía un traje para dirigirse a su despacho donde batallar un día más con los distintos asuntos que le planteaban, pero aquel día era distinto. ¡Sí! Aquel día le daba el portazo aquel trabajo que antaño fue desead, pero que ahora le causaba hastió….

Cuando a la noche llegó a casa, no podía creerse lo que había pasado. De un día de despido y liberación a un paso por la morgue para reconocer el cadáver de Julia. Su mujer. No se había percatado que la corbata se la había manchado de café, esperando en la salita del edificio de medicina legal para recoger el certificado…. Su mundo había cambiado diametralmente. Ahora la casa le parecía más fría y solitaria que nunca  y fue cuando Julia, proyectado por su mente para superar la idea de su ausencia le dijo;

-¿Qué tal ha ido el día?

-De pena… tuve que ir a recogerte.

-¿A mí? Si no me he movido de casa. ¿Quieres cenar?

-No tengo cuerpo para cenas… estás muerta.

Tras esto se sentó encima de la mesa delante del sofá, tan baja, que siempre le pareció un taburete con aspiraciones a silla. Ella se acercó se quedó de pie y lo abrazó, jugueteando con sus rizos y asiéndolo hacia su vientre, mientras lo acunaba lentamente y le susurraba –Ya está, ya está…. Verás como todo va a ir bien-. El llanto sordo de un hombre rudo y con dificultad para expresar sus emociones no se hizo esperar.

A la mañana siguiente, el despertador estaba apagado, se levantó desorientado sin saber qué hora era. Pensó que fue una pesadilla, pero la ausencia de un cuerpo al otro lado de la cama, lo trajo a la realidad de un empujón. La bolsa que depositase en el mueble de la cómoda al lado de la cama por donde Julia dormía, fue la señal. Eso y que dentro de la bolsa estaba el móvil de ella, aun encendido. Recibiendo mensajes. Uno de ellos era de un tal Javi, le decía que había estado toda la noche esperándola en la habitación de hotel.

Una forma magnifica de enterarse de que Julia ya no le quería…. En fin, son cosas que pasan. Al levantar la vista vio la proyección de Julia que se dirigía a la cocina, sonriente como siempre, con aquella forma tan peculiar de vestirse para acostarse, con sus vejas camisetas que utilizaba como camisón, pues decía; -es que huelen a ti y es como si te tuviese conmigo en todo momento-. De la cocina se oyó su voz preguntándole que si quería café;

Si- inconscientemente contesto- pero con leche y no lo pongas muy caliente- prosiguió.

Aquel juego mental duraría muchos años, demasiados. Fue saltando de trabajo en trabajo, de ciudad en ciudad. Cada ocasión su reputación, como su criterio, minoraban como la bebida contenida en aquel vaso que nunca quería apurar, sino llenar para olvidar. Se había convertido en aquel nadador de dos dedos de whisky y un hielo…. Nadie flota en el alcohol.

Pasaron los años y su carácter fue apagándose, cada vez, un poco más. Por el contrario, las proyecciones de Julia se hacían más constantes y ya no se molestaba ni tan siquiera en disimular la alucinaciones, ni en público. Es como si nadie la viese. Mejor, así nadie la podría entretener y se podría dedicar a él en exclusiva. Como él había hecho durante tanto tiempo. Que egoísta y cruel puede ser el género humano cuando no se está bien y se antepone el infantil deseo a la cruda realidad.

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Y así pasaron varias horas. El reloj de la mesilla marcaba que ya llevaba un buen rato trabajando para aquel empleador que no sin recelo, había vuelto a confiar en él. Es cierto que Julia ya llevaba varias semanas que había desaparecido, no le molestaba, de hecho le gratificaba. Se sentía más ligero que antes y tenía esa sensación de haber vivido los últimos años en un duelo entero. Todo fue desde que Mona, apareció en su vida y Julia una noche le recriminó que hablase con otras mujeres. Aquella noche él no se quedó viendo la proyección de Julia como se quedaba dormida, sino que cerró sus ojos y durmió.

Pero él no tenía la suerte del gigante irlandés, sino el castigo de que todo lo que le pasaba era consecuencia de que se lo merecía por como actuaba. Mola había dejado de escribirle, y Julia había vuelto aparecer durante dos días. Aquella mañana, no apreció Julia, ni tampoco miró su teléfono para ver si había aviso de Moma… aquella mañana miró por la ventana a las 6.17 y vio lo que tenía que ver;

Una mañana que anunciaba lo que había de venir… su destino

….. el zumbido del móvil por la entrada de una notificación sonó, su estado de ánimo cambió…. Como la esperanza escrita por Cortázar, este sentimiento es de dominio de la vida. A veces dos horas bastan para un todo. (Continuara…)

Artificio Nocturno

….Mientras tanto, la Luz aprendió a escribir su nombre con tinta invisible.Los hombres, que ansiaban controlar la naturaleza de la misma, buscaron en la profundidad del abismo ese conocimiento, crearon nuevos idiomas, asignaron valores incomprensibles al pergamino para intentar engañar a la Luz para que se revelara….Al final con ingenio y alquimia pudieron reproducir y controlar las propiedades de la Luz y la Oscuridad llenó la tierra. Y esta quedo yerma, árida e impotente… ya nada había, la desesperanza se instaló en todos los rincones del mundo. Aun así, el nombre de la luz aún quedaba oculto a su control, pues en su nombre escondía, más de lo que parece, más que claridad o azul….esta visión y concepto solo sería revelado aquel que fuese digno de releerlo y comprender la anatomía de la luz, que llevase la llama prendida en su inteligencia, que silbara al viento el calor que desprende y que en su proceder no cupiese el desangelo o el miedo….´Seria aquella persona que dominase el amor… pues la tinta con la que la Luz escribió su nombre, era amor… amor por la oscuridad…. Por eso es invisible, por eso los hombres no pueden leerlo… Es obvio, no existe Luz sin Oscuridad, ni noche sin día… sí esta una; la otra no puede existir. .Esta es la gran historia de amor jamás contada, de cómo Luz y Oscuridad, solo confluyen en dos momentos… ciclo a ciclo… sin que la monotonía o la repetición causen meya en su constancia, por observarse al menos durante una fracción de tiempo, tan minúsculo, que ni el ojo animal o humano puede apreciarlo….ya merece la pena leer estas líneas. Y ¿los hombres pretenden atrapar el nombre de la Luz?… ¡cuán equivocado están! Para que una esté, la otra, debe diluirse como la pintura en una gota de agua… poco a poco… ¡cuán generoso me parece! Solo algunos que alcanzan la ceguera absoluta, tienen esa agudeza visual invisible…