Las rutas…

Antes siempre estaba dispuesto a partir, sin rumbo, sin coordenadas a las que ceñirme. Pero eso era antes.

Ahora parto para volver, no se por qué, pero ahora vuelvo a ti, como un trozo de ferro, atraído por la piedra imán magnetizada que atrae todo el material del que están hechos mis sueños.

La mañana se quedó dormida y no madrugamos, mientras, ambos, teníamos ganar de seguir en la cama. Nos mirábamos, sin decir nada, pero conociéndolo todo… hay veces que entre tú y yo solo nos basta una mirada, una sonrisa o solo una caricia para intuir, vaticinar o percibir lo que nuestro cuerpo desea, lo que nuestras almas anhelan.

Los besos no tardaron en llegar, mientras encima el uno sobre el otro estaban. Tu respiración empezó a cambiar, veía tu aliento de rosas y escuchaba el tacto de tu piel desnuda en mi cuerpo. Las sábanas, que siempre fueron muy sabias, se transformaron en suaves hojas que nos sostenían.

De entrada, sacaste tu mano atrapada por la mía, para pasear por toda mi espalda en suave y rítmica sintonía a la respiración. Decidiste dejarla en mitad, para suavemente apretar tu cuerpo junto al mío.

Ambos ya desnudos, embocada la serpiente, me dirigiste:

-suave… despacio… así… susurrándolo al oído. Tu voz salía cálida, algo ronca y entrecortada.

Abrí mis ojos, dejando de besar tu cuello y labios y me quedé sumergido en tu pupila gris sin dejar el ritmo interpuesto para tu goce. En aquel momento, tenías los ojos cerrados, pero sentiste como mis negros y mentiros ojos se clavaban en ti… lo percibiste y me dejaste que sumergiera no solo en tu mirada, sino en tu alma…

Viendo tu goce, decidí tomar otro rumbo, baje muy lentamente a las montañas que antes estaban aprisionadas y bajé para conquistarlas, para besarlas, con suerte de lengua. Mientras tus manos se enfocaron en los rizos de mi cabeza, escuchando de nuevo el vaho de placer que se escapaba de tu boca. Escuchar aquel goce hizo que la temperatura oscilante de aquellas sábanas subieran, queriendo las mismas, ser aún más suaves, pasando de fino hilo a terciopelo…

Los distintos efluvios corporales aparecieron, para que la lubricación de nuestros cuerpos fuese más suave… ¿no íbamos a gripar aquel motor llamado amor, no? En ese instante volviste a requerir con tus manos que te mirara, pues tus labios echan de menos los míos y me hiciste que te mirara de nuevo.

Aquella sonrisa pícara que dibujé en mi, fue la declaración de que partía… tu asombro fue mayúsculo. Noté como tu respiración se agitaba más aún… ya sabes donde me dirijo, ¿no?, pero antes de llegar, me quise entretener y parar por tu vientre y ombligo. Iba en busca de una cueva, pero no era esa. Aunque me pareció simpático parar allí y crear un instante de expectativa y misterio… ya deseabas que llegara a donde fuese…

Poco a poco, saltando a besos y caricias con mi lengua, fui al sur de tu ser… primero, encontré aquel diminuto bosquecillo pubico . El mismo se entremezcló con el bello de mi cara. Olí fuerte, quería emborracharme de aquel perfume que desprende ese barrio de tu cuerpo. Me embriague… poco a poco mis pupilas olfativas se llenaron de ese perfume fatuo. Estaba ante la puerta…

Volviste a levantar mi cara, de entre tu cuerpo afónico y tembloroso. Tu ojos entre abiertos ya conocían lo que a continuación haría mi bífida lengua perturbada, emborrachada de tu olor y adicta aquel néctar que me esperaba tras la puerta del deseo. Aquella mirada me ofreció explícitamente la venia para llamar… algunas veces es necesario pedir permiso para entrar. Lo obtuve.

Algunas veces, cuando se llama, no se golpea, sino que se acaricia, se besa, se susurra. De esta forma es más fácil que te dejen entrar. Y así fue…. Con el primer susurro lo supe. Me introduje en aquel angosto cubículo tan desconocido por mi, tan anhelado por mis gusto.

Sentí aquel escalofrío por mi espaldas, mientras empezaste a convulsionar. Estabas al principio algo tímida y viniste a reclamar mis besos y labios en otro sitio… pero me negué con determinación…. Al final ese reclamo quedó en nada y me dejaste “hacer”…

Minutos después, cuando mi sed quedó saciada, regresé por el mismo camino que me había llevado hasta aquella puerta oscura, húmeda, ardiente y carnosa… ¡que placer aún recordarlo!

Con tus finas manos volvisteis a embocar mi serpiente en la cueva donde hacía unos segundos habían estado mis labios… liberando toda una suerte de movimientos…

– despacio… así… sigue… despacio y fuerte…- empezaron a brotar aquellas palabras de tu boca, mientras volvías a reposar tus brazos a lo largo de mi tronco…

El baile espasmódico llegó… arrítmico y sin sentido que acompasaba el ritmo de nuestro deseo…

Mis gruñidos no tardaron tampoco en llegar y aquello subió aún más tus ganas, tu deseo… (se cuando alguien desea que toque su alma) y por eso fui generoso y mantuve la potencia a registro bajo… quería que esta carrera llegaras tú antes.

Esta vez fuiste generosa y al final, me esperaste en la meta, para que ambos cruzáramos sino a la vez uno detrás del otro…

Lo supe… ambos, con aquella carrera, alcanzamos cotas celestiales…

Me fui a apartar para liberarte de mi pesado cuerpo, pero llevaste mi cabeza a tu regazo y allí solicitaste tu premio conquistado… querías que te abrazara y que entráramos los dos por las puertas de Morfeo para obtener el descanso tan necesariamente deseado… tan necesariamente merecido…

Fue allí y no en otro lugar donde por fin encontré descaso y sueño a los sueños, para los sueños y por los sueños anhelados…

Por eso… my life… my rules….

Es la forma en la que suelo comunicarme cuando hablo en lenguaje universal de la pasión…

La huida

Escaparse de aquello que te ahoga, no es huida. Vivir toda una aventura, donde la improvisación al problema es la tónica, tampoco es huida…. Dejar atrás la maleta llena de recuerdos… algunos lo llamareis huida, en cambio yo lo llamo supervivencia.

Helena, no quiso darle al like a aquel perfil que apareció en su pantalla móvil de la aplicación en la que se había registrado. Nunca entendió que le atraía de esos tipos que parecen duros, que tiene pinta de duros, y que al final resultan que tiene un problema asociativo y lo que verdaderamente aman son a sus madres… pero terminó dándole al like a aquella foto. Pensó también que no tenía que ser de sus mejores fotos la que había puesto en aquel perfil… sinceramente se dijo –debo hacérmelo mirar- y una súbita carcajada inundo la sala donde estaba parada mirando a la pantalla del móvil como una boba.

La aplicación de Pedro le avisó que tenía un nuevo mensaje. Al abrirlo, pensó, otra petarda que quiere quedar. ¿Por qué me abriría aquel maldito perfil?- pensó. –Además que puse una de las fotos más groseras e inadecuadas que tengo. Sigo sin entender por qué alguien le daría un me gusta… La recriminación en su dialogo interno seguía. La sorpresa fue mayúscula, cuando vio que era la chica… No sé cómo explicarlo, simplemente diré que era la chica.

En la pantalla de Pedro -Hola-. Las manos le temblaban y casi se le cae el celular. -¿qué le digo?- Pensó.

En la pantalla de Helena -¿Qué tal? Me llamo Pedro.

Helena pensó, -este chico no debe de ser muy listo, ya sé cómo te llamas-.

Tras unos cuantos mensajes, la aplicación se quedó callada. No fue por falta de interés, ni por mal funcionamiento, lo que pasó fue que cada uno seguía haciendo mil cosas a la vez. Los mensajes se fueron sucediendo de forma sucesiva pero inconstante.

Al final cambiaron de aplicación y se dieron sus números. y al momento, uno de ellos decidió llamar al otro. No recuerdo muy bien quien fue, pero la primera conversación fue… bueno algo tal como así;

Hola- soy Helena- dijo ella, con su aterciopelada voz.

Hola- casi una voz de ultratumba y quebradiza le salió a Pedro.

Tras una hora hablando entre desconocidos, al final se despidieron. Por un lado ella no estaba muy convencida, no es que se arrepintiese de haberlo llamado, pero las palabras de Pedro no la terminaron de convencer. Por su parte, Pedro analizaba cada respuesta o pregunta que le había dicho. No fue su mejor discurso pensó, pero al menos no le había engañado. No había fingido ser una persona que no era, ni tampoco había dicho nada que indicase que buscaba más allá de una sana amistad por ahora.

Los días y mensajes se fueron sucediendo y con el paso de los mismos decidieron quedar. Él se aventuró a visitarla en su ciudad. Se levantó bastante temprano y cogió el primer tren que salía para Sevilla. Ella lo esperaría en Santa Justa. Pero como siempre y las cosas de Pedro, este se bajó en San Bernardino… ¿Cómo no? El típico despiste de Pedro, más nervioso que concentrado, no se percató de que lo habían dejado en otra estación.

Tras una hora en espera en distintas estaciones, Helena con un malestar de campeonato, por ser elegantes y no decir algo más, se decidió a llamarlo. En la pantalla de Pedro apareció el número de Helena Sevilla. No se atrevía a pulsar el botón de contestar, pues se esperaba la típica frase de que le había sido imposible llegar a tiempo o que otro compromiso ineludible e imprevisto la retenía y que mejor quedaban en otro momento, pero de forma mecánica contesto;

-Si

-Oye Pedro, ¿Dónde está? Vienes al final-

¿Cómo?- dijo Pedro, pensando, -esta tía está fatal, sí llevo casi una hora aquí en el andén esperándola. –Claro, si estoy en Sevilla desde las once-.

-Imposible, estoy aquí en Santa Justa, en el entre suelo y el tren de Mérida llego hace casi una hora…

Pedro la interrumpió, ¿Qué estás en Santa Justa?, ¿Qué me dices? Estoy en San Bernardino esperándote tal como me dijiste…

Ella pensó- he ido a quedar con el más listo de su clase- Espera- dijo ella- Yo me acerco a la otra estación, no te muevas.

-Vale-.

Tras el incidente que a Pedro le costó un sonrojo y un nerviosismo extra a la situación ya estresante por si, la cita transcurrió, como transcurren las primeras mejores citas. Una cerveza en una terraza del centro, una visita a un monumento, luego al Museo de Historia y un aperitivo en otro lado, hicieron que las cinco primeras horas pasaran tan rápido como un suspiro.

Llegado la hora donde los toreros salen a torear y la gente decente duerme la siesta, ambos seguían por esa Sevilla de mitad de Junio paseando, hasta que ella decidida, le agarró por la mano y caminaron por toda la ciudad cogidos. En un momento, Pedro paró el paso y se giró a ella;

-¿Qué pasa?- pregunto Helena

-Adiós amiga-, dijo Pedro a Helena.

Cerró sus ojos y muy lentamente se acercó hasta quedar a un milímetro de ella. Paro solo un instante y con la misma velocidad que lleva una hoja suspendida en una brisa, sus labios se encontraron con los de Helena.

Hola- dijo, pero esta vez, apoyando se frente junto a la suya y con los ojos cerrados, manteniendo ese instante en su recuerdo para siempre.

No voy a describir el beso, es complejo. ¿Cómo se describe un beso? Pues cada beso es distinto y describirlo me parece muy engreído hasta para mí, que solo busco demostrar mi afán descriptivo de algo que jamás he dado, por eso, solo diré, que la BESÓ…

El reloj marcaba ya las nueve de la noche y ambos se encontraban esta vez sí, en el andén de la estación de tren correcta. La cara de ambos era un poema, tan mayorcitos y a la vez tan jóvenes, con esa cara de los nuevos amantes ponen cuando uno parte.

Diré que siempre me han encantado las estaciones, porque en ellas muchas veces ves la misma película romántica, pero con distintos actores. Si sé que es algo típico y que todos los que hemos vivido una despedida en un andén nos creemos especiales, pero eso le pasa a muchas parejas

Como Helena no quería ponerse mimosa y su semblante serio indicaba la situación, empezó a hablar de cualquier tema insustancial como el tiempo que iba a hacer al día siguiente. Para no saberlo, era ya verano en Sevilla, lo normal es que hiciese sol, ¿no?. Pero una palabra llevo a otra y a otra y al final, le dijo a Pedro

-¿y si nos escapamos?

-¿Qué?, respondió Pedro, entre asombrado y temeroso

-Si! Escapémonos…- dijo Helean

Pero ¿tú estás bien?, ¿te sentó mal el helado de mango y vainilla de Macedonia? -respondió Pedro

-No, qué tipo más absurdo eres, digo que nos escapemos…

La conversación, en un momento, desembocó, en unas risas, pero en los ojos de los dos, se veía la aventura…. Se terminaron riendo a carcajada limpia, rompiendo el tenso amargor de la despedida, pero también el de la reflexión. Empero ese momento duró poco, pues un ruido de las puertas neumáticas del tren rompió aquellas risas y pequeños manoseos….

Helena dijo – entonces, ¿qué?

Pedro la agarró por la mano y se dirigió hasta las escaleras mecánicas. Ella se paró en seco y dijo;

-¿Estás loco?

-No-, respondió, -voy a comprar dos billetes

Las piernas de Helena empezaron a temblar como las de un pura sangre después de un derby y la boca se le quedó seca, y entre abierta, con los ojos abiertos de par en par, pensando- este tío va en serio- Diecisiete minutos después, para ser exactos, Helena y Pedro, se sentaban en un vagón dirección a Madrid, con ningún equipaje, pero con una mochila cargada de sueños…. Justo la mochila que uno se lleva cuando huye…

¡Mic, Mic, Mic, Mic! El despertador sonó, para aquel hombre de mediana edad. Que sueño más raro he tenido- pensó. Al levantarse de la cama, pudo ver la melena despeinada de ella y sentir su suave respiración, pensando que dormía tranquila, había pasado mala noche. Llegaría tarde del Hospital… Se levantó y se dispuso a prepararse para ir a trabajar. Esa era la rutina de él cada mañana. Este hecho sucede todos los días de lunes a viernes en Gijón. Un matrimonio que discute, ríe y llora siempre juntos. Ellos se llaman Helena y Pedro y no dejan de contarse cuando pueden, aquella absurda anécdota sobre cómo planearon su HUIDA el día que se conocieron… ahora todo el mundo se preguntará;


…¿Cómo terminaron juntos?

Páginas en blanco, ideas absurdas y el indicador parpadeante…

El indicador del procesador de texto, marcaba de forma intermítete la realidad que se cernía sobre el escritor…. Siempre llega. El síndrome de la página en blanco. Si el blanco de cualquier folio, papiro o hoja, sí para el común de los mortales significa la claridad y la rigurosidad de un mensaje que se quiere transmitir, para Josh, un escritorzuelo de segunda que se ganaba algo de dinero trabajado de “negro” para una editorial provincial del medio este era un blanco que se le cernía oscuro, lleno de tinieblas

Aquella luz que desprendía la pantalla de su computador le parecía la más oscura. Su mirada traspasaba aquel maremágnum de tubos catódicos, cables y demás ciencia que engloba y que produce una imagen en una pantalla. Estaba a un millón de kilómetros. Sin pensar en nada y a la vez pensando en todo.

Y como suele pasar en toda buena historia, o en aquellos momentos que tiene uno mismo descubriéndose a sí mismo, una llamada, interrumpe la pasiva visión del que observa, de la tranquilidad del que esta inmóvil. El sonido, lo trajo a la velocidad de la luz a la realidad, sacándolo de ese ensoñamiento que los escritores tejen en su subconsciente cuando se quieren esconder de la realidad. Realidad que no es otra que no tener nada para expresar o producir

El incesante ruido del vibrador del celular, lo obligó a apartar la mirada infinita centrada en la barra del procesador de texto y mirar el visor del celular.

Pensó -Joder Carlos- era su jefe.

-Si- respondió Josh con un tono fingido del que está concentrado en algo muy importante

-Hola Josh, soy Carlos-

-Ah ¿qué tal?

-Bien, pero dejémonos de insustancialidades. Tu último trabajo es pura basura. Esto no es lo que pidió el cliente-

La cara de Josh cambiaba del pálido de su semblante por tantas horas de desvelo y poco sol a amarillo amargado, de saber lo que se le venía encima. Un sinfín de reproches, de quejas, de mierdas, que ya desde hacía tiempo le venían de largo. Lo que no sabía era que le iba a decir a continuación.

-Mira Josh, creo que tienes talento, pero hay gente que tiene fama y tu eres de los que cardaran siempre la lana. Lo siento, pero hasta aquí hemos llegado. Termina el último encargo y déjalo. Ponte a dar clases o a servir copas, lo que quieras…. Pero no me pidas más que te busque un trabajo de “fantasma”… tu genialidad ha desaparecido- aquella voz sonó muy convincente

– Vale- respondió Josh

-¿cómo? ¿Es que solo vas a decir vale?

-Si… también se decir… adiós-. Y automáticamente colgó el celular

Al otro lado de la línea de teléfono, Carlos sabia, que ese chico valía millones y que apretándolo un poco tendrían un gran escritor, pero primero se tendría que curtir haciendo relatos cortos o trabajando por encargo… En ningún momento se esperaba que le colgase… bueno, -Mañana te llamare- dijo en voz alta pues su equipo de trabajo estaba presente. Menos mal que tenía el manos libres apagado, hubiese perdido toda su fama de productor duro e inflexible delante de sus subalternos….

En la casa de Josh, el silencio reinaba. Claro, solo vivía con sus peces y aquel gato, que parecía que no vivía allí, pues nunca estaba. La llamada al principio lo puso nervioso, casi cardiaco. Pasó al estado de ansiedad, seguido de un refrenable pensamiento de contable de costes. Sí. Se había quedado sin trabajo… ya se veía como un paria vendiendo sus composiciones por las mesas de los cafés y terrazas de la zona de ocio de la ciudad a los incautos turistas. De nuevo su mirada, volvía al intermitente indicador de su procesador de textos. Empezó a pensar que algunas veces escribir es imposible. Que contar historias es como menos aburrido, Siempre hablando de cosas que a nadie le pasarán,

Seguía sin entender a los lectores, a la humanidad en general…. Leían situaciones que nunca se producen en la vida real. Ni quería hablar de amores imposibles, ni le apetecía escribir sobre un asesinato que al final el poli con síndrome de héroe caído resuelve, tampoco de besos como los de Romeo y Julieta… además, ¿Quién besa ya así?

La perspectiva se le hacía cada vez más insufrible. ¿De qué escribir? ¿Por qué nadie había escrito sobre la arruga de la sabanas de la cama al despertase? A él le hubiese parecido un tema fascinante, ¿no? Siempre le habían recordado a aquellas montañas que flanqueaban una ciudad andaluza cuando fue a visitar  aquellas ruinas de otras civilización pasada, o sobre la dificultad de escribir obligado, siendo eso, sí, se le ocurrió el término; “sicario de las letras”  o asesino de cuentos”;  no, eso no, demasiado prosaico y mohoso. Mejor “sicario de las letras”

Poco a poco, empezó a machacar las teclas y la historia no cobraba ningún sentido. Ni tenía coherencia, ni agilidad ni gancho. A cada reglón que escribía el tema se difuminaba, como el humo de un cigarro en el cenicero, al igual que este, su tiempo su arte, su narrativa se iba consumiendo, Pensó en incorporar alguna de sus grandes ideas, que reservaba para él o talvez revisar algún episodio de alguna novela y darle un giro. -Espera- se dijo para sí…-eso creo que es plagiar-

Si no estaba pendiente de lo que su cerebro le ordenaba y dejaba la mente en blanco, todas las historia terminaban en aquella frase que escuchó de los labios de Mario- deja de mirarme así- ¿Y cómo quieres que te mire?, pensó –Esta es la cara que tengo, los ojos que gasto y la atención que te presto… lo que sienta o que parezca que expreso es asunto mío… si eres tan valiente, o te sientes tan incómodo, porque no haces algo y pruebas a tomar tú la iniciativa-. Sabía perfectísimamente que nunca diría eso…

Aunque se obligó a escribir hasta altas horas y hacer un esfuerzo cuasi hercúleo por no desviarse del plan diseñado, su cerebro seguía gastándole la broma de tirar para las miradas cruzadas… así no llegaría a terminar ese encargo para mañana, ni para el viernes, ni trabajado todo el fin de semana, para el lunes siguiente. Le obsesionaba terminar aquella relación con Carlos, de forma lo más profesional posible.

Pero llega un momento que el hipotálamo de tu cerebro desconecta y entras en un sueño, en cualquier postura incluso incomoda. En un momento estas centrado en lo que haces y tres micro segundos después, tu subconsciente ya está hilvanado una historia en tu subconsciente. No te has dado ni cuenta, pero tus ojos se han cerrado ya no consigues distinguir lo real de lo onírico… de hecho no te acuerdas de que hace menos de un suspiro estabas intentado terminar de trabajar… Como fuese, la escena me pareció muy tierna. Con la mano izquierda apoyada en su cien, los ojos entrecerrados y el dedo incide de su mano derecha apoyado sobre la tecla del punto, que dejaba una estela infinita de puntos suspensivos en la hoja en la que estaba escribiendo, termino aquel día para Josh

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Lo que sacó en claro de todo esto, es que el síndrome de la página en blanco, no es un bloqueo, menos aún el resultado de que se te agotan las historias, sino la falta de la primera palabra de cualquier relato. En cuanto encuentras la primera oración con la que empezar, cualquier relato, ese mismo, cobra vida e incluso como he dicho, la falta de una historia, a veces produce, sino un buen cuento, al menos algo digno de ser leído y de ser apreciado, no solo por el público, sino por aquellas gentes que dedican su tiempo, esfuerzo y coraje en escribir algo para ser leído. Y es ahí y no en otro lugar, donde un escritorzuelo, se convierte en el protagonista de su mayor bestseller; la novela de su vida.

La página en blanco que contiene el bestseller de tu vida

Mañanas que anuncian lo que ha de venir.

El dial verde de aquel reloj digital de la mesilla de noche señalaban las 04.17, demasiado temprano para madrugar y demasiado tarde para volver intentar coger el sueño. No sabía si volver a dormir o por el contrario empezar la jornada… lo que tenía claro que a esa hora no volvería a entrar o salir del país de los sueños, que relajarse e intentar pensar en algo insustancial para que su mente volviese a un estado onírico sería una pérdida de tiempo.

Se volvió para el otro lado, nada. La almohada le resultaba incomoda. Se puso boca abajo, peor, no podía respirar… tras mil y un intento, decidió dar por terminado el descanso… además parecía como si todas las preocupaciones del mundo recayesen sobre sus hombros. La sensación de sudor, incluso en aquella época del año en Córdoba en la que aun hacia frio, le producía incomodidad y eso que ya dormía sin manta….

-Será mejor que me duche- pensó…

Abrió el grifo y enseguida aquella alcachofa empezó a llorar. Fuera en el pasillo, sólo se oía aquel silencio sordo que muchas veces es más incómodo que el propio ruido, tan ensordecedor que no trae paz sino agobio, pues cuando los pesares bailan al son sin música, es cuando más aterra a la mente despierta del que se preocupa. Se quitó la ropa y el reflejo de su cuerpo en el espejo, le  señaló que no era ya tan joven, ni tampoco tan esbelto como antaño. Las redondeces de la edad ya hacían presencia en su torso y las canas en su barba, indicaban que la cuarentena hacía tiempo que la había sobrepasado. Concluyó que hacia el mismo tiempo que había terminado sus estudios, que el tiempo que llevaba trabajando…. Media vida y seguía igual que cuando termino aquel ciclo…. Perdido, sin un dólar en el bolsillo y lleno de esperanzas que sabía ya por su madurez que no se cumplirían, en eso había cambiado de su yo más joven. Ahora era más honesto consigo mismo.

El agua caliente hizo que el vaho llenara aquel pequeño aseo de esa casa, que por conspiración del destino volviese a ocupar. Entro a tientas en la ducha, pues la luz del foco, aún seguía dando poca luminosidad. Tras unos pequeños ajustes del grifo consiguió que el agua saliese a una temperatura que no le despellejara la piel. La ducha fe rápida, aclarado, jabón y vuelta a aclarar – caja limpia- como solía decir.

El calor del agua, junto con el frio de aseo, hacía que su piel humeara, pensó que sería un buen título para algún poema o historia. Ya con la tolla por debajo de su abdomen, sacó una navaja desechable d detrás del espejo aún empañado y algo de espuma barata para afeitarse… terminó cortándose por debajo de la oreja al apurarse. El pequeño hilo de sangre que destacaba en la blancura de la espuma lo atrajo aquel día.

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Día 23 de abril de décadas anteriores, como todas las mañanas se afeitaba, se arreglaba, se cepillaba el pelo y se ponía un traje para dirigirse a su despacho donde batallar un día más con los distintos asuntos que le planteaban, pero aquel día era distinto. ¡Sí! Aquel día le daba el portazo aquel trabajo que antaño fue desead, pero que ahora le causaba hastió….

Cuando a la noche llegó a casa, no podía creerse lo que había pasado. De un día de despido y liberación a un paso por la morgue para reconocer el cadáver de Julia. Su mujer. No se había percatado que la corbata se la había manchado de café, esperando en la salita del edificio de medicina legal para recoger el certificado…. Su mundo había cambiado diametralmente. Ahora la casa le parecía más fría y solitaria que nunca  y fue cuando Julia, proyectado por su mente para superar la idea de su ausencia le dijo;

-¿Qué tal ha ido el día?

-De pena… tuve que ir a recogerte.

-¿A mí? Si no me he movido de casa. ¿Quieres cenar?

-No tengo cuerpo para cenas… estás muerta.

Tras esto se sentó encima de la mesa delante del sofá, tan baja, que siempre le pareció un taburete con aspiraciones a silla. Ella se acercó se quedó de pie y lo abrazó, jugueteando con sus rizos y asiéndolo hacia su vientre, mientras lo acunaba lentamente y le susurraba –Ya está, ya está…. Verás como todo va a ir bien-. El llanto sordo de un hombre rudo y con dificultad para expresar sus emociones no se hizo esperar.

A la mañana siguiente, el despertador estaba apagado, se levantó desorientado sin saber qué hora era. Pensó que fue una pesadilla, pero la ausencia de un cuerpo al otro lado de la cama, lo trajo a la realidad de un empujón. La bolsa que depositase en el mueble de la cómoda al lado de la cama por donde Julia dormía, fue la señal. Eso y que dentro de la bolsa estaba el móvil de ella, aun encendido. Recibiendo mensajes. Uno de ellos era de un tal Javi, le decía que había estado toda la noche esperándola en la habitación de hotel.

Una forma magnifica de enterarse de que Julia ya no le quería…. En fin, son cosas que pasan. Al levantar la vista vio la proyección de Julia que se dirigía a la cocina, sonriente como siempre, con aquella forma tan peculiar de vestirse para acostarse, con sus vejas camisetas que utilizaba como camisón, pues decía; -es que huelen a ti y es como si te tuviese conmigo en todo momento-. De la cocina se oyó su voz preguntándole que si quería café;

Si- inconscientemente contesto- pero con leche y no lo pongas muy caliente- prosiguió.

Aquel juego mental duraría muchos años, demasiados. Fue saltando de trabajo en trabajo, de ciudad en ciudad. Cada ocasión su reputación, como su criterio, minoraban como la bebida contenida en aquel vaso que nunca quería apurar, sino llenar para olvidar. Se había convertido en aquel nadador de dos dedos de whisky y un hielo…. Nadie flota en el alcohol.

Pasaron los años y su carácter fue apagándose, cada vez, un poco más. Por el contrario, las proyecciones de Julia se hacían más constantes y ya no se molestaba ni tan siquiera en disimular la alucinaciones, ni en público. Es como si nadie la viese. Mejor, así nadie la podría entretener y se podría dedicar a él en exclusiva. Como él había hecho durante tanto tiempo. Que egoísta y cruel puede ser el género humano cuando no se está bien y se antepone el infantil deseo a la cruda realidad.

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Y así pasaron varias horas. El reloj de la mesilla marcaba que ya llevaba un buen rato trabajando para aquel empleador que no sin recelo, había vuelto a confiar en él. Es cierto que Julia ya llevaba varias semanas que había desaparecido, no le molestaba, de hecho le gratificaba. Se sentía más ligero que antes y tenía esa sensación de haber vivido los últimos años en un duelo entero. Todo fue desde que Mona, apareció en su vida y Julia una noche le recriminó que hablase con otras mujeres. Aquella noche él no se quedó viendo la proyección de Julia como se quedaba dormida, sino que cerró sus ojos y durmió.

Pero él no tenía la suerte del gigante irlandés, sino el castigo de que todo lo que le pasaba era consecuencia de que se lo merecía por como actuaba. Mola había dejado de escribirle, y Julia había vuelto aparecer durante dos días. Aquella mañana, no apreció Julia, ni tampoco miró su teléfono para ver si había aviso de Moma… aquella mañana miró por la ventana a las 6.17 y vio lo que tenía que ver;

Una mañana que anunciaba lo que había de venir… su destino

….. el zumbido del móvil por la entrada de una notificación sonó, su estado de ánimo cambió…. Como la esperanza escrita por Cortázar, este sentimiento es de dominio de la vida. A veces dos horas bastan para un todo. (Continuara…)

El coeficiente de variación en la leyenda del hilo rojo… (o cuando la estadística quiere explicar el destino)

De sobra es sabido que la fórmula que explica la media aritmética como un porcentaje sensible ante cambios de origen de la variable es el coeficiente de variación. Con esta definición un tanto prosaica, trae a colación la leyenda del hilo rojo y como algunos factores de este porcentaje sensible ante los cambios, hace que algunas personas estén conectadas de forma invisible. Si el hilo rojo fuese de alguna materia, diría que es de aquel material en el que se tejen los sueños….

África y Jesús eran solo unos adolescentes… ni entendían que era eso de la leyenda del hilo rojo y menos aún sus conocimientos sobre probabilidad algebraica de la estadística, le hacían llegar a vislumbrar lo que al coeficiente de variación de la media aritmética en función a la probabilidad de que su amor durase lo que…. bueno eran de la promoción de 88 y en aquellos años todavía quedaban cambios muy importantes por llegar para todos.

África estaba apuntada como actividad extraescolar a mecanografía, típica actividad que los padres de esa generación querían que sus hijos adquiriesen para el futuro. Por su parte Jesús, un niño, llamémoslo un tanto intranquilo y de una alta curiosidad también recibía Ambos, en clase, casi ni se miraban, a poco de alguna mirada fugaz y curiosa por parte de alguno de los dos… pero aún el coeficiente de variación, estaba muy alto y la probabilidad del acercamiento quedaba lejos.

La historia transcurre como se desarrollan este tipo de historias en aquella España de inicio de la democracia, que trajo multitud de cambios para aquella generación que ahora está entrando ya en la madurez (llevamos ya unos cuantos años), estos cambios hicieron que los caminos de ambos convergieron en una suerte de tangente lineal.

En estos casos, al ser el primer amor, ya os podéis imaginar, la pasión, junto con la torpeza y la ilusión por descubrir un sentimiento ajeno al amor que se puede tener fuera de la esfera familiar, nació… y digo que nació, porque ese es el primer amor, amor que nunca olvidas. Más tarde vienen otros, y son seguramente más apasionados, reales o correspondidos, pero el primero… perdona; el primero nunca se olvida y son pocos los que te puedan decir, que tras una vida, siguen junto a su primer amor.

Los hechos se fueron desarrollando, como si de una novela romántica de Corín Tellado se tratase. Situémoslo; amigo le dice a que hay una amiga de su chica que le gusta. Amiga de la chica, dice que su novio conoce a tal, que resulta  ser el chico que le gusta… etc. Ahora los detalles casi ni importan.

Llegó el día del primer beso, algo torpe; el cogerse de la mano; la primera cita para que los dos estuviesen solos; las palabras que se estrangulan en la garganta por miedo o por falta de rapsoda para comunicarlas. Pero amigos, siempre queda esas miradas; tan limpias e inocentes que da la adolescencia… y una caída de ojos de ella y todo el orgullo masculino pubertoso de él, hicieron que África y Jesús sellasen esa convergencia antes explicada en el más maravilloso beso, que ambos recibirían, o ¿no?

Pero como todas las historias que últimamente me cuentan, llegó ese día en el que el primer amor debe de acabar; porque es eso, el primer amor. La suerte o la probabilidad geométrica del azar, quiso, que se le diese un tinte más romántico y como buena historia de amor, la separación acudió a su cita inexorable, como llega la tormenta en una tarde de verano… casi sin anunciarse.

Un cambio de residencia por traslado del padre de una y una actitud taciturna de él, hicieron que sus últimas palabras fueran casi shakesperianas. Ambos se dieron regalos. Ella, le dio un pañuelo con uno de sus pendientes favoritos. Pendientes que Jesús en un alarde de romanticismo le comprara en la feria de días antes de la graduación de la promoción del 88. Él por su parte, no sabía muy bien que regalarle y se le ocurrió la genialidad de darle la letra A de su máquina de escribir… pero ¿Cómo? Sin la letra A en una máquina de escribir, no se puede producir nada… ni siquiera amor, pues sin la A nos quedaría “mor”, es decir, aquello que se hace por el bien o consideración de otro. Hay que destacar que las lágrimas corrieron por las mejillas de ambos, y es ahí, donde el coeficiente de variación, se convirtió en la leyenda del hilo rojo.

Con esas lágrimas, con esa ilusión desbordada, con esas promesas que se dicen por estado de desesperación, el dios que está en los cielos, los castigó. Tejió para ellos el hilo rojo más fuerte que jamás se haya tejido, fundiendo el metal del que se hacen las cosas que merecen la pena y extrajo de él un fino hilo irrompible del color de la pasión, ese rojo que teñiría de pasión sus corazones y que nada podría seccionar.

Ella no se marchó de inmediato, pero resolvió no verlo más, o al menos, no coincidir a solas con él; había sido lo suficiente bonita aquella historia para que las recriminaciones o ruegos de sus corazones cayeran en el error de continuar algo, que a priori, estaba destinado a acabar en aquel momento. De esta forma, cuando coincidían en las largas tarde de playa o noches de cine de verano, la casualidad siempre hacia que estuviesen sentados próximos, que no juntos, pues la unión, no se había roto, solo se había alargado…y seguía ahí.

Llego el día, en el que África, se montara con su madre en el tren para trasladarse a la capital de una provincia cualquiera… todavía me acuerdo de aquella escena, donde por un momento, al igual que una película clásica, él llega tarde y ve como se aleja el tren… No; las cosas no fueron así. Por mucho que África mirase a la puerta de acceso del andén, por más que le suplicase a su madre que esperara al menos dos minutos, el tren tiene un horario que cumplir, escrupulosamente puntual a su cita con la historia.

Pero él sí estaba… no en el andén, pero si en la loma de una colina cerca de la estación. Había subido con gran esfuerzo con aquella vieja bici de motocross que había ido reparando con piezas de otra. Vio como el chisporrear de la luminaria del tren marcaba el paso del inicio de la marcha del tren. Mirando fijamente a uno de los vagones, quiso creer que en ese mismo iba África.

La visión le producía un atezamiento en su estómago, aparto la mirada y se concentró en otro punto. Lo primero que observó, fueron sus manos, temblorosas sobre el manillar de su bici. Se concentró en la última cicatriz que tenía en la mano izquierda, consecuencia de una caída a mediados de verano, cuando él y África montaron en aquella bici y en un descuido de ambos por ir haciendo el bobo, término en caída. Parecía como si aquel golpe vaticinase de forma abrupta lo que pasó. No quiso detener su mirada en aquella cicatriz y siguió avanzado con su mirada el sinuoso camino que dejaba las venas de su mano, hasta que se paró en la muñeca y vio, aquel hilo rojo, que ella le había dicho que siempre les mantenida unidos… quiso arrancarse aquella cursilona pulsera, que sólo le traía dolor. Dolor que era demasiado intenso, para lo joven que era. Lo intento de todas formas, incluso deshacer el nudo con el que ella le había dicho que era imposible que se desasiera, porque sus nudos son “in desanudarles”… todo sea dicho, aquel nudo era de carácter gordiano

Y la vida sigue señores, ni por el amor, o por mor, si lo escribiéramos en aquella máquina de escribir de Jesús, se detendría para ellos. Los años pasaron, y otros amores llegaron para los protagonistas de aquella historia. Aquella historia que quedó suspendida un 26 de agosto.

Tras el paso de ella por la universidad donde conoció a Carlos, el que más tarde se convirtiera en el padre de sus dos hijos y los estudios en mecánica de Jesús en la escuela de formación profesional; la leyenda del hilo rojo, parecía condenada al más oscuro de los olvidos, surgiendo de vez en cuando en tímidas muecas de desliz y luminosidad porque algún recuerdo les traía a su memoria aquel verano del 88.

Pero, como ya he dicho, el coeficiente de desviación, como siempre, ajusta cuentas y una separación de ella y un abandono de él, hizo que la fórmula matemática hasta ahora constante, cambiase con esta leve alteración de sus vidas, produciendo una desviación típica en el coeficiente constante del hilo rojo que le unía.

Quiso la irónica probabilidad contarle un chiste al destino y produjo lo que a continuación transcurre; una suerte, donde las más bella historia de amor surge y los hilos vuelven a tensar el espacio que rodea acortando esa distancia física que hasta ahora parecía insalvable.

El 26 de agosto de veintitrés años después, África cruzaba aquellas montañas que separaban ese pueblo de costa que la vio florecer como mujer y donde por primera vez alguien le robo un beso. Una mueca y una expresión de extrañeza cruzó su cara… y una pregunta le asalto hasta entonces no formulada y menos aún contestada -¿qué habría sido de Jesús?- Para a continuación percatase que el display de aquel novedoso tren, anunciaba que la siguiente parada era la suya. Miró al asiento de enfrente y vio a sus dos hijos que estaban dormidos. Con la calidez que una madre pata cuida de sus hijos, África despertó a los suyos y le dijo a su hijo mayor que cuidara de su hermano pequeño mientras ella iba por las maletas.

Al bajarse de aquel tren, vio que venía a recibirle, Conchi, una prima suya algo lejana, no solo por el lazo sanguíneo, sino por la poca relación que habían tenidos en los últimos años… -pero unas vacaciones en la playa son unas vacaciones- y fue por eso lo que este año no declinó la oferta sincera de aquella prima suya.

En otro lado del pueblo Jesús esperaba a su hija Nadia, fruto de la relación con una chica que lo quiso, pero que nunca llegaron a comprenderse realmente. Nadia, esperaba que hoy su padre la llevase a la verbena del pueblo, pues Jesús había demostrado grandes dotes de bailarín y porque Jesús era de aquel tipo de padres, que parece que el peso de la paternidad y los años no hubiese pasado por el… como decía Nadia -Papá estas cañón- a lo que él siempre esbozaba una sonrisa y un pensamiento de orgullo de seguir siendo el príncipe azul de su hija. Nadia al bajar le dio al padre un colgante. Le dijo,

-Toma papá-

-Y ¿esto? ¿De dónde has sacado este pendiente

-Lo tenías guardado dentro de un pañuelo, pensé que era de mamá y como ella lo perdía todo… imagino que tú guardaste el que no se perdió-

-Gracias-, casi se emociona Jesús… -este pendiente…- se paró ahí y cambio la conversación, mientras se ponía el colgante. No sabía o no quería explicarle a su hija que había guardo esa reliquia durante tantos años, pues fue de la persona a la que le robo su primer beso.

La tarde trascendió para ambos sin más sobresaltos que los típicos, para una y para el otro. Pero ambos tenían desde hacía unos días una extraña sensación entre la boca del estómago y el pecho como un jugueteo arrítmico de su corazón, que le recordaba algo, pero no recordaban de cuándo y por quién.

A la hora de la verbena, África llegó con su prima a la barra, donde pidieron algo de comer y unas bebidas. Al ser un evento de carácter caritativo, no se podía pagar con dinero, sino que tenían que comprar unos tiques. Se adelantó África, mientras Conchi se quedaba en la barra, observando o pasando lista de quienes habían acudido. Al ser un pueblo puedes imaginarte que el entretenimiento local, es ver quiénes van, cómo van o cómo han envejecido de un año a otro. Tras regresar de la caseta de los tiques, se quedaron en la barra apoyadas y disfrutando de lo pedido, mientras Conchi señalaba a unos y otros diciéndole a su prima quién era quién, y haciéndole un breve resumen de cómo estaban según África los había dejado antes de irse. La inspección continuo, hasta que los ojos de África, fueron a caer sobre Jesús, que bailaba con su hija en la pista. De la misma forma que baila un padre con su princesa. África, lo sabía, pero no se atrevió a preguntar para que le afirmara si era verdaderamente Jesús. Al final de todo repaso, los ojos de Conchi recayeron en Jesús y le pregunto si se acoraba de él, ella negó de forma automática. -¡Deberías! Pero si saliste con él el último verano que viviste aquí con tus padres- repuso Conchi

Pero como ya he dicho a lo largo de la historia, aquel cambio de factor de los datos, hizo que el coeficiente que parecía invariable, se tornara en negativo y acercase a los dos. Una canción lenta, un encontronazo en la pista y un cambio de pareja entre el hijo de Conchi que bailaba con su tita África y una niña llamada Nadia que bailaba con su padre, terminara con África y Jesús bailando “el sitio de mi recreo”…  ¡cómo no!, no podía ser otra.

Ambos se reconocieron al instante, pero por esa vergüenza al ridículo que se adquiere con la edad, no dijeron nada. Ella no se podía creer lo que llevase un colgante con el pendiente de madera que le había regalado. Él por su parte le asombro el pirsin tan atípico que llevaba en la oreja, es como si hubieses amputado el teclado de una vieja Olivetti y si hubiese hecho un abalorio. Mentira, no se podía creer que ella llevase eso, todavía, después de tanto tiempo.

Tras unos compases y al final de superar el momento frio que produce un encuentro con alguien especial de tantos años, ambos se miraron, pero no como miras a un amigo, a un familiar o alguien que conoces, no. Sus miradas se clavaron más allá de la percepción de sus rostros y se concentraron en la pupila de cada uno de forma reflexiva….

Hola- dijo Jesús

Hola- Dijo África

Y sin mediar más palabra que otra, esta vez el beso no fue ni robado ni pedido, sino ofrecido por los dos. Sólo necesitaron 3 minutos y seis segundos para saber lo que sus corazones habían guardado tanto tiempo sellados a través por el hilo rojo… lo que pasó después, bueno… las matemáticas lo pueden explicar mejor que yo. Solo puedo decir en “mor” de la leyenda del hilo rojo que…

….Alguna veces las cosas suceden porque sí. (siete magnificas palabras)

dedicado a MMC y JMRR