Las rutas…

Antes siempre estaba dispuesto a partir, sin rumbo, sin coordenadas a las que ceñirme. Pero eso era antes.

Ahora parto para volver, no se por qué, pero ahora vuelvo a ti, como un trozo de ferro, atraído por la piedra imán magnetizada que atrae todo el material del que están hechos mis sueños.

La mañana se quedó dormida y no madrugamos, mientras, ambos, teníamos ganar de seguir en la cama. Nos mirábamos, sin decir nada, pero conociéndolo todo… hay veces que entre tú y yo solo nos basta una mirada, una sonrisa o solo una caricia para intuir, vaticinar o percibir lo que nuestro cuerpo desea, lo que nuestras almas anhelan.

Los besos no tardaron en llegar, mientras encima el uno sobre el otro estaban. Tu respiración empezó a cambiar, veía tu aliento de rosas y escuchaba el tacto de tu piel desnuda en mi cuerpo. Las sábanas, que siempre fueron muy sabias, se transformaron en suaves hojas que nos sostenían.

De entrada, sacaste tu mano atrapada por la mía, para pasear por toda mi espalda en suave y rítmica sintonía a la respiración. Decidiste dejarla en mitad, para suavemente apretar tu cuerpo junto al mío.

Ambos ya desnudos, embocada la serpiente, me dirigiste:

-suave… despacio… así… susurrándolo al oído. Tu voz salía cálida, algo ronca y entrecortada.

Abrí mis ojos, dejando de besar tu cuello y labios y me quedé sumergido en tu pupila gris sin dejar el ritmo interpuesto para tu goce. En aquel momento, tenías los ojos cerrados, pero sentiste como mis negros y mentiros ojos se clavaban en ti… lo percibiste y me dejaste que sumergiera no solo en tu mirada, sino en tu alma…

Viendo tu goce, decidí tomar otro rumbo, baje muy lentamente a las montañas que antes estaban aprisionadas y bajé para conquistarlas, para besarlas, con suerte de lengua. Mientras tus manos se enfocaron en los rizos de mi cabeza, escuchando de nuevo el vaho de placer que se escapaba de tu boca. Escuchar aquel goce hizo que la temperatura oscilante de aquellas sábanas subieran, queriendo las mismas, ser aún más suaves, pasando de fino hilo a terciopelo…

Los distintos efluvios corporales aparecieron, para que la lubricación de nuestros cuerpos fuese más suave… ¿no íbamos a gripar aquel motor llamado amor, no? En ese instante volviste a requerir con tus manos que te mirara, pues tus labios echan de menos los míos y me hiciste que te mirara de nuevo.

Aquella sonrisa pícara que dibujé en mi, fue la declaración de que partía… tu asombro fue mayúsculo. Noté como tu respiración se agitaba más aún… ya sabes donde me dirijo, ¿no?, pero antes de llegar, me quise entretener y parar por tu vientre y ombligo. Iba en busca de una cueva, pero no era esa. Aunque me pareció simpático parar allí y crear un instante de expectativa y misterio… ya deseabas que llegara a donde fuese…

Poco a poco, saltando a besos y caricias con mi lengua, fui al sur de tu ser… primero, encontré aquel diminuto bosquecillo pubico . El mismo se entremezcló con el bello de mi cara. Olí fuerte, quería emborracharme de aquel perfume que desprende ese barrio de tu cuerpo. Me embriague… poco a poco mis pupilas olfativas se llenaron de ese perfume fatuo. Estaba ante la puerta…

Volviste a levantar mi cara, de entre tu cuerpo afónico y tembloroso. Tu ojos entre abiertos ya conocían lo que a continuación haría mi bífida lengua perturbada, emborrachada de tu olor y adicta aquel néctar que me esperaba tras la puerta del deseo. Aquella mirada me ofreció explícitamente la venia para llamar… algunas veces es necesario pedir permiso para entrar. Lo obtuve.

Algunas veces, cuando se llama, no se golpea, sino que se acaricia, se besa, se susurra. De esta forma es más fácil que te dejen entrar. Y así fue…. Con el primer susurro lo supe. Me introduje en aquel angosto cubículo tan desconocido por mi, tan anhelado por mis gusto.

Sentí aquel escalofrío por mi espaldas, mientras empezaste a convulsionar. Estabas al principio algo tímida y viniste a reclamar mis besos y labios en otro sitio… pero me negué con determinación…. Al final ese reclamo quedó en nada y me dejaste “hacer”…

Minutos después, cuando mi sed quedó saciada, regresé por el mismo camino que me había llevado hasta aquella puerta oscura, húmeda, ardiente y carnosa… ¡que placer aún recordarlo!

Con tus finas manos volvisteis a embocar mi serpiente en la cueva donde hacía unos segundos habían estado mis labios… liberando toda una suerte de movimientos…

– despacio… así… sigue… despacio y fuerte…- empezaron a brotar aquellas palabras de tu boca, mientras volvías a reposar tus brazos a lo largo de mi tronco…

El baile espasmódico llegó… arrítmico y sin sentido que acompasaba el ritmo de nuestro deseo…

Mis gruñidos no tardaron tampoco en llegar y aquello subió aún más tus ganas, tu deseo… (se cuando alguien desea que toque su alma) y por eso fui generoso y mantuve la potencia a registro bajo… quería que esta carrera llegaras tú antes.

Esta vez fuiste generosa y al final, me esperaste en la meta, para que ambos cruzáramos sino a la vez uno detrás del otro…

Lo supe… ambos, con aquella carrera, alcanzamos cotas celestiales…

Me fui a apartar para liberarte de mi pesado cuerpo, pero llevaste mi cabeza a tu regazo y allí solicitaste tu premio conquistado… querías que te abrazara y que entráramos los dos por las puertas de Morfeo para obtener el descanso tan necesariamente deseado… tan necesariamente merecido…

Fue allí y no en otro lugar donde por fin encontré descaso y sueño a los sueños, para los sueños y por los sueños anhelados…

Por eso… my life… my rules….

Es la forma en la que suelo comunicarme cuando hablo en lenguaje universal de la pasión…

La huida

Escaparse de aquello que te ahoga, no es huida. Vivir toda una aventura, donde la improvisación al problema es la tónica, tampoco es huida…. Dejar atrás la maleta llena de recuerdos… algunos lo llamareis huida, en cambio yo lo llamo supervivencia.

Helena, no quiso darle al like a aquel perfil que apareció en su pantalla móvil de la aplicación en la que se había registrado. Nunca entendió que le atraía de esos tipos que parecen duros, que tiene pinta de duros, y que al final resultan que tiene un problema asociativo y lo que verdaderamente aman son a sus madres… pero terminó dándole al like a aquella foto. Pensó también que no tenía que ser de sus mejores fotos la que había puesto en aquel perfil… sinceramente se dijo –debo hacérmelo mirar- y una súbita carcajada inundo la sala donde estaba parada mirando a la pantalla del móvil como una boba.

La aplicación de Pedro le avisó que tenía un nuevo mensaje. Al abrirlo, pensó, otra petarda que quiere quedar. ¿Por qué me abriría aquel maldito perfil?- pensó. –Además que puse una de las fotos más groseras e inadecuadas que tengo. Sigo sin entender por qué alguien le daría un me gusta… La recriminación en su dialogo interno seguía. La sorpresa fue mayúscula, cuando vio que era la chica… No sé cómo explicarlo, simplemente diré que era la chica.

En la pantalla de Pedro -Hola-. Las manos le temblaban y casi se le cae el celular. -¿qué le digo?- Pensó.

En la pantalla de Helena -¿Qué tal? Me llamo Pedro.

Helena pensó, -este chico no debe de ser muy listo, ya sé cómo te llamas-.

Tras unos cuantos mensajes, la aplicación se quedó callada. No fue por falta de interés, ni por mal funcionamiento, lo que pasó fue que cada uno seguía haciendo mil cosas a la vez. Los mensajes se fueron sucediendo de forma sucesiva pero inconstante.

Al final cambiaron de aplicación y se dieron sus números. y al momento, uno de ellos decidió llamar al otro. No recuerdo muy bien quien fue, pero la primera conversación fue… bueno algo tal como así;

Hola- soy Helena- dijo ella, con su aterciopelada voz.

Hola- casi una voz de ultratumba y quebradiza le salió a Pedro.

Tras una hora hablando entre desconocidos, al final se despidieron. Por un lado ella no estaba muy convencida, no es que se arrepintiese de haberlo llamado, pero las palabras de Pedro no la terminaron de convencer. Por su parte, Pedro analizaba cada respuesta o pregunta que le había dicho. No fue su mejor discurso pensó, pero al menos no le había engañado. No había fingido ser una persona que no era, ni tampoco había dicho nada que indicase que buscaba más allá de una sana amistad por ahora.

Los días y mensajes se fueron sucediendo y con el paso de los mismos decidieron quedar. Él se aventuró a visitarla en su ciudad. Se levantó bastante temprano y cogió el primer tren que salía para Sevilla. Ella lo esperaría en Santa Justa. Pero como siempre y las cosas de Pedro, este se bajó en San Bernardino… ¿Cómo no? El típico despiste de Pedro, más nervioso que concentrado, no se percató de que lo habían dejado en otra estación.

Tras una hora en espera en distintas estaciones, Helena con un malestar de campeonato, por ser elegantes y no decir algo más, se decidió a llamarlo. En la pantalla de Pedro apareció el número de Helena Sevilla. No se atrevía a pulsar el botón de contestar, pues se esperaba la típica frase de que le había sido imposible llegar a tiempo o que otro compromiso ineludible e imprevisto la retenía y que mejor quedaban en otro momento, pero de forma mecánica contesto;

-Si

-Oye Pedro, ¿Dónde está? Vienes al final-

¿Cómo?- dijo Pedro, pensando, -esta tía está fatal, sí llevo casi una hora aquí en el andén esperándola. –Claro, si estoy en Sevilla desde las once-.

-Imposible, estoy aquí en Santa Justa, en el entre suelo y el tren de Mérida llego hace casi una hora…

Pedro la interrumpió, ¿Qué estás en Santa Justa?, ¿Qué me dices? Estoy en San Bernardino esperándote tal como me dijiste…

Ella pensó- he ido a quedar con el más listo de su clase- Espera- dijo ella- Yo me acerco a la otra estación, no te muevas.

-Vale-.

Tras el incidente que a Pedro le costó un sonrojo y un nerviosismo extra a la situación ya estresante por si, la cita transcurrió, como transcurren las primeras mejores citas. Una cerveza en una terraza del centro, una visita a un monumento, luego al Museo de Historia y un aperitivo en otro lado, hicieron que las cinco primeras horas pasaran tan rápido como un suspiro.

Llegado la hora donde los toreros salen a torear y la gente decente duerme la siesta, ambos seguían por esa Sevilla de mitad de Junio paseando, hasta que ella decidida, le agarró por la mano y caminaron por toda la ciudad cogidos. En un momento, Pedro paró el paso y se giró a ella;

-¿Qué pasa?- pregunto Helena

-Adiós amiga-, dijo Pedro a Helena.

Cerró sus ojos y muy lentamente se acercó hasta quedar a un milímetro de ella. Paro solo un instante y con la misma velocidad que lleva una hoja suspendida en una brisa, sus labios se encontraron con los de Helena.

Hola- dijo, pero esta vez, apoyando se frente junto a la suya y con los ojos cerrados, manteniendo ese instante en su recuerdo para siempre.

No voy a describir el beso, es complejo. ¿Cómo se describe un beso? Pues cada beso es distinto y describirlo me parece muy engreído hasta para mí, que solo busco demostrar mi afán descriptivo de algo que jamás he dado, por eso, solo diré, que la BESÓ…

El reloj marcaba ya las nueve de la noche y ambos se encontraban esta vez sí, en el andén de la estación de tren correcta. La cara de ambos era un poema, tan mayorcitos y a la vez tan jóvenes, con esa cara de los nuevos amantes ponen cuando uno parte.

Diré que siempre me han encantado las estaciones, porque en ellas muchas veces ves la misma película romántica, pero con distintos actores. Si sé que es algo típico y que todos los que hemos vivido una despedida en un andén nos creemos especiales, pero eso le pasa a muchas parejas

Como Helena no quería ponerse mimosa y su semblante serio indicaba la situación, empezó a hablar de cualquier tema insustancial como el tiempo que iba a hacer al día siguiente. Para no saberlo, era ya verano en Sevilla, lo normal es que hiciese sol, ¿no?. Pero una palabra llevo a otra y a otra y al final, le dijo a Pedro

-¿y si nos escapamos?

-¿Qué?, respondió Pedro, entre asombrado y temeroso

-Si! Escapémonos…- dijo Helean

Pero ¿tú estás bien?, ¿te sentó mal el helado de mango y vainilla de Macedonia? -respondió Pedro

-No, qué tipo más absurdo eres, digo que nos escapemos…

La conversación, en un momento, desembocó, en unas risas, pero en los ojos de los dos, se veía la aventura…. Se terminaron riendo a carcajada limpia, rompiendo el tenso amargor de la despedida, pero también el de la reflexión. Empero ese momento duró poco, pues un ruido de las puertas neumáticas del tren rompió aquellas risas y pequeños manoseos….

Helena dijo – entonces, ¿qué?

Pedro la agarró por la mano y se dirigió hasta las escaleras mecánicas. Ella se paró en seco y dijo;

-¿Estás loco?

-No-, respondió, -voy a comprar dos billetes

Las piernas de Helena empezaron a temblar como las de un pura sangre después de un derby y la boca se le quedó seca, y entre abierta, con los ojos abiertos de par en par, pensando- este tío va en serio- Diecisiete minutos después, para ser exactos, Helena y Pedro, se sentaban en un vagón dirección a Madrid, con ningún equipaje, pero con una mochila cargada de sueños…. Justo la mochila que uno se lleva cuando huye…

¡Mic, Mic, Mic, Mic! El despertador sonó, para aquel hombre de mediana edad. Que sueño más raro he tenido- pensó. Al levantarse de la cama, pudo ver la melena despeinada de ella y sentir su suave respiración, pensando que dormía tranquila, había pasado mala noche. Llegaría tarde del Hospital… Se levantó y se dispuso a prepararse para ir a trabajar. Esa era la rutina de él cada mañana. Este hecho sucede todos los días de lunes a viernes en Gijón. Un matrimonio que discute, ríe y llora siempre juntos. Ellos se llaman Helena y Pedro y no dejan de contarse cuando pueden, aquella absurda anécdota sobre cómo planearon su HUIDA el día que se conocieron… ahora todo el mundo se preguntará;


…¿Cómo terminaron juntos?

Llueve

La ejecución de aquel adagio en G menor de Tomasso Albinoni, fue la peor interpretación de Chelo y cuarteto de Chelo que Natalie a sus pocos años al frente de aquel proyecto, había escuchado. Muy enfadada, miró a los distintos integrantes de aquel cuarteto y no pudo esconder su decepción entre aquellos rizos castaños de su rostro.

Muy a su pesar, se giró dándoles la espalda y procedió a recoger las partituras y batuta que descansaban en el atril que encabezaba la sala de ensayos del conservatorio. De espaladas murmuró… -Yo no me merezco esto- con una voz muy suave y pausada, para alzando la voz,

-Doce años, ¡si señores! Doce años llevo como directora y jamás habían sentido mis oídos maltratar tanto a una obra de tal belleza, que sí el propio compositor lo escuchase, lloraría de pena. No captan la esencia-.

Se volvió, clavó su mirada en el infinito de la pared del fondo y sus ojos como si de una fugata en mi menor se tratase se dirigieron hacia la puerta. A continuación, sus pies la siguieron, dejando a las personas allí, con una cara de estupefacción y congojo.

Durante el trayecto que iba de aquella minúscula sala de concertinos del Conservatorio Mayor de Roma y la salida del edificio, su mente ordenaba las notas, el tempo y los distintos ritmos, los compases y pausas, en las que las distintas partes de aquella pieza deberían haberse ejecutado. -Cada vez son más jóvenes, más inexpertos y menos disciplinados- pensó.

Para Natalie, la música, no solo era música, era pasión, pero también era sacrificio, tesón y sobre todo, era la única forma que conocía para que su mente le engañara y pensara que sí, por qué no decirlo, que se sintiera ingrávida al ejecutarla, que flotara como aquellas invisibles notas de las que se componían sus más admiradas piezas.

La estampa de Natalie parecía sacada de cualquier película de los ochenta. Su vestimenta aunque sobria, no le caía nada mal y realzaba su figura. Pero su forma de llevar sus “papelotes”, como ella llamaba a sus apuntes y partituras, parecían más bien la de una colegial rebelde. Todo mezclado, arrugado…. Será cosas de genios, nunca prestan atención al continente, sino al contenido.

Al cruzar la puerta de salida del Conservatorio, el agua caía como si el cielo se le hubiese roto el bajante de desagüe de todas las nubes de la atmosfera. Hacía años que no llovía tan copiosamente y constante en Roma. A pocos metros, se encontraba el paso para peatones para cruzar al otro lado de la calle y recoger su coche con la bandera de la UK pintada en el techo.

Cogió sus papelotes y a modo de parapeto improvisado para no mojarse, se cubrió con ellos la cabeza, mientras con la otra mano sostenía las llaves del coche. Al salir trotando para evitar mojarse, dio un mal paso y perdió el equilibrio. Aunque pudo salvar el primer paso que la bajaba a la calzada, no se percató en mirar…

Un derrape de neumáticos sobre la calzada de adoquines mojada seguido del ruido de un golpe sordo, se escuchó en aquella calle. Por un instante la vida pareció pararse y lo único que se escuchaba era el silencio que precede a los gritos de los viandantes. El cuerpo de Natalie, estaba sobre la calzada al ser atropellada por un utilitario azul. El rugido de las ambulancia corriendo por la vía Máxima, no cesó hasta que llegó a donde Natalie estaba; tirada como un muñeco de trapo y brotándole sangre se su cien.

Jake, el conductor del Renault, se quedó paralizado. No sabía de donde había salido aquel cuerpo; entre el agua que caía y el rojo de la sangre dejada en el parabrisas estriado por el golpe, lo dejaron en shock.

A los pocos segundos reaccionó y de un brinco abrió la puerta. El olor a tabaco de su coche se mezcló con el olor a la tragedia que se respiraba en aquel paso para peatones. Sin saber muy bien que hacer y por puro instinto, auxilió a esta. Presionó la herida de la cabeza en un vano intento que dejara de sangrar. Sus manos se enrojecieron. Aquella imagen le perseguiría por mucho tiempo. Temblorosas y arrugas, no dejaba de ver la sangre como brotaba.

El tiempo que transcurriría entre el accidente y la llegada de la ambulancia, a Jake, se le hizo eterno, no quería mirarla, pues la sangre le mareaba y era un tanto aprensivo, pero el valor, algunas veces nace en los más cobardes y con una mezcla de este o por sentimiento de culpa y responsabilidad se obligó a mirar. Pensó- he atropellado a uno de los hijos de Dios- dijo para sí.

Cuando la ambulancia llegó, parecía que hubiese pasado una hora, pero solo habían transcurrido siete malditos minutos. De un empujón, uno de los sanitarios lo apartó, mientras otro lo miró a los ojos interpelando a Jake, que ahora no era su momento, sino el de ellos.

A Natalie la estabilizaron en el asfalto húmedo y frio del accidente. Mientras tanto, al otro lado de la calle, a Jake, le tomaba declaración un joven Gendarme, obsesionado con hacerle la prueba de alcohol y drogas a lo que Jake, no se opuso.  El gendarme le dijo;

-Huele a alcohol-

Jake respondió, -¡yo no bebo! ¿No se ha dado cuenta?

-¿Del qué?- Respondió secamente el gendarme.

-Voy vestido de negro.

-¿Y qué significa eso?, ¿acaso es Uds. un gótico?

No…

El gendarme no se dio cuenta, pero llevaba los pantalones de hilo negro con una sola raya, zapatos de cordones cerrados y negros y una camisa abotonada hasta la garganta de color negro y alza cuello blanco. Jake era sacerdote. Ese mismo día llevaba su renuncia a la curia, pues su vocación hacía tiempo que se tambaleaba. Después de aquello, el tipo vestido de azul, lo miró y con cara de persona que acaba darse cuenta de que es imbécil, se apartó y se despidió diciendo;

-Señor James Carrasco, tengo sus datos. Si hay algo más, la Comisaria se pondrá en contacto con Uds.-

Con los pocos arrestos que le quedaban volvió aquel Renault de la Archidiócesis y lo arrancó, le costó, fue de forma dubitativa, pues en todo el tiempo de la situación descrita, las luces del coche no se habían apagado. Es como si el coche expresase de forma consiente como era el estado de ánimos de Jake.

Al llegar al Obispado, el secretario de su ilustrísimo Monseñor Smith le estaba esperando y lo hizo pasar con el Obispo. Al entrar en aquel despacho demasiado opulento para el gusto jesuita de Jake, el Obispo levantó la vista de los documentos que tenía en su campo de visión y con un movimiento de cabeza le indicó que pasara y se sentara. Recorrió la estancia con pasos firmes y rápidos, quería terminar con aquello lo antes posible y dirigirse al Hospital donde estaba la chica que había atropellado momentos antes.

Monseñor Smith, se tomó su tiempo. En realidad hacía tiempo que había dejado de prestarle atención a lo que estaba haciendo, solo quería crear un silencio incomodo; lo miró con cara inquisidora, como sí supiese todos sus secretos y eso lo pusiera en una situación superior al conversar. Jake, no estaba para aquello, no aguantaba más con esa actitud de superioridad, que algunos miembros de la exquisita nobleza de la iglesia tenían. No terminaba de encajar aquel aire de arrogancia. Él, había tomado los votos para ayudar, no para alejarse de la realidad y esconderse en una torre de marfil o cristal. Seguía sin entender la organización, pero amaba ayudar y entregarse a los demás.

Antes de que Monseñor Smith dijese nada;

-Ilustrísima, acabo de tener un accidente de tráfico y…- rompió aquel silencio Jake.

-¿Qué? ¿Se encuentra Uds. bien?

-Si Ilustrísima.

-¿De verdad? Esta conversación la podemos tener mañana o el domingo. Entiendo que se encuentre nervioso y lo que me tenga que decir puede esperar. Tómese su tiempo para refelexionar.

-Se lo agradezco Ilustrísima.

Jake se levantó y de un movimiento rapidísimo, se giró encaminándose para la puerta.

-Espere, tome su carta y reflexione sobre lo que me viene a exponer- dijo el Monseñor Smith sin dejar de mirar de nuevo los documentos que tenía delante de sus ojos.

Al oír aquello, Jake se giró hacia el ministro de la Iglesia y vio que aquella escena era un tanto forzada, no le importaba ni lo mas mínimo, solo era un peón en aquella partida de cartas. Ahora acaba de darse cuenta de que su decisión era acertada y que ya estaba evaluada, meditada y tomada….

-Será demorarlo unos días más-, pensó Jake.

En la sala de urgencias del Hospital

Jake esperaba noticias del médico que había atendido a aquella chica. Su familia estaba sentada a su lado, pero ninguna de las partes lo sabía. El médico, tras varias horas, salió. Con la cara cansada después de un largo turno, les dio noticias sobre el estado de Natalie. Se encontraba en coma, estable, pero en coma inducido, mientras la inflamación de su cerebro bajaba. Aún no sabían que daños o secuelas podría tener….

Aquello cayó sobre el padre de Natalie como un salvavidas. –Vive- se dijo para si. En cambio la joven esposa del padre de Natalie miró y con una falsedad patente, dio gracias a Dios por aquella noticia que tanto le incomodaba; por tener alguien que le disputaba la atención de Antonie. Este, por primera en varias horas, se percató de la presencia de Jake. Lo vio con aquel atuendo que le recordaba a un sacerdote recién salido del seminario. Le pregunto;

-Perdone, Uds. ¿es?

-Soy Jake. Perdóneme, soy el responsable del accidente, no sé muy bien como ha ocurrido. Soy muy prudente conduciendo, pero…

Le interrumpió Antonie, – No se preocupe- Con su natural compasión y respeto ante un sacerdote y debido a su ferviente fe, continuó. -Siéntase tranquilo Padre. Estas cosas pasan, además que mi hija es un tanto despistada.

-Si me lo permite, me gustaría venir a visitarla.

-Claro Padre, cuando Uds. quiera.

-Los primeros días,- pensó la madrastra de Natalie, -vendrá y luego como todos estos mea pilas, dejará de venir porque encontrará otra asunto de Dios más importante o más atractivo-. La nueva esposa era algo incisiva y de carácter malvado. Ella intuía que este curita, lo único que pretendía era quedarse con la fortuna por compasión de Antonie… Eso ella no lo podía permitir. Pero se equivocaba….

Los días fueron cayendo del calendario de forma incesante. Jake, se sentaba en una silla de aquella habitación monitorizda, con tantos cablecitos y respiradores, que producían una música tecno a su juicio. En la cama, Natalie, como si de un tocado egipcio se tratase, seguía con parte de su cabeza vendada por la intervención. Permanecía con el respirador y con los ojos cerrados. Mientras tanto Jake, con aquel rosario de madera traído de Belén, rezaba una y otra vez en sonata de letanía por la pronta recuperación de esta.

Una de las tardes, el padre de Natalie, le dijo de forma dura pero educada que no volviese más. Jake intuía que detrás de aquello se encontraba la nueva esposa. Habían decidido trasladar a su hija a una clínica en el norte y esos serian de los últimos días mientras gestionaban el traslado.

– Le agradezco enormemente su preocupación y dedicación-. Dijo Antonie. Parecía que le hubiese cogido cariño. Ninguno sabía lo que se acontecería en los siguientes días… no, todavía Natalie no despertaría…

Dicho esto, Jake aprovechó para decirle a Natalie, -ya no volveré tan a menudo. Los médicos me han informado, que todavía tardarás en recuperarte. Tu papá ha decidido trasladarte. Me hubiese gustado pedirte perdón cuando despertaras, pero veo que no va a poder ser.

-El estado de Natalie parece irreversible. Aunque respiraba ya con autonomía; que despierte o no, no se puede prever.- Los ojos de Antonie, se humedecieron, pero no llegaron a llorar

-Lo entiendo,- acertó a decir Jake, -pero si no le importa seguiré viniendo hasta que sea trasladada…

Antonie, asintió con la cabeza, para posteriormente girarse y marcharse de la habitación. No miró a su hija. Esa sería la última vez que se verían. Antonié moría de un infarto días después. Una de las enfermeras de la planta del hospital se lo comentó de pasada a Jake.

Aquella tarde, la quebradiza la voz de Jake se lo hizo saber… no podía ocultarle a Natalie aquello. Nadie entendió cómo o por qué le hablaba a una comatosa, pero se sentía en la obligación de contárselo todo.

Toda la planta esperaba que Jake dejara de asistir todas las tardes a visitarla. Él en cambio, seguía volviendo todas las tardes, cuatro horas; como si de una cita con una amada se tratase. Seguía el mismo ritual. Se sentaba, cogía su rosario y rezaba… rezaba… pero ya no sabía por qué rezaba, si por la curación o por la salvación de su alma, por el perdón de sus sentimientos… eso decídanlo Uds. queridos lectores.

Al faltar un familiar de Natalie, el médico le daba ya los informes a Jake y del propio Hospital se instó expediente para que se le concediera la tutela a Jake. Fue bastante fácil al ser un sacerdote.

Una joven enfermera que le hacía ojitos a Jake, y con el afán de tener una conversación que fuese más allá de un saludo educado, le comento, que para estos casos era importante que escuchase una voz familiar. Jake decidió entonces dejar de orar y leerle en voz alta algún libro.

Un espasmo en la cara de Natalie hizo creer a este que esbozaba una sonrisa. Eso lo motivó. Como sabía que le gustaba la música, empezó a leerle biografías de grandes compositores. Cuando se terminó la lectura y ya no se le ocurroa nada, empezó a relatarle pequeñas historias creadas por él. Es por eso por lo que todavía es recordado en aquel hospital.

Los meses, luego los años… siguieron pasando y los pequeños cuentos que le contaban no cesaron. Lo hacia para ver de nuevo aquella pequeña sonrisa casi imperceptible, pero que tanto le consolaba. Eso le llenaba de esperanza y desde que se produjera, no dejó de recitarle historias y cuentos que se inventaba entre el camino de su nuevo destino en los archivos del obispado y el Hospital. Treinta minutos a pie, que le servían para renovar sus pulmones llenos de nicotina y polvo del destino con el que “le había premiado” el Monseñor Smith por su dedicación….

La salud de Jake, se empezaba a resentir… y una tarde entre las seis y las diez, se desmayó y cayó a plomo en la habitación de Natalie. Como era ya un visitante muy conocido del Hospital y en más de una ocasión había asistido aquellos desahuciados de la planta mucho mejor que el capellán destinado en el Hospital, los cuidados  no fueron pocos. Siempre había tenido una palabra amable y cordial para todos sin distinción de clase, género o condición…. Ahora tocaba que su dios, devolviese ese favor… Todos se volcaron, pero Dios hizo el favor de devolver amabilidad por amabilidad, no salud por salud.

El diagnostico no tardó en llegar, se hacia patente; un enfisema agudo que había producido un cáncer, Para Jake, no había excusa; no faltó ningún día a su cita con Natalie. Todos lo sabían, pero nadie, lo decía, no era devoción…era amor… con tantas horas leyéndole, escribiéndole y rezándole. Jake se había enamorado…. Por eso nadie le impedía que incluso con aquel horrible pijama, con aquel imposible diagnóstico, fuese a leerle la composición que le había escrito. Se notaba ya en su dicción, que poco quedaba ya para él.

Unos meses mas tarde…

Los ojos de Natalie, se abrieron y se percató de la silla que estaba los pies de su cama…. Una extraña sensación se apoderó de ella… la Sintió como cercana, como si alguien muy amado por ella, se hubiese sentado allí y la hubiese acompañado en aquel sueño del que se despertaba.

Jake hacía seis meses que había “dejado plantada a su amiga”. Al preguntarle semanas después a Natalie, como se sentía después de siete años en coma, ella dijo;

-No le puedo decir; es como si hubiese pasado ahora mismo. Sentía, una voz que me hablaba, me contaba cosas y de fondo sonaba el Concierto para oboe en re menor, S D935, de Alessandro Marcello. Ahora extraño esa voz que me acompañaba y siento como si hubiese sido parte mía…. Es como si la lluvia de aquella tarde hubiese diluido mis preocupaciones por la interpretación de mis alumnos… pues la lluvia como aquella voz, diluye todas mis preocupaciones-. Natalie tenía la impresión de que no cesó de llover durante esos siete minutos, horas, días, meses, o años….

El tiempo es relativo al amor, como el agua en una tarde de lluvia en primavera…

La Carta (IV parte)

Durante este relato, hemos hablado de silencios, verdades y mensajes. Pienso que ha llegado la hora de hablar de razones. Si, lo se querido lector, voy hablar de la única razón que creo que hace que el mundo se mueva, el amor. Pensaras que soy algo romántico, o tierno, pero ¿quién no lo es? Más allá de consideraciones, hablar de amor es hablar de lo mismo. Es un sentimiento que se repite sin que importen los actores. Por eso como en las películas, donde hay actores buenos, otros enigmáticos, algunos pasionales, otros tóxicos… pues pienso lo mismo, da igual quien represente la historia, si el amor es bueno, verdadero.. ¡que más da el actor!

El ruido de la vieja radio de Alejandro empezó a tronar a las nueve de la mañana del sábado. -¿Quién utilizara este canal?- pensó sin percatarse, que había alguien al otro lado, más sabio, más paciente y más auténtico que el

– Aquí puesto de radio control de vigilancia marítima, faro 27 sur occidental. Esta Uds. utilizando una frecuencia reservada, abandone la onda. CAMBIO

-Alejandro, soy Joaquín, te dije que te llamaría por esta banda hoy, ¿no te acordaste? CAMBIO

-Perdón Joaquín, no esperaba tu llamada tan temprano, CAMBIO

– Como sois los nuevos, antes nosotros dormíamos poco y estábamos deseosos de hablar con alguien, CAMBIO

-Jajajajajaja. Ahora nosotros utilizamos el teléfono o aplicaciones de mensajería, CAMBIO

-¿Nos levantamos graciosos? No soy tan mayor, solo que me gusta utilizar mi vieja “chispas”, CAMBIO

Ok, CAMBIO

La conversación entre dos seres no tan alejados en espacio, pero si en motivación continuo un largo rato.

-Perdona Joaquín, llaman a la puerta, te llamo luego al teléfono de la base de tu faro y continuamos, ¿vale? CAMBIO Y CORTO

-Te copio, CAMBIO Y CORTO

El ruido de unos nudillos aporreando la puerta del Faro de Trafalgar de Alejandro se hicieron más rápidos y apresurados. Alejandro se dirigió a la puerta con cara de pocos amigos. Al abrir aquella puerta, no esperaba encontrarse lo que se encontró. El ruido chirriante del gozne de hojalata de la bisagra, lo abstrajo de la realidad, por eso la sorpresa fue mayor

-Corre, es tu perro, le dijo un conocido del pueblo.

-¿Qué?

-Tu perro, está en el mar y no consigue superar la corriente.

Quien le aviso fue un foráneo de aquel pueblo que sabía la devoción que el nuevo farero tenía sobre su mascota. Muchos los veían y pensaban que el habría querido ser padre al ver como cuidaba a su perro como si fuese un bebe.

Al llegar a la playa, bajado como una centella del promontorio donde habían construido el faro, vio que en el agua había otra persona intentado “cazar a Turco”. De forma automática, se desprendió del contenido que tenía en sus bolsillos y se quitó los zapatos, volando estos de forma libre hacia los lados. Corrió, corrió, esprintó como quien le persigue la parca… y se zambulló desde las rocas.

Su cuerpo se tensó como una barra de acero al sentir la fría agua del estrecho. Su sentido de la orientación quedo anulado por el cambio térmico y por el golpe seco al entrar su cuerpo en el agua, aunque todos esos factores daban igual. Alejandro siempre tuvo determinación, tenía una idea y la iba a realizar, salva a Turco de aquellas corrientes.

Al salir y empezar a bracear, se percató de la persona que estaba cerca del perro intentando cazarlo.

-Déjalo, tira para la orilla, sabe nadar, te seguirá.

-No, no reacciona.

-Vete para la orilla yo me hago cargo.

Aquel cuerpo empezó a nadar contra corriente. Alejandro desvió su mirada, para dirigirse donde estaba Turco. Al llegar a su altura, turco, empezó a chapotear, a intentar llegar a su “compañero”. Con un movimiento seco, Alejandro, alcanzo agarrar a Turco por el collar y entrelazarlo como si de un bebe se tratase y lo sacó de la corriente de forma precaria. En mitad de la bahía había unos hombres con bote que le indiciaban que se agarrase a la borda. Casi exhausto se dejó llevar por la resaca del mar que lo impulso hasta el bote.

-Gracias. La otra persona, ¿llegó a la playa?

-No, se ha hundido a veinte metros. Se ha ahogado. Sube. Llamaremos a salvamento marítimo para que…

No terminó la frase, cuando empujó a Turco por encima del mamparo de la borda para que cayese en la bañera del bote. Seguidamente, dotado de una energía casi hercúlea, se dirigió donde había visto por última vez aquella persona que intento salvar a Turco. La idea de que alguien muriese por culpa del perro le aterraba, no por su calidad de Farero, sino porque no se lo permitiría….

Llego donde la espiral de las distintas corrientes convergía y se creaba una espuma densa que enturbiaba el agua. Se sumergió, a tientas intento bajar a una profundidad que esperaba encontrar el cuerpo. Nada. Volvió a intentarlo. Una, otra vez, así de forma repetitiva y obsesiva varias veces más. Sentía que ya estaba al borde del colapso. Se dijo –Una vez más- arremolinó todas sus fuerzas, aspiro todo el aire que le pudo caber en sus pulmones y boca y se sumergió. Con los ojos cerrados y con la desesperación como sonar, bajo, bajo más aun de lo que sus oídos le permitían, casi le estallan, sabía que un centímetro mas y no tendría aire suficiente para volver a la superficie. Con uno de sus dedos acaricio algo. Se obligó abrir los ojos y solo pudo ver de forma turbia y son definición, algo que parecía un cuerpo. Lo agarró, como se agarra la vida, valga la reiteración, y con la desesperación del ahogo por una bocanada de aire subió, hasta la superficie.

Ahhhhhhhhh!- Eran dos cuerpos que respiraban nuevamente. Un bote en mitad de la bahía se les acerba para rescatarlos. Ya en la playa, con mantas Alejandro y una desconocida temblaban, no por el frio sino por la resaca del esfuerzo. Sentados en el talud de arena, mientras el viento de levante soplaba se miraron.

-Gracias- con un hilo de voz casi inaudible dijo Alejandro.

-A ti.- dijo aquella muchacha de pelo corto rubio en un acento extranjero.

En otro lado de la costa:

Joaquín se sintió mareado, aquel sábado no bajaría a la playa, sería el primero que faltaría. Esa idea le consumía, lo quemaba. Por eso, con se sentimiento de fracaso, cuando pensaba que cada vez quedaba menos para que ella volviese, se obligó a levantarse, tras tableó y cayó perdiendo el conocimiento en la sala de su casa. El cuerpo se quedó tumbado junto a la radio. Esa radio con la que tantos mensajes de alerta habían dado y que ahora se antojaba tan distante e imposible de transmitir el único aviso del que él era el protagonista.

En la mesa del comedor, había el último mensaje que había escrito, junto con aquella botella azul… estaba preparada para ser totalmente impermeable. Después de muchos años volvía a utilizar la vitela lino de un lienzo pintado, que contenía parte de un dibujo.

En la Paya de Trafalgar:

Aquellos dos cuerpos se quedaron observando la turba de gente que se arremolinaban a su alrededor, junto con Turco, que al ver tanta gente correteaba de un lado a otro, sin que hubiese tenido la muerte tan cerca.

Aquella chica de pelo rubio y acento extranjero, dijo:

-Que feliz se ve a Turco, todos deberíamos ser un poco más como tu perro- mirando a los ojos a Alejandro.

(Continuara…)

Una noche más…

Algunas veces, las mejores historias suceden en un solo día, otras duran años; unas pocas se inventan… Esta, que aquí presento, está basada en algún escarceo de mi juventud, combinada con las ensoñaciones de un calenturiento escritor, un viernes noche no hace muchas semanas, con demasiado alcohol en el cuerpo, mucho tiempo libre y una época de sequía (en todos los sentidos). Preparasen para disfrutar

Las curvas y recurvas de aquel cuerpo enfundado en ese mini pantalón vaquero deshilachado, junto con una camiseta también cortada al ombligo, no dejaban mucho a la imaginación. Aquella pose recostada detrás de la barra, marcando sus cuartos traseros como buena jaquetona que era, a este escritor le ponía “palote”… más bien seamos respetuoso, me sentía convulso, -queda más elegante- . Sus tatuajes, aunque algo poligoneros y excesivos en tamaño, cantidad y cromaticidad, no le quedaban mal… pero lo que más me enloquece de aquella chica llamada Simón era su turgente pecho, no excesivamente grande ni diminutamente pequeño, a falta de una palabra mejor, era perfecto.

Su cara estaba tapada por la mascarilla quirúrgica que desde hace tiempo nos hacen llevar. Lo único que se deslumbraba eran aquellos ojos marrones y verdes, que conjuntaban con su melena a ratos rubia a ratos castaña de tipo rizado que caía por sus hombros. Me recordó a la típica melena de un león, pero ella tenía pinta de ser leona.

Su café era; como describirlo sin ser cruel… parecía de todo menos café, pero las vistas de aquella sinuosa figura nacida para el deseo fue la justificación de que acudiera cada viernes tarde aquel bar en las últimas semanas de abril. Nos limitábamos a intercambiar pequeños comentarios, sobre algún cliente petardo o sobre el tiempo… o eso creía la gente. La verdad aquel café del casco antiguo de la ciudad era perfecto.

Todavía no había encontrado un tema de conversación para enganchar una charla que durase más de cuatro palabras o que se despachara con un monosílabo. Me sorprendí mirándole el culo… -que indecente para el hijo de una duquesa-, pero hace tiempo que los títulos nobiliarios del abolengo de mi apellido quedaron atrás. Además fui un poco más inteligente que toda la progenie de mi rancio apellido y resolví escoger el apellido paterno de mi abuelo para pasar desapercibido, para dejarme llevar por irrefrenable deseo de la lujuria contenida en mi mente calenturienta de un maduro pasada ya el ecuador de la cuarentena.

Un par de miradas fugaces que se encontraron con mi mirada más maliciosa, perniciosa y ladina y a ella le picó la curiosidad. Siempre he destacado por ese tipo de miradas que desnuda los más profundo y libidinosos deseos de quién la recibe…

-¿Quieres algo más?- pregunto ella.

-Una bebida espirituosa estaría bien-, le respondí en un tono irónico y juguetón.

-¿Como la quieres?- dijo ella intentando hacerse la graciosa.

– En un vaso y con hielo.

-Que gracioso… no tengo tiempo para tanta tontería, ni tampoco tienes tanto dinero para entretenerme.

– En eso llevas razón. Quiero un Hanky Panky.

– No se de cokteleria, me tendrás que explicar cómo se hace.

– Te explicaría tantas cosas… – acerté a decir, pero al ver aquellos ojos que emitían que su paciencia se estaba acabando continué: -se hace con 11/2 de ginebra, 11/2 de vermut seco y tres partes de naranja.

– ¿No vas de demasiado tipo duro para este tipo de bebidas?- me contesto Simón, claro, tenía que devolverme aquel comentario tan estúpido de antes.

– Venga, si apenas me conoces, soy un cielo jajajajajajaja.

– No te pases, eres demasiado viejo para este tipo de borderias… no te pegan nada.

– Lo sé, perdona.

– Entonces… ¿qué va  a ser?

– Lo que te apetezca…. No soy delicado.

Cogió la primera botella de whiskey peleón y me lo puso con hielo. Aquel trago me supo de maravilla, diría yo que casi divino, pues la llamada de la depravación marcaba mi número de teléfono. Al volver a colocar la botella en la estantería puso una pose en la que se le entrevió el abdomen y casi el nacimiento de los senos debido aquel modelito; más típico para ir a la playa que para servir copas a guiris y acabados como yo. Lo sé, soy un viejo verde, pero me puso cardiaco. Las chicas de muslos gruesos y algo recurvos siempre me han dado mucho punto y han sacado el libidinoso ser que tengo en mi interior.

La conversación decayó, porque al maldito bar, acudieron más clientes y ella estaba obligada a atenderlos. Al pasar a mi lado mientras recogía los vasos sucios de la mesa que tenía a mi espalda, con sus caderas rozó mi brazo… Me miró de forma desafiante. En sus ojos pude leer…. -Yo también se jugar a ese juego- presentí que la tarde “pintaba a bastos” y tal vez tendría un final de relato de revista de los ochenta, donde las chicas que salían en picardías o en aquellos tangas tan sugerentes que tanto me gustan aún.

La tarde noche pasó muy lentamente y la imposibilidad de fumar en el local me causaba bastante malestar. Vi que la terraza empezaba a descongestionarse y le dije:

– Esa mesa que se queda sola, me voy a sentar fuera, puedes apuntarme allí la cuenta

– ¿Pues como no te quieras sentar con ese tío raro?, las otras mesas son del local de al lado

En esa mesa estaba sentado el típico tipo medio borracho que se quería hacer notar. La verdad, la idea no me entusiasmaba y le dije;

– Hay tres personas que me caen fatal: mi segunda exmujer, mi madre y ahora tú.

Ella no pudo evitar reírse a mandíbula abierta. Era condescendiente conmigo, algo que no dejaría de hacer para reírse de mi y darme esperanzas de que pudiera conquistarla. Me miro y supe que había un atisbo de posibilidad… tal vez la noche fuese fructífera.

No me molestó tanto, que me dejara así, tirado en mitad de la barra, sin poder salir a la terraza, pero me percaté que lo hacía por una razón… Estaba reclamando sus derechos de pernada conmigo sobre un grupo de jovenzuelas que no dejaban de mirarme. No es que sea el tipo más guapo del mundo, pero tengo mi público y mi cara de pocos amigos, mis ojos duros y serios y mi rictus enigmático, atraen a cierto tipo de jovencitas que están buscando a un hombre. Lo que no saben ellas es que este “hombre”, tiene el síndrome de Peter Pan y que de duro tengo, lo mismo que un palillo de dientes… eso sí, serio y enigmático soy, pero porque siempre fui un tanto antisocial.

Como me aburría sublimemente y no quería volver a casa ya, y la expectativa de seguir tomando era la única solución a corto plazo, volví a pedir una copa y decirle a Simón;

-Pon esa mesa lo que quieran, pago yo

– ¿Que te crees? Eso lo diría mi abuelo, fantasma… si pretendes ligar con ellas, deberías acercarte a la mesa y…

La interrumpí; – déjate, se lo que me hago-

Simón, con aquel cuerpo diseñado para el vicio, se acercó a la mesa. Me percaté que se contoneaba algo, pero la verdad; a esas alturas de la noche, hasta el andar de una vaca lechera me hubiese incitado a pensar que se estaba exhibiendo. Las risas de la mesa no tardaron en llegar y una voz suave pero con acento extranjero me invito a sentarme.

Eran tres, como “las gracias” de Rubén: más jóvenes que yo, incluso con una pequeña ecuación aritmética pude establecer que los diez años de diferencia los había, pero eso a aquellas alturas ya daba igual. Me preguntaron si hablaba francés o inglés, con una estúpida sonrisa. No sé si era una pregunta o algún juego moderno. Como siempre me he vanagloriado de mi agudeza, le respondí;

– La Lengua francesa la hablo algo, el inglés me defiendo… siempre que no sea más alto que yo (solté una pequeña carcajada). Ellas no lo entendieron, pero Simón sí. Seguía pendiente de nosotros.

La conversación fue saltando de un lado a otro, me preguntaron por mis quehaceres; les pregunte por los suyos y la verdad aquellas cuatro horas se me pasaron volando, tal vez por la compañía, pero seguro que fue por la multitud de copas que me bebí. Llegó ese punto, donde las restricciones se hacían patentes y Simón debía cerrar el bar… Ya llevaba rato sentado con mis “tres gracias” a las cuales no les prestaba el mínimo de atención, pues desde hacía hora y media hora había comenzado un juego de miradas y gestos con Simón, sobre la situación en la que me había metido. Ella no tardó en venir a rescatarme. Llegó, como llega la hembra alfa a la manada y reclama para sí al macho receptivo, sí, he querido ser más prosaico que la verdad. La verdad es que llegó y me dijo;

– Dile a tus amigas que tengo que cerrar. Tu quédate y paga lo que debes.

Tras una despedida casi abrupta, porque la verdad, ya me había cansado de ellas y después de darle un numero de teléfono que le saldría la centralita de un operador de telefonía y una dirección de email que llevaba años sin utilizar, me volví y me quedé con Simón. Echó la baraja de la persiana metálica y aquel mágico y estruendo ruido fue la señal de que la cosa se iba a poner seria.

-¿Quieres la última?

-Yo nunca digo que no a una copa gratis.

-Mira que eres imbécil

-¿Por qué?, ¿qué he hecho yo ahora?

– Era necesario que todo el mundo te viera tontear y ponerte en ridículo con esas tres guiris

– ¿Qué quieres?, no me hacías ni caso

Ella se apoyó en la barra me asió hacia su cuerpo y empezó a mordisquearme la oreja

-Eres puro veneno… salió de mi esa voz casi cuajada por el alcohol

-Y tu un borracho que huele muy bien a altas horas.

Los besos, dieron paso a un manoseo calenturiento por los dos. El aroma de ella era algo afrutado, entremezclado con el olor a bar cerrado y limpia suelos. Me encanta ese aroma a perdición, tal vez no sea muy agradable, pero para gustos colores. La fui desnudando poco a poco, hasta que la dejé solo en braguitas. Aquel cuerpo me parecía aún más espectacular sin tanta ropa y eso que ya de por si llevaba poca. Seguía manteniendo la mascarilla quirúrgica puesta… -¿me la quito?- dijo ella mientras una de mis manos se liberaba de tocar su espesa melena y recorría su cuello hasta su oreja

-Deja, ya lo hago yo.

Había visto la cara de Simón muchas más veces, pero al quitarle aquella mascarilla, la vi como era. Se apreciaba los rojeces dejados por la mascarilla, pero el conjunto de sus demás facciones combinado con sus ojos hacían que aquella cara pareciera angelical. Un súbito escalofrió recorrió todo mi cuerpo… el deseo se hacía ya patente. La volví a besar, pero esta vez, con una ternura dubitativa que exponía más mi nerviosismo de un colegial atrapado en el cuerpo de un borracho, que la de un amante con tablas… que les digo, algunas veces hasta el más seguro, tiembla y duda… Lo dicho, aquella cara angelical, escondía en realidad toda una diablesa… hecha para el deseo

Las cosas terminan como terminan y no daré más detalles. Ella es una señorita y yo, bueno,  al menos, creo que queda algo de caballerosidad en mí….

Al salir de aquel bar los dos, cogidos como dos amantes que buscan un puerto seguro para pasar la noche, ella se volvió y me dijo;

– Promete que no cometerás la estupidez de enamorarte de mí

– Claro, para eso estoy yo ahora….

Ha sido una de las pocas veces en mi vida que me ha dolido tanto mentir. Ahora no voy por su bar, su exnovio volvió y le cantó canciones de sirena al oído. Yo al menos me quedo, con aquella noche y las que le siguieron, fueron eso… una noche más…