Las rutas…

Antes siempre estaba dispuesto a partir, sin rumbo, sin coordenadas a las que ceñirme. Pero eso era antes.

Ahora parto para volver, no se por qué, pero ahora vuelvo a ti, como un trozo de ferro, atraído por la piedra imán magnetizada que atrae todo el material del que están hechos mis sueños.

La mañana se quedó dormida y no madrugamos, mientras, ambos, teníamos ganar de seguir en la cama. Nos mirábamos, sin decir nada, pero conociéndolo todo… hay veces que entre tú y yo solo nos basta una mirada, una sonrisa o solo una caricia para intuir, vaticinar o percibir lo que nuestro cuerpo desea, lo que nuestras almas anhelan.

Los besos no tardaron en llegar, mientras encima el uno sobre el otro estaban. Tu respiración empezó a cambiar, veía tu aliento de rosas y escuchaba el tacto de tu piel desnuda en mi cuerpo. Las sábanas, que siempre fueron muy sabias, se transformaron en suaves hojas que nos sostenían.

De entrada, sacaste tu mano atrapada por la mía, para pasear por toda mi espalda en suave y rítmica sintonía a la respiración. Decidiste dejarla en mitad, para suavemente apretar tu cuerpo junto al mío.

Ambos ya desnudos, embocada la serpiente, me dirigiste:

-suave… despacio… así… susurrándolo al oído. Tu voz salía cálida, algo ronca y entrecortada.

Abrí mis ojos, dejando de besar tu cuello y labios y me quedé sumergido en tu pupila gris sin dejar el ritmo interpuesto para tu goce. En aquel momento, tenías los ojos cerrados, pero sentiste como mis negros y mentiros ojos se clavaban en ti… lo percibiste y me dejaste que sumergiera no solo en tu mirada, sino en tu alma…

Viendo tu goce, decidí tomar otro rumbo, baje muy lentamente a las montañas que antes estaban aprisionadas y bajé para conquistarlas, para besarlas, con suerte de lengua. Mientras tus manos se enfocaron en los rizos de mi cabeza, escuchando de nuevo el vaho de placer que se escapaba de tu boca. Escuchar aquel goce hizo que la temperatura oscilante de aquellas sábanas subieran, queriendo las mismas, ser aún más suaves, pasando de fino hilo a terciopelo…

Los distintos efluvios corporales aparecieron, para que la lubricación de nuestros cuerpos fuese más suave… ¿no íbamos a gripar aquel motor llamado amor, no? En ese instante volviste a requerir con tus manos que te mirara, pues tus labios echan de menos los míos y me hiciste que te mirara de nuevo.

Aquella sonrisa pícara que dibujé en mi, fue la declaración de que partía… tu asombro fue mayúsculo. Noté como tu respiración se agitaba más aún… ya sabes donde me dirijo, ¿no?, pero antes de llegar, me quise entretener y parar por tu vientre y ombligo. Iba en busca de una cueva, pero no era esa. Aunque me pareció simpático parar allí y crear un instante de expectativa y misterio… ya deseabas que llegara a donde fuese…

Poco a poco, saltando a besos y caricias con mi lengua, fui al sur de tu ser… primero, encontré aquel diminuto bosquecillo pubico . El mismo se entremezcló con el bello de mi cara. Olí fuerte, quería emborracharme de aquel perfume que desprende ese barrio de tu cuerpo. Me embriague… poco a poco mis pupilas olfativas se llenaron de ese perfume fatuo. Estaba ante la puerta…

Volviste a levantar mi cara, de entre tu cuerpo afónico y tembloroso. Tu ojos entre abiertos ya conocían lo que a continuación haría mi bífida lengua perturbada, emborrachada de tu olor y adicta aquel néctar que me esperaba tras la puerta del deseo. Aquella mirada me ofreció explícitamente la venia para llamar… algunas veces es necesario pedir permiso para entrar. Lo obtuve.

Algunas veces, cuando se llama, no se golpea, sino que se acaricia, se besa, se susurra. De esta forma es más fácil que te dejen entrar. Y así fue…. Con el primer susurro lo supe. Me introduje en aquel angosto cubículo tan desconocido por mi, tan anhelado por mis gusto.

Sentí aquel escalofrío por mi espaldas, mientras empezaste a convulsionar. Estabas al principio algo tímida y viniste a reclamar mis besos y labios en otro sitio… pero me negué con determinación…. Al final ese reclamo quedó en nada y me dejaste “hacer”…

Minutos después, cuando mi sed quedó saciada, regresé por el mismo camino que me había llevado hasta aquella puerta oscura, húmeda, ardiente y carnosa… ¡que placer aún recordarlo!

Con tus finas manos volvisteis a embocar mi serpiente en la cueva donde hacía unos segundos habían estado mis labios… liberando toda una suerte de movimientos…

– despacio… así… sigue… despacio y fuerte…- empezaron a brotar aquellas palabras de tu boca, mientras volvías a reposar tus brazos a lo largo de mi tronco…

El baile espasmódico llegó… arrítmico y sin sentido que acompasaba el ritmo de nuestro deseo…

Mis gruñidos no tardaron tampoco en llegar y aquello subió aún más tus ganas, tu deseo… (se cuando alguien desea que toque su alma) y por eso fui generoso y mantuve la potencia a registro bajo… quería que esta carrera llegaras tú antes.

Esta vez fuiste generosa y al final, me esperaste en la meta, para que ambos cruzáramos sino a la vez uno detrás del otro…

Lo supe… ambos, con aquella carrera, alcanzamos cotas celestiales…

Me fui a apartar para liberarte de mi pesado cuerpo, pero llevaste mi cabeza a tu regazo y allí solicitaste tu premio conquistado… querías que te abrazara y que entráramos los dos por las puertas de Morfeo para obtener el descanso tan necesariamente deseado… tan necesariamente merecido…

Fue allí y no en otro lugar donde por fin encontré descaso y sueño a los sueños, para los sueños y por los sueños anhelados…

Por eso… my life… my rules….

Es la forma en la que suelo comunicarme cuando hablo en lenguaje universal de la pasión…

Non título VII

¿Para qué quieres la libertad, si al final de todo te encuentras atrapado en tu destino?

Con todo el tiempo del mundo, con todas las carreteras que hay, la ruta me tuvo que llevar a ti…

Nómada sin hogar, me solían decir… pues no conocía un sitio donde instalar el descanso del guerrero. 

¿Por qué me es esquiva la suerte?

¿Por qué la lluvia ya no limpia el ambiente?

¿Por qué mis filtros conductuales no me señalan el camino?

¿Por que siempre llego a destiempo? 

La casita azul

La huida

Escaparse de aquello que te ahoga, no es huida. Vivir toda una aventura, donde la improvisación al problema es la tónica, tampoco es huida…. Dejar atrás la maleta llena de recuerdos… algunos lo llamareis huida, en cambio yo lo llamo supervivencia.

Helena, no quiso darle al like a aquel perfil que apareció en su pantalla móvil de la aplicación en la que se había registrado. Nunca entendió que le atraía de esos tipos que parecen duros, que tiene pinta de duros, y que al final resultan que tiene un problema asociativo y lo que verdaderamente aman son a sus madres… pero terminó dándole al like a aquella foto. Pensó también que no tenía que ser de sus mejores fotos la que había puesto en aquel perfil… sinceramente se dijo –debo hacérmelo mirar- y una súbita carcajada inundo la sala donde estaba parada mirando a la pantalla del móvil como una boba.

La aplicación de Pedro le avisó que tenía un nuevo mensaje. Al abrirlo, pensó, otra petarda que quiere quedar. ¿Por qué me abriría aquel maldito perfil?- pensó. –Además que puse una de las fotos más groseras e inadecuadas que tengo. Sigo sin entender por qué alguien le daría un me gusta… La recriminación en su dialogo interno seguía. La sorpresa fue mayúscula, cuando vio que era la chica… No sé cómo explicarlo, simplemente diré que era la chica.

En la pantalla de Pedro -Hola-. Las manos le temblaban y casi se le cae el celular. -¿qué le digo?- Pensó.

En la pantalla de Helena -¿Qué tal? Me llamo Pedro.

Helena pensó, -este chico no debe de ser muy listo, ya sé cómo te llamas-.

Tras unos cuantos mensajes, la aplicación se quedó callada. No fue por falta de interés, ni por mal funcionamiento, lo que pasó fue que cada uno seguía haciendo mil cosas a la vez. Los mensajes se fueron sucediendo de forma sucesiva pero inconstante.

Al final cambiaron de aplicación y se dieron sus números. y al momento, uno de ellos decidió llamar al otro. No recuerdo muy bien quien fue, pero la primera conversación fue… bueno algo tal como así;

Hola- soy Helena- dijo ella, con su aterciopelada voz.

Hola- casi una voz de ultratumba y quebradiza le salió a Pedro.

Tras una hora hablando entre desconocidos, al final se despidieron. Por un lado ella no estaba muy convencida, no es que se arrepintiese de haberlo llamado, pero las palabras de Pedro no la terminaron de convencer. Por su parte, Pedro analizaba cada respuesta o pregunta que le había dicho. No fue su mejor discurso pensó, pero al menos no le había engañado. No había fingido ser una persona que no era, ni tampoco había dicho nada que indicase que buscaba más allá de una sana amistad por ahora.

Los días y mensajes se fueron sucediendo y con el paso de los mismos decidieron quedar. Él se aventuró a visitarla en su ciudad. Se levantó bastante temprano y cogió el primer tren que salía para Sevilla. Ella lo esperaría en Santa Justa. Pero como siempre y las cosas de Pedro, este se bajó en San Bernardino… ¿Cómo no? El típico despiste de Pedro, más nervioso que concentrado, no se percató de que lo habían dejado en otra estación.

Tras una hora en espera en distintas estaciones, Helena con un malestar de campeonato, por ser elegantes y no decir algo más, se decidió a llamarlo. En la pantalla de Pedro apareció el número de Helena Sevilla. No se atrevía a pulsar el botón de contestar, pues se esperaba la típica frase de que le había sido imposible llegar a tiempo o que otro compromiso ineludible e imprevisto la retenía y que mejor quedaban en otro momento, pero de forma mecánica contesto;

-Si

-Oye Pedro, ¿Dónde está? Vienes al final-

¿Cómo?- dijo Pedro, pensando, -esta tía está fatal, sí llevo casi una hora aquí en el andén esperándola. –Claro, si estoy en Sevilla desde las once-.

-Imposible, estoy aquí en Santa Justa, en el entre suelo y el tren de Mérida llego hace casi una hora…

Pedro la interrumpió, ¿Qué estás en Santa Justa?, ¿Qué me dices? Estoy en San Bernardino esperándote tal como me dijiste…

Ella pensó- he ido a quedar con el más listo de su clase- Espera- dijo ella- Yo me acerco a la otra estación, no te muevas.

-Vale-.

Tras el incidente que a Pedro le costó un sonrojo y un nerviosismo extra a la situación ya estresante por si, la cita transcurrió, como transcurren las primeras mejores citas. Una cerveza en una terraza del centro, una visita a un monumento, luego al Museo de Historia y un aperitivo en otro lado, hicieron que las cinco primeras horas pasaran tan rápido como un suspiro.

Llegado la hora donde los toreros salen a torear y la gente decente duerme la siesta, ambos seguían por esa Sevilla de mitad de Junio paseando, hasta que ella decidida, le agarró por la mano y caminaron por toda la ciudad cogidos. En un momento, Pedro paró el paso y se giró a ella;

-¿Qué pasa?- pregunto Helena

-Adiós amiga-, dijo Pedro a Helena.

Cerró sus ojos y muy lentamente se acercó hasta quedar a un milímetro de ella. Paro solo un instante y con la misma velocidad que lleva una hoja suspendida en una brisa, sus labios se encontraron con los de Helena.

Hola- dijo, pero esta vez, apoyando se frente junto a la suya y con los ojos cerrados, manteniendo ese instante en su recuerdo para siempre.

No voy a describir el beso, es complejo. ¿Cómo se describe un beso? Pues cada beso es distinto y describirlo me parece muy engreído hasta para mí, que solo busco demostrar mi afán descriptivo de algo que jamás he dado, por eso, solo diré, que la BESÓ…

El reloj marcaba ya las nueve de la noche y ambos se encontraban esta vez sí, en el andén de la estación de tren correcta. La cara de ambos era un poema, tan mayorcitos y a la vez tan jóvenes, con esa cara de los nuevos amantes ponen cuando uno parte.

Diré que siempre me han encantado las estaciones, porque en ellas muchas veces ves la misma película romántica, pero con distintos actores. Si sé que es algo típico y que todos los que hemos vivido una despedida en un andén nos creemos especiales, pero eso le pasa a muchas parejas

Como Helena no quería ponerse mimosa y su semblante serio indicaba la situación, empezó a hablar de cualquier tema insustancial como el tiempo que iba a hacer al día siguiente. Para no saberlo, era ya verano en Sevilla, lo normal es que hiciese sol, ¿no?. Pero una palabra llevo a otra y a otra y al final, le dijo a Pedro

-¿y si nos escapamos?

-¿Qué?, respondió Pedro, entre asombrado y temeroso

-Si! Escapémonos…- dijo Helean

Pero ¿tú estás bien?, ¿te sentó mal el helado de mango y vainilla de Macedonia? -respondió Pedro

-No, qué tipo más absurdo eres, digo que nos escapemos…

La conversación, en un momento, desembocó, en unas risas, pero en los ojos de los dos, se veía la aventura…. Se terminaron riendo a carcajada limpia, rompiendo el tenso amargor de la despedida, pero también el de la reflexión. Empero ese momento duró poco, pues un ruido de las puertas neumáticas del tren rompió aquellas risas y pequeños manoseos….

Helena dijo – entonces, ¿qué?

Pedro la agarró por la mano y se dirigió hasta las escaleras mecánicas. Ella se paró en seco y dijo;

-¿Estás loco?

-No-, respondió, -voy a comprar dos billetes

Las piernas de Helena empezaron a temblar como las de un pura sangre después de un derby y la boca se le quedó seca, y entre abierta, con los ojos abiertos de par en par, pensando- este tío va en serio- Diecisiete minutos después, para ser exactos, Helena y Pedro, se sentaban en un vagón dirección a Madrid, con ningún equipaje, pero con una mochila cargada de sueños…. Justo la mochila que uno se lleva cuando huye…

¡Mic, Mic, Mic, Mic! El despertador sonó, para aquel hombre de mediana edad. Que sueño más raro he tenido- pensó. Al levantarse de la cama, pudo ver la melena despeinada de ella y sentir su suave respiración, pensando que dormía tranquila, había pasado mala noche. Llegaría tarde del Hospital… Se levantó y se dispuso a prepararse para ir a trabajar. Esa era la rutina de él cada mañana. Este hecho sucede todos los días de lunes a viernes en Gijón. Un matrimonio que discute, ríe y llora siempre juntos. Ellos se llaman Helena y Pedro y no dejan de contarse cuando pueden, aquella absurda anécdota sobre cómo planearon su HUIDA el día que se conocieron… ahora todo el mundo se preguntará;


…¿Cómo terminaron juntos?

Relojes y tiempos

… y el sol despega de su horizonte como todos los días. Como si lo acontecido no hubiese pasado. Me trae nuevos aromas que desplazan a los anteriores. Desde mi ventana veo como la claridad se abre paso, que a la vez inunda mis recuerdos. En mi interior tengo esa cálida sensación del regreso al hogar…

Abro el cajón, donde guardo «mis tesoros», y allí está… Aquel viejo reloj traído de Turín, que tantas historias y dueños había tenido… Me doy cuenta de que esta aventura ha merecido la pena….

La Carta (VII parte. Fin de la historia)

Comenzamos esta historia hablando de la importancia de los mensajes, de la información que contenía, pero en realidad, lo que me apetecía contar era una bonita historia. No se equivoquen, no creo en los finales perfectos, no tienen por qué encajar todo. Por el contrario, mis historias, como la vida, suelen acabar como acaban las cosas, de una forma o de otra, pero acaban.

Por otro lado, es importante saber la motivación. Empecé esta serie, imaginando que se sentiría al recibir una carta de amor. Para los que quieran enviarla, para los que quieran recibirla, para todos; a mí, particularmente, me gustaría que se desarrollase, como este relato, un duelo a la esperanza, un desafío a la desazón y una nueva forma de enamorar a la ilusión.

Por otro lado, y siguiendo con la historia que nos ha traído hasta aquí, debo decirles que  hasta que no lean la palabra fin, no sabrán el porqué de la misma, ni intuirán como acaba la misma. Aunque ya puedan haber elucubrado un final, no podrán imaginar cómo termina. Ahora no quiero que vean detalles, ahora quiero que vean los paisajes y personajes que he pintado. Preparasen, esto llega a su final.

Unos doce años después de aquella noche. En el Faro de Joaquín

Rose estaba sentada con aquel ridículo sombrero que había encontrado entre las cosas que guardaba Joaquín en un trastero del faro. Para lo viejo que se veía, era cómodo y estaba todavía nuevo. No quería quemarse la cara como todos los veranos.

En la orilla de aquella playa que tanto observó y esperó Joaquín, había un niño de ojos curiosos y pelo rubio jugueteando con las olas y su cachorro. Su madre se había empeñado en adoptar aquel cachorro, para que le hiciese compañía. Era un niño retraído, -esto le vendría bien-, pensó para sí Rose.

Ella al verlo jugar, le recordó a su padre y esa forma que tenía de amar aquel perro de aguas llamado Turco. Al niño lo llamó Joaquín. Un detalle por aquel viejo pescador que tanto le aconsejó sobre el amor y que tanto le acompañó los últimos años. Se convirtió en todo un apoyo cuando decidió dejarlo todo y quedarse en una tierra extraña, pero amable. Allí fue donde por fin pudo encontrar lo que siempre quiso, un lugar al que llamar hogar.

Joaquín, hacía ya tres años que había dejado de bajar a la playa, por decirlo de forma romántica. Para no ser de la familia, dejó una huella infinita en su corazón, lo sentía como un padre. Tras el accidente de Alejandro y aún convaleciente tras su operación; Joaquín se encargó de todo, de adecentar todo las instalaciones, de traer sus enseres, de… bueno, todas las cosas que hacen falta, cuando la vida golpea y cambias la rutina. Al final al faro le cambiaron el nombre y lo bautizaron como ”la casa azul”;

-¡como tus ojos!- así la denominaba Joaquín y así le gustaba a Rose referirse a su nuevo hogar. Esa era la forma tan simpática que tenía Joaquín de piropearla y animarla tras el accidente de Alejandro. En un momento dijo;

-Joaquín, Joaquín, volvemos a casa, -dirigiéndose a su hijo.

El niño salió corriendo de la orilla dirección a su madre. Ella estaba sentada en la típica silla de playa con una toalla en el regazo. Al llegar el niño lo envolvió y lo abrazó.  

-Huele igual que olía Alejandro cuando salía del agua de jugar con Turco- pensó Rose. Le asombraba como era la memoria de selectiva con los olores y como estos trajeron unos bonitos recuerdos ya pasados de tardes de playa y juegos… bueno, juegos de adultos.

El niño, empezó a explicarle a la madre lo que había visto en la orilla. Le contó que vio una medusa verde, un sargo y tres cangrejos. La madre le preguntaba y el niño inventaba. Alejandro le encantaba también contarme ese tipo de historias sin sentido.- pensó. Para automáticamente esbozar una sonrisa. Era feliz.

Entraron al faro y el niño fue directamente al baño. Sabía que tenía que ducharse, sino no le dejarían seguir jugando con “turquito”. En la casa se respiraba a paz, a historia que llega a su fin, a cerrar ciclos y comenzar nuevas aventuras, pero las cartas de Joaquín aún seguían encima de la mesa del comedor. Había hecho un esfuerzo por recuperar la mayoría de los mensajes. Alejandro seguramente estaría muy orgullosa de ella de como los había ido ordenando cronológicamente, como había investigado buscando casi todas las botellas. Como intentó, sin éxito, recomponer el dibujo que había tras las distintas partes de vitela que Joaquín había utilizado como papel para escribir aquellas preciosas cartas a la esperanza, desafiando al desazón y enamorando a la ilusión.

Al final solo dio con nueve de todas las que pudo enviar. En el fondo le parecía simpático. -Robarle al mar es complejo- pensó. Había sido un trabajo que ella, sin apenas formación en mareas y con un portal que había visto épocas mejores, se lanzó a otro mar, más electrónico, investigando y solicitando información en foros, en chats, o en grupos, para que le enviaran todos los mensajes que encontraran en una botella azul.

La historia alcanzó tintes casi virales y hasta varios medios de comunicación se hicieron eco de la historia, de cómo una pintora afincada en Andalucía, estaba intentando recomponer una historia, un dibujo… era al fin y al cabo “su historia”. Alejandro seguramente sentiría orgullo por no haber cejado en su esfuerzo.

Tras haber salido en los medios, recibió durante los tres últimos años un aluvión de correos de gente contándole que habían encontrado una botella azul con un mensaje dentro. Algunos fueron pistas falsas, otros le llevaron a callejones sin salida, pero al final, con terquedad, consiguió lo que se propuso  -La mar es caprichosa y mal cartero,- pensó. Se dirigió a la cocina a por un té.

El sonido de unos golpes en la puerta de aquel faro rompió la paz que reinaba en el hogar. Al abrirse la puerta se pudo ver a un hombre de mediana edad junto con una niña pecosa que se escondía tras las piernas de este. Al verlo por primera vez se agitó, -era la viva imagen de un Joaquín más joven de cuando lo conoció. Eran dos gotas de agua iguales.- pensó-

El hombre con un marcado acento extranjero y correcto castellano, se quedó perplejo, pero alcanzó a decir;

-Hola, soy Jack. Recibí tus emails. Mi madre se llamaba Rose y creo que mi padre era pescador por esta zona. No sé nada más, es lo que me contaron mis abuelos.-

Este se volvió y presentó a la niña que estaba a sus espaldas, era su hija y se llamaba Rose, como su abuela.

-Pasa, gracias por venir. Ha sido muy difícil dar contigo-. Haciendo ademan de que se introdujera en la casa. – Entra-, con un tono de sorna,  -te contaré toda una historia imposible- dijo Alejandro apartándose de la puerta mientras cerraba la misma.

Nota del autor; como os prometí, al final de la historia solo queda un protagonista. Ese protagonista sois vosotros, pues yo solo he hilvanado palabras, para contar la historia…. …que queríais leer. Gracias

Fin.

El beso de la licántropa

Aquellos ojos rojos ensangrentados y brillantes que la penumbra desafiaba, se clavaron en Estef… por un momento, su ya de por si temperatura fría, rebajó más aún la misma. Inspiró tras la imagen de aquella lavadora centrifugando un líquido rojo, que se le antojaba plasma de una Virgen…

-No-, dijo de forma seria aquella criatura para que no se moviera ni un ápice.

Sabía perfectamente lo que era. Sabía perfectamente lo que había creado. Sabía perfectamente, que sus experimentos para encontrar un discípulo habían vuelto a fracasar.

Se oyó un ruido de una puerta echada abajo de una patada. Era Alex Raimbod, con su desert eagle desenfundada, le apuntaba.-¿que es esto?, dijo atropelladamente dirigiéndose a Estef.

-No te muevas, es algo inestable… las palabras de Estef quedaron suspendidas por el movimiento rápido de la criatura.

Esta apartó a Estef de un manotazo y se encaró con aquel policía bonachón….

¡¡¡Pum, pum!!! Dos fogonazos de aquella herramienta del mal que sujetaba con fuerza entre sus temblorosas manos, hicieron que la habitación se iluminara, como si de un flash de una Polaroid improvisada se tratase.

La criatura había saltado por la ventana de aquel cuarto lavadero, dejando tras de sí, un reguero de aquella insólita sustancia vital…


Estef, se recuperó y se dirigió donde estaba el cuerpo de Alex, mal herido. Un tajo, había cercenado su yugular y brotaba sangre al estilo de una cornucopia vampírica.
Estef se acercó y lo miró detenidamente.

Se le estaba escapando la vida, se desperdiciaba aquella sangre… pero en sus ojos no se leía miedo por la muerte, sino miedo al fracaso propio. No podría terminar aquel caso.

La resonancia de los tacones rojos que llevaba puestos hizo que Alex, cerrara los ojos. Era consciente que el “sueño eterno” llegaría pronto.

Ella se acercó más aún, y le susurró al oído-¿es miedo lo que veo en tus ojos o rabia de no poder darme caza? Jajajajajaja! Dijo Estef, mientras se enjugaba sus labios rojos.

Alex, intentó decir algo, balbuceaba; su boca se había convertido en una cloaca de sabor a sangre y última voluntad…

Suhhhh!, le mandó callar Estef. -Te haré un regalo… para inmediatamente morderse los labios y dejar que un pequeño hilo de sangre se deslizar por la comisura de los mismos. Esa estampa hacía que su semblante pareciese más demoniaco. Mas terroríficamente de por si… se intuía que el discípulo verdadero había sido encontrado…
Aggg! Dijo Alex, para seguidamente recibir el “beso de la licántropa”

Cerró sus ojos y se entregó al ir y venir de las mil y una musarañas que inundaban sus ojos cerrados, mezclado con flashes de imágenes que su cerebro proyectaba a sus ojos cerrados. Pronto todo acabaría, o no…,

Continuará

Imagen sacada de la red. Desconozco su autor

Lluvia

Un día llegó…

Después de muchos días sin llorar, después de que el sol calentara y quemara esta tierra, tú, el cielo azul, al igual que el agua, decidiste que era el momento de llorar…

Mientras llorabas, la mayor de tus tristezas se hacían patentes, se te encogía el alma y te atenazaba la garganta… pero no fue una lluvia torrencial, sino que a poco, las gotas fluyeron como una cortina, como una alcachofa a medio abrir… y así fue como llorasteis…

Poco a poco, todo salió. Dejaste de pensar en lo que pudo ser y te centraste en ti. Dejaste de imaginar mil historias y focalizaste el ahora…

-… pero como es esto!- surgió esa voz de tu interior. Y la lluvia siguió, sin dejar de tamborilear el suelo ya húmedo por tus lagrimas…

Shhh- Te mandó callar tu mente. Te quería avisar que el cielo se abría, que la cortina que empañaba tu iris, abría paso a un nuevo día…

El ruido de un zumbido de tu teléfono silenciado, te volvió a la realidad. Despertó de aquel absurdo sueño predespertar, que no podrías entender, que no podrías interpretar, pues ni tu mente o tu alma sabia que significaba. Solo pudisteis recordarme, pues dejé mi olor en tu cuerpo antes de irme.

Eran las 7.35, y como el sol o la esperanza, como todas las mañana, allí estaba aquel mensaje que te daba los buenos días.