Las rutas…

Antes siempre estaba dispuesto a partir, sin rumbo, sin coordenadas a las que ceñirme. Pero eso era antes.

Ahora parto para volver, no se por qué, pero ahora vuelvo a ti, como un trozo de ferro, atraído por la piedra imán magnetizada que atrae todo el material del que están hechos mis sueños.

La mañana se quedó dormida y no madrugamos, mientras, ambos, teníamos ganar de seguir en la cama. Nos mirábamos, sin decir nada, pero conociéndolo todo… hay veces que entre tú y yo solo nos basta una mirada, una sonrisa o solo una caricia para intuir, vaticinar o percibir lo que nuestro cuerpo desea, lo que nuestras almas anhelan.

Los besos no tardaron en llegar, mientras encima el uno sobre el otro estaban. Tu respiración empezó a cambiar, veía tu aliento de rosas y escuchaba el tacto de tu piel desnuda en mi cuerpo. Las sábanas, que siempre fueron muy sabias, se transformaron en suaves hojas que nos sostenían.

De entrada, sacaste tu mano atrapada por la mía, para pasear por toda mi espalda en suave y rítmica sintonía a la respiración. Decidiste dejarla en mitad, para suavemente apretar tu cuerpo junto al mío.

Ambos ya desnudos, embocada la serpiente, me dirigiste:

-suave… despacio… así… susurrándolo al oído. Tu voz salía cálida, algo ronca y entrecortada.

Abrí mis ojos, dejando de besar tu cuello y labios y me quedé sumergido en tu pupila gris sin dejar el ritmo interpuesto para tu goce. En aquel momento, tenías los ojos cerrados, pero sentiste como mis negros y mentiros ojos se clavaban en ti… lo percibiste y me dejaste que sumergiera no solo en tu mirada, sino en tu alma…

Viendo tu goce, decidí tomar otro rumbo, baje muy lentamente a las montañas que antes estaban aprisionadas y bajé para conquistarlas, para besarlas, con suerte de lengua. Mientras tus manos se enfocaron en los rizos de mi cabeza, escuchando de nuevo el vaho de placer que se escapaba de tu boca. Escuchar aquel goce hizo que la temperatura oscilante de aquellas sábanas subieran, queriendo las mismas, ser aún más suaves, pasando de fino hilo a terciopelo…

Los distintos efluvios corporales aparecieron, para que la lubricación de nuestros cuerpos fuese más suave… ¿no íbamos a gripar aquel motor llamado amor, no? En ese instante volviste a requerir con tus manos que te mirara, pues tus labios echan de menos los míos y me hiciste que te mirara de nuevo.

Aquella sonrisa pícara que dibujé en mi, fue la declaración de que partía… tu asombro fue mayúsculo. Noté como tu respiración se agitaba más aún… ya sabes donde me dirijo, ¿no?, pero antes de llegar, me quise entretener y parar por tu vientre y ombligo. Iba en busca de una cueva, pero no era esa. Aunque me pareció simpático parar allí y crear un instante de expectativa y misterio… ya deseabas que llegara a donde fuese…

Poco a poco, saltando a besos y caricias con mi lengua, fui al sur de tu ser… primero, encontré aquel diminuto bosquecillo pubico . El mismo se entremezcló con el bello de mi cara. Olí fuerte, quería emborracharme de aquel perfume que desprende ese barrio de tu cuerpo. Me embriague… poco a poco mis pupilas olfativas se llenaron de ese perfume fatuo. Estaba ante la puerta…

Volviste a levantar mi cara, de entre tu cuerpo afónico y tembloroso. Tu ojos entre abiertos ya conocían lo que a continuación haría mi bífida lengua perturbada, emborrachada de tu olor y adicta aquel néctar que me esperaba tras la puerta del deseo. Aquella mirada me ofreció explícitamente la venia para llamar… algunas veces es necesario pedir permiso para entrar. Lo obtuve.

Algunas veces, cuando se llama, no se golpea, sino que se acaricia, se besa, se susurra. De esta forma es más fácil que te dejen entrar. Y así fue…. Con el primer susurro lo supe. Me introduje en aquel angosto cubículo tan desconocido por mi, tan anhelado por mis gusto.

Sentí aquel escalofrío por mi espaldas, mientras empezaste a convulsionar. Estabas al principio algo tímida y viniste a reclamar mis besos y labios en otro sitio… pero me negué con determinación…. Al final ese reclamo quedó en nada y me dejaste “hacer”…

Minutos después, cuando mi sed quedó saciada, regresé por el mismo camino que me había llevado hasta aquella puerta oscura, húmeda, ardiente y carnosa… ¡que placer aún recordarlo!

Con tus finas manos volvisteis a embocar mi serpiente en la cueva donde hacía unos segundos habían estado mis labios… liberando toda una suerte de movimientos…

– despacio… así… sigue… despacio y fuerte…- empezaron a brotar aquellas palabras de tu boca, mientras volvías a reposar tus brazos a lo largo de mi tronco…

El baile espasmódico llegó… arrítmico y sin sentido que acompasaba el ritmo de nuestro deseo…

Mis gruñidos no tardaron tampoco en llegar y aquello subió aún más tus ganas, tu deseo… (se cuando alguien desea que toque su alma) y por eso fui generoso y mantuve la potencia a registro bajo… quería que esta carrera llegaras tú antes.

Esta vez fuiste generosa y al final, me esperaste en la meta, para que ambos cruzáramos sino a la vez uno detrás del otro…

Lo supe… ambos, con aquella carrera, alcanzamos cotas celestiales…

Me fui a apartar para liberarte de mi pesado cuerpo, pero llevaste mi cabeza a tu regazo y allí solicitaste tu premio conquistado… querías que te abrazara y que entráramos los dos por las puertas de Morfeo para obtener el descanso tan necesariamente deseado… tan necesariamente merecido…

Fue allí y no en otro lugar donde por fin encontré descaso y sueño a los sueños, para los sueños y por los sueños anhelados…

Por eso… my life… my rules….

Es la forma en la que suelo comunicarme cuando hablo en lenguaje universal de la pasión…

Error de cálculo

Aquella mañana te levantaste con ese sabor a revancha. Nada de eso, te levantaste con el sabor a decisión. Me hablaba así mi conciencia.

Si, todos perseguimos ir al cielo, es la mayor estupidez, pues este no es un lugar sino un estado.

Alguien me dijo, que el mayor invento del siglo XX, había sido la felicidad, buscada por todo el mundo a través de seis formas. Un error de cálculo bastante modal.

Por eso, una vez abandonada ya la idea de que el cielo es un lugar, ya sea metafórico, ya sea geográfico, la idea de la cosa eterna tras el largo sueño se me aventura también como falso. Entonces solo queda una solución ockhamniana, vive feliz sea cual fuese la coyuntura…

Al encontrarte, fui feliz, también lo soy ahora engañándome con una continuidad que no existe. ¿Es la mentira una compañera de la felicidad? Ni idea, pero en mi situación, esta si la acompaña…

Ya no me atraen esas puestas abiertas a la esperanza. Otra gran mentira del ser humano. Aunque parezca pesimista, en realidad, me engullo de sinceridad… pues lo único que sé, es mentirme para consolarme.

el final del verano….

Una infinita semana

para este final del verano.

Como una ecuación irresoluble,

de incógnitas insospechadas,

de sábanas vacías y sin arrugas,

de despedidas sin adiós,

así se queda mi sombra.

La tenue calma de la noche estival

antes de que se rompiese ese silencio cómplice,

tras la lucha de nuestros cuerpos desnudos y sudorosos,

desapareció. No; simplemente dejó de existir.

Los rescoldos de aquel fuego de verano

es lo que calentará al frio que llega,

es lo que iluminará esas noches de otoño

es lo que entretendrá a la irremediable nostalgia.

No puede ver algo más bello, que un amor de verano,

que el recuerdo infinito de lo que pudo ser y fue,

que el sonido de tu risa inocente,

que el aroma que dejaste en mi piel,

que las silenciosas miradas de miel,

que la cicatriz que adorna ahora mi ser.

(…. porque las más bellas historias que deben ser recordadas acaban siempre en melancolía.)

un precisos atardecer en Baza, Granada

Llueve

La ejecución de aquel adagio en G menor de Tomasso Albinoni, fue la peor interpretación de Chelo y cuarteto de Chelo que Natalie a sus pocos años al frente de aquel proyecto, había escuchado. Muy enfadada, miró a los distintos integrantes de aquel cuarteto y no pudo esconder su decepción entre aquellos rizos castaños de su rostro.

Muy a su pesar, se giró dándoles la espalda y procedió a recoger las partituras y batuta que descansaban en el atril que encabezaba la sala de ensayos del conservatorio. De espaladas murmuró… -Yo no me merezco esto- con una voz muy suave y pausada, para alzando la voz,

-Doce años, ¡si señores! Doce años llevo como directora y jamás habían sentido mis oídos maltratar tanto a una obra de tal belleza, que sí el propio compositor lo escuchase, lloraría de pena. No captan la esencia-.

Se volvió, clavó su mirada en el infinito de la pared del fondo y sus ojos como si de una fugata en mi menor se tratase se dirigieron hacia la puerta. A continuación, sus pies la siguieron, dejando a las personas allí, con una cara de estupefacción y congojo.

Durante el trayecto que iba de aquella minúscula sala de concertinos del Conservatorio Mayor de Roma y la salida del edificio, su mente ordenaba las notas, el tempo y los distintos ritmos, los compases y pausas, en las que las distintas partes de aquella pieza deberían haberse ejecutado. -Cada vez son más jóvenes, más inexpertos y menos disciplinados- pensó.

Para Natalie, la música, no solo era música, era pasión, pero también era sacrificio, tesón y sobre todo, era la única forma que conocía para que su mente le engañara y pensara que sí, por qué no decirlo, que se sintiera ingrávida al ejecutarla, que flotara como aquellas invisibles notas de las que se componían sus más admiradas piezas.

La estampa de Natalie parecía sacada de cualquier película de los ochenta. Su vestimenta aunque sobria, no le caía nada mal y realzaba su figura. Pero su forma de llevar sus “papelotes”, como ella llamaba a sus apuntes y partituras, parecían más bien la de una colegial rebelde. Todo mezclado, arrugado…. Será cosas de genios, nunca prestan atención al continente, sino al contenido.

Al cruzar la puerta de salida del Conservatorio, el agua caía como si el cielo se le hubiese roto el bajante de desagüe de todas las nubes de la atmosfera. Hacía años que no llovía tan copiosamente y constante en Roma. A pocos metros, se encontraba el paso para peatones para cruzar al otro lado de la calle y recoger su coche con la bandera de la UK pintada en el techo.

Cogió sus papelotes y a modo de parapeto improvisado para no mojarse, se cubrió con ellos la cabeza, mientras con la otra mano sostenía las llaves del coche. Al salir trotando para evitar mojarse, dio un mal paso y perdió el equilibrio. Aunque pudo salvar el primer paso que la bajaba a la calzada, no se percató en mirar…

Un derrape de neumáticos sobre la calzada de adoquines mojada seguido del ruido de un golpe sordo, se escuchó en aquella calle. Por un instante la vida pareció pararse y lo único que se escuchaba era el silencio que precede a los gritos de los viandantes. El cuerpo de Natalie, estaba sobre la calzada al ser atropellada por un utilitario azul. El rugido de las ambulancia corriendo por la vía Máxima, no cesó hasta que llegó a donde Natalie estaba; tirada como un muñeco de trapo y brotándole sangre se su cien.

Jake, el conductor del Renault, se quedó paralizado. No sabía de donde había salido aquel cuerpo; entre el agua que caía y el rojo de la sangre dejada en el parabrisas estriado por el golpe, lo dejaron en shock.

A los pocos segundos reaccionó y de un brinco abrió la puerta. El olor a tabaco de su coche se mezcló con el olor a la tragedia que se respiraba en aquel paso para peatones. Sin saber muy bien que hacer y por puro instinto, auxilió a esta. Presionó la herida de la cabeza en un vano intento que dejara de sangrar. Sus manos se enrojecieron. Aquella imagen le perseguiría por mucho tiempo. Temblorosas y arrugas, no dejaba de ver la sangre como brotaba.

El tiempo que transcurriría entre el accidente y la llegada de la ambulancia, a Jake, se le hizo eterno, no quería mirarla, pues la sangre le mareaba y era un tanto aprensivo, pero el valor, algunas veces nace en los más cobardes y con una mezcla de este o por sentimiento de culpa y responsabilidad se obligó a mirar. Pensó- he atropellado a uno de los hijos de Dios- dijo para sí.

Cuando la ambulancia llegó, parecía que hubiese pasado una hora, pero solo habían transcurrido siete malditos minutos. De un empujón, uno de los sanitarios lo apartó, mientras otro lo miró a los ojos interpelando a Jake, que ahora no era su momento, sino el de ellos.

A Natalie la estabilizaron en el asfalto húmedo y frio del accidente. Mientras tanto, al otro lado de la calle, a Jake, le tomaba declaración un joven Gendarme, obsesionado con hacerle la prueba de alcohol y drogas a lo que Jake, no se opuso.  El gendarme le dijo;

-Huele a alcohol-

Jake respondió, -¡yo no bebo! ¿No se ha dado cuenta?

-¿Del qué?- Respondió secamente el gendarme.

-Voy vestido de negro.

-¿Y qué significa eso?, ¿acaso es Uds. un gótico?

No…

El gendarme no se dio cuenta, pero llevaba los pantalones de hilo negro con una sola raya, zapatos de cordones cerrados y negros y una camisa abotonada hasta la garganta de color negro y alza cuello blanco. Jake era sacerdote. Ese mismo día llevaba su renuncia a la curia, pues su vocación hacía tiempo que se tambaleaba. Después de aquello, el tipo vestido de azul, lo miró y con cara de persona que acaba darse cuenta de que es imbécil, se apartó y se despidió diciendo;

-Señor James Carrasco, tengo sus datos. Si hay algo más, la Comisaria se pondrá en contacto con Uds.-

Con los pocos arrestos que le quedaban volvió aquel Renault de la Archidiócesis y lo arrancó, le costó, fue de forma dubitativa, pues en todo el tiempo de la situación descrita, las luces del coche no se habían apagado. Es como si el coche expresase de forma consiente como era el estado de ánimos de Jake.

Al llegar al Obispado, el secretario de su ilustrísimo Monseñor Smith le estaba esperando y lo hizo pasar con el Obispo. Al entrar en aquel despacho demasiado opulento para el gusto jesuita de Jake, el Obispo levantó la vista de los documentos que tenía en su campo de visión y con un movimiento de cabeza le indicó que pasara y se sentara. Recorrió la estancia con pasos firmes y rápidos, quería terminar con aquello lo antes posible y dirigirse al Hospital donde estaba la chica que había atropellado momentos antes.

Monseñor Smith, se tomó su tiempo. En realidad hacía tiempo que había dejado de prestarle atención a lo que estaba haciendo, solo quería crear un silencio incomodo; lo miró con cara inquisidora, como sí supiese todos sus secretos y eso lo pusiera en una situación superior al conversar. Jake, no estaba para aquello, no aguantaba más con esa actitud de superioridad, que algunos miembros de la exquisita nobleza de la iglesia tenían. No terminaba de encajar aquel aire de arrogancia. Él, había tomado los votos para ayudar, no para alejarse de la realidad y esconderse en una torre de marfil o cristal. Seguía sin entender la organización, pero amaba ayudar y entregarse a los demás.

Antes de que Monseñor Smith dijese nada;

-Ilustrísima, acabo de tener un accidente de tráfico y…- rompió aquel silencio Jake.

-¿Qué? ¿Se encuentra Uds. bien?

-Si Ilustrísima.

-¿De verdad? Esta conversación la podemos tener mañana o el domingo. Entiendo que se encuentre nervioso y lo que me tenga que decir puede esperar. Tómese su tiempo para refelexionar.

-Se lo agradezco Ilustrísima.

Jake se levantó y de un movimiento rapidísimo, se giró encaminándose para la puerta.

-Espere, tome su carta y reflexione sobre lo que me viene a exponer- dijo el Monseñor Smith sin dejar de mirar de nuevo los documentos que tenía delante de sus ojos.

Al oír aquello, Jake se giró hacia el ministro de la Iglesia y vio que aquella escena era un tanto forzada, no le importaba ni lo mas mínimo, solo era un peón en aquella partida de cartas. Ahora acaba de darse cuenta de que su decisión era acertada y que ya estaba evaluada, meditada y tomada….

-Será demorarlo unos días más-, pensó Jake.

En la sala de urgencias del Hospital

Jake esperaba noticias del médico que había atendido a aquella chica. Su familia estaba sentada a su lado, pero ninguna de las partes lo sabía. El médico, tras varias horas, salió. Con la cara cansada después de un largo turno, les dio noticias sobre el estado de Natalie. Se encontraba en coma, estable, pero en coma inducido, mientras la inflamación de su cerebro bajaba. Aún no sabían que daños o secuelas podría tener….

Aquello cayó sobre el padre de Natalie como un salvavidas. –Vive- se dijo para si. En cambio la joven esposa del padre de Natalie miró y con una falsedad patente, dio gracias a Dios por aquella noticia que tanto le incomodaba; por tener alguien que le disputaba la atención de Antonie. Este, por primera en varias horas, se percató de la presencia de Jake. Lo vio con aquel atuendo que le recordaba a un sacerdote recién salido del seminario. Le pregunto;

-Perdone, Uds. ¿es?

-Soy Jake. Perdóneme, soy el responsable del accidente, no sé muy bien como ha ocurrido. Soy muy prudente conduciendo, pero…

Le interrumpió Antonie, – No se preocupe- Con su natural compasión y respeto ante un sacerdote y debido a su ferviente fe, continuó. -Siéntase tranquilo Padre. Estas cosas pasan, además que mi hija es un tanto despistada.

-Si me lo permite, me gustaría venir a visitarla.

-Claro Padre, cuando Uds. quiera.

-Los primeros días,- pensó la madrastra de Natalie, -vendrá y luego como todos estos mea pilas, dejará de venir porque encontrará otra asunto de Dios más importante o más atractivo-. La nueva esposa era algo incisiva y de carácter malvado. Ella intuía que este curita, lo único que pretendía era quedarse con la fortuna por compasión de Antonie… Eso ella no lo podía permitir. Pero se equivocaba….

Los días fueron cayendo del calendario de forma incesante. Jake, se sentaba en una silla de aquella habitación monitorizda, con tantos cablecitos y respiradores, que producían una música tecno a su juicio. En la cama, Natalie, como si de un tocado egipcio se tratase, seguía con parte de su cabeza vendada por la intervención. Permanecía con el respirador y con los ojos cerrados. Mientras tanto Jake, con aquel rosario de madera traído de Belén, rezaba una y otra vez en sonata de letanía por la pronta recuperación de esta.

Una de las tardes, el padre de Natalie, le dijo de forma dura pero educada que no volviese más. Jake intuía que detrás de aquello se encontraba la nueva esposa. Habían decidido trasladar a su hija a una clínica en el norte y esos serian de los últimos días mientras gestionaban el traslado.

– Le agradezco enormemente su preocupación y dedicación-. Dijo Antonie. Parecía que le hubiese cogido cariño. Ninguno sabía lo que se acontecería en los siguientes días… no, todavía Natalie no despertaría…

Dicho esto, Jake aprovechó para decirle a Natalie, -ya no volveré tan a menudo. Los médicos me han informado, que todavía tardarás en recuperarte. Tu papá ha decidido trasladarte. Me hubiese gustado pedirte perdón cuando despertaras, pero veo que no va a poder ser.

-El estado de Natalie parece irreversible. Aunque respiraba ya con autonomía; que despierte o no, no se puede prever.- Los ojos de Antonie, se humedecieron, pero no llegaron a llorar

-Lo entiendo,- acertó a decir Jake, -pero si no le importa seguiré viniendo hasta que sea trasladada…

Antonie, asintió con la cabeza, para posteriormente girarse y marcharse de la habitación. No miró a su hija. Esa sería la última vez que se verían. Antonié moría de un infarto días después. Una de las enfermeras de la planta del hospital se lo comentó de pasada a Jake.

Aquella tarde, la quebradiza la voz de Jake se lo hizo saber… no podía ocultarle a Natalie aquello. Nadie entendió cómo o por qué le hablaba a una comatosa, pero se sentía en la obligación de contárselo todo.

Toda la planta esperaba que Jake dejara de asistir todas las tardes a visitarla. Él en cambio, seguía volviendo todas las tardes, cuatro horas; como si de una cita con una amada se tratase. Seguía el mismo ritual. Se sentaba, cogía su rosario y rezaba… rezaba… pero ya no sabía por qué rezaba, si por la curación o por la salvación de su alma, por el perdón de sus sentimientos… eso decídanlo Uds. queridos lectores.

Al faltar un familiar de Natalie, el médico le daba ya los informes a Jake y del propio Hospital se instó expediente para que se le concediera la tutela a Jake. Fue bastante fácil al ser un sacerdote.

Una joven enfermera que le hacía ojitos a Jake, y con el afán de tener una conversación que fuese más allá de un saludo educado, le comento, que para estos casos era importante que escuchase una voz familiar. Jake decidió entonces dejar de orar y leerle en voz alta algún libro.

Un espasmo en la cara de Natalie hizo creer a este que esbozaba una sonrisa. Eso lo motivó. Como sabía que le gustaba la música, empezó a leerle biografías de grandes compositores. Cuando se terminó la lectura y ya no se le ocurroa nada, empezó a relatarle pequeñas historias creadas por él. Es por eso por lo que todavía es recordado en aquel hospital.

Los meses, luego los años… siguieron pasando y los pequeños cuentos que le contaban no cesaron. Lo hacia para ver de nuevo aquella pequeña sonrisa casi imperceptible, pero que tanto le consolaba. Eso le llenaba de esperanza y desde que se produjera, no dejó de recitarle historias y cuentos que se inventaba entre el camino de su nuevo destino en los archivos del obispado y el Hospital. Treinta minutos a pie, que le servían para renovar sus pulmones llenos de nicotina y polvo del destino con el que “le había premiado” el Monseñor Smith por su dedicación….

La salud de Jake, se empezaba a resentir… y una tarde entre las seis y las diez, se desmayó y cayó a plomo en la habitación de Natalie. Como era ya un visitante muy conocido del Hospital y en más de una ocasión había asistido aquellos desahuciados de la planta mucho mejor que el capellán destinado en el Hospital, los cuidados  no fueron pocos. Siempre había tenido una palabra amable y cordial para todos sin distinción de clase, género o condición…. Ahora tocaba que su dios, devolviese ese favor… Todos se volcaron, pero Dios hizo el favor de devolver amabilidad por amabilidad, no salud por salud.

El diagnostico no tardó en llegar, se hacia patente; un enfisema agudo que había producido un cáncer, Para Jake, no había excusa; no faltó ningún día a su cita con Natalie. Todos lo sabían, pero nadie, lo decía, no era devoción…era amor… con tantas horas leyéndole, escribiéndole y rezándole. Jake se había enamorado…. Por eso nadie le impedía que incluso con aquel horrible pijama, con aquel imposible diagnóstico, fuese a leerle la composición que le había escrito. Se notaba ya en su dicción, que poco quedaba ya para él.

Unos meses mas tarde…

Los ojos de Natalie, se abrieron y se percató de la silla que estaba los pies de su cama…. Una extraña sensación se apoderó de ella… la Sintió como cercana, como si alguien muy amado por ella, se hubiese sentado allí y la hubiese acompañado en aquel sueño del que se despertaba.

Jake hacía seis meses que había “dejado plantada a su amiga”. Al preguntarle semanas después a Natalie, como se sentía después de siete años en coma, ella dijo;

-No le puedo decir; es como si hubiese pasado ahora mismo. Sentía, una voz que me hablaba, me contaba cosas y de fondo sonaba el Concierto para oboe en re menor, S D935, de Alessandro Marcello. Ahora extraño esa voz que me acompañaba y siento como si hubiese sido parte mía…. Es como si la lluvia de aquella tarde hubiese diluido mis preocupaciones por la interpretación de mis alumnos… pues la lluvia como aquella voz, diluye todas mis preocupaciones-. Natalie tenía la impresión de que no cesó de llover durante esos siete minutos, horas, días, meses, o años….

El tiempo es relativo al amor, como el agua en una tarde de lluvia en primavera…

La carta (V parte)

Como empezamos en la primera parte de este relato; un mensaje no es solo la información que lo contiene, sino la reacción que va  a producir en quien lo lee. Por eso, al ser la última carta que se expondrá en este, es importante ver los matices, las pequeñas señales y sobre todo, los indicios que en ella se señalan. Aunque como todo en este relato, aunque se ha planeado que sea la última que se expone, tal vez no sea la última. Así que querido lector, póngase cómodo y prepárese para leer a mi juicio, una bonita “carta”

Tras la llamada interrumpida con Alejandro; Joaquín se estaba preparando para salir a la playa y acudir a su cita de todos los sábados. Después de casi más de treinta años, aquella mañana dudaba en bajar. Era la primera vez que sentía dudas, tal vez fuese, porque ahora tenía un amigo en el que poder desahogar sus sueños, anhelos y preocupaciones. No, no era eso, cada día se veía un poco más viejo, más anciano, pero su esperanza aún estaba joven, con ganas de seguir a delante. Simplemente le estaba echando un pulso al tiempo y jugaba al juego de la paciencia con el reloj.

Tras preparar sus cosas, se sintió algo turbado. Pensó –me he levantado demasiado deprisa, te estás haciendo viejo amigo-. Su cabeza sintió un pequeño mareo, perdiendo pie y tropezando. Sus piernas parecían que no lo sostenían y súbitamente sintió la necesidad de cerrar los ojos. La negrura apareció en su campo de visión, seguido de un fuerte dolor en la sien, que desapareció súbitamente.

Este dolor dio paso a ver como una mujer correteaba por la playa hacia él. No podía ver muy bien quien era. Abrió sus brazos, pero no conseguía ver su rostro, pero si sentir su cálido abrazo, sus húmedos labios tocando los suyos. -¿Ese olor?- Si lo recordaba, no sabía muy bien donde, pero le transmitió paz, calidez y emoción. Era el olor de Rosse.

En la casa del farero, un cuerpo se encontraba tirado en mitad de la sala. Su respiración era quejosa, pero aun había restos de vida en él. Su posición era la de alguien que ha perdido el sentido y quedó boca abajo. Su mano izquierda se dejó caer sobre el cable del teléfono. Un movimiento inconsciente hizo que este se desconectara, dejando la línea abierta….

En la mesa, de aquel comedor donde había cenando tantas veces solo y unas pocas con Rosse, se encontraba listo para ser enviado otro mensaje, otra carta, para ser entregada a la mar y que este fuese esta, el mejor cartero posible para su notificación. La botella azul de siempre, a modo de sobre y los distintos utensilios de cera y sellante, para ser cerrada herméticamente. En ella se podía leer;

Mi querida Rosse:

Como otro año más, deposito en la mar esta carta. Esta vez no será de ninguno de tus bocetos que dejaras aquí. Con el tiempo me han hecho compañía y me han ido consolando la desilusión de esperar día tras día la espera de tu llegada.

Acabo de darme cuenta que el próximo sábado harán treinta y dos años que te fuiste, tiempo suficiente para olvidar, tiempo suficiente para superar, tiempo suficiente para renacer, pero no he sido capaz; no he querido hacerle eso a mi esperanza a mis sueños.

Sé que fueron pocos meses juntos, que tal vez fuese un amor de dos adultos que se encontraron, pero yo no quiero olvidar. ¿Sabe? Siempre me he destacado por mi determinación y por mi tenacidad. Además que aun siendo pocos meses, esos fueron los únicos en los que me sentí vivo, Sé que para ti también.

Hoy vino un compañero de profesión a visitarme, quería que le contase nuestra historia, había encontrado uno de los mensajes que te he ido enviando, ese seguramente no te llegaría, pero contarle lo nuestro, bueno, eso es algo entre tú y yo, y aquellas gaviotas que tantas veces pintaste al lado de mi “Rose”.

Siento decirte, que desde hace ya un tiempo,  siento que las fuerzas me abandonan, que ya no soy tan ágil como lo era antes. Me fatiga el hecho de subir y bajar del faro a la playa a esperarte, aunque eso no será excusa para que no acuda como todos los sábados a sentarme a esperarte.  Eso es lo que me ha mantenido cuerdo todos estos años, la esperanza de que llegarás alguna vez.

Bueno amor, como sabes, seguiré esperándote, pensarás que este viejo marinero se volvió loco, pero habiendo tenido tiempo para repasar una y otra vez nuestra conversaciones, nuestros paseos, nuestras esperas para ver despuntar el sol desde la proa de Rose, me sigue pareciendo la mejor manera de amarte, pues soy de la opinión que el amor no entiende de tiempo o espacio, sino de momentos y lugares. Parece que siempre llegamos a destiempo, pero sigo teniendo la vaga ilusión infantil que un día vendrás y me contarás que fue lo que te entretuvo.

Mientras tanto te extraño tanto como siempre, hasta las canas que me han salido desde hace ya unos años también te extrañan.  No tardes más por favor. Te amo…

                                               Joaquín

En el Faro de Alejandro

La puerta de Alejandro volvía a sonar por segunda vez. Era ya por la tarde y la casa olía a comida recién hecha. Las luces eran tenues para aquella hora y la mesa estaba lista. Esperaba alguien.

Al abrir la puerta, su corazón se agitó, aunque sabía perfectamente quien era, seguía teniendo esa sensación que hacia unas horas había sentido en la playa al sumergirse en aquellos ojos traviesos y verdes. Además que aquellas palabras que pronunciaran, le llevaban acompañando todo el día;

-Que feliz se ve a Turco; todos deberíamos ser un poco más como tu perro-

Cuando el ruido del pestillo rompió la tranquilidad de la casa, para dejar pasar lo que allí acontecía, se encontró a la chica de pelo corto rubio. La expresión era maravillosa, una sonrisa que llenaba todo su expresión. Acompañaba a la perfección, la jovialidad de aquellos ojos verdes, tan claros, tan inocentes, tan puros.

– Hola- dijo Alejandro.

– Hola- dijo ella.

– Pasa, no te quedes en la entrada.

Una sonrisa de nervios o de verdadero humor se dibujó en la cara de ella.

-Bueno, ¿quieres tomar algo? Preguntó Alejandro.

-Sí, estaría bien,- dijo la chica de pelo corto rubio, para automáticamente sacar de detrás de su espalda una botella de vino con un lazo y tenderla hacia Alejandro. –Toma, para acompañar mi cena- -jajajajaja-, volvió a decir ella.

Ambos rieron y se adentraron en la casa. La puerta se cerró tras de ellos. Dentro, Alejandro desapareció hacia la cocina, buscando un abre botellas. Ella, deambuló por la estancia, viendo los distintos cuadros, mapas, y fotos que tenía Alejandro. Se paró por un instante en aquella asombrosa librería atestada de libros de todos los géneros.

– ¿Te gusta leer?, dijo ella.

– Si, algo-, respondió alegremente Alejandro.

Ambos se rieron.

El teléfono de Alejandro empezó a vibrar, pero ninguno de los dos se percató, pues había música de fondo que ensordeció el zumbido característico.

En Comandancia

– ¿Habéis avisado al Farero de Trafalgar? Preguntó el responsable al cargo de comandancia

– Sí, señor. No coge el teléfono.- dijo el encargado de dar avisos.

– Vuelve a intentarlo y si salta el buzón de voz, déjale un mensaje explicando lo que le ha pasado a Joaquín. Él nos pidió que lo avisáramos.

En el faro de Trafalgar

Dos personas, se sentaban en una pequeña balconada mirando a la playa. En la mesa había una botella de vino con un lazo. Ambos sostenían sus copas. Se estaban observando, después de haberse mirado un largo rato. El silencio reinaba, pues algunas veces no es necesario decir nada con la voz o el lenguaje verbal; algunas veces se hace necesario no decir nada y acomodarse solo a la presencia del otro, pero el hombre rompió aquel silencio,

-Por cierto, no me has dicho cómo te llamas-, dijo Alejandro

– ¿Cómo quieres llamarme?- Dijo la mujer rubia de pelo corto

– Jajajajaja! Salvadora, estaría bien o ángel de la guarda.

– Jajajajajaja!- Sonrió ella sin preocuparse, por nada.

El silencio se volvió de nuevo patente y continuaron mirándose. Es ese tipo de miradas que aún, si las observas desde la lejanía sin ser parte, no la entiendes, pero que sólo ellos, son capaces de adivinar, estaban teniendo el mejor debate no lingüístico jamás contado. Al final ella bajó los ojos y cogió una de las copas para dar un sorbo al vino. Mientras iba acercando la copa a sus labios dijo;

– Me llamo Rosse, como mi madre.

Continuará….

La Carta (III parte)

La verdad, no es sólo la autenticidad de los hechos, pues esta, siempre va a estar supeditada a la parte que la cuenta o que la vive. La verdad es algunas veces la mitad de la realidad, pues siempre viene dada por las partes que la viven. Esta tercera parte que aquí os presento, es sin duda un intento de hilvanar la historia de una carta. La ensoñación de un aspirante a escritor y sicario de la letra. Si en la primera parte hablamos del contenido y mensaje, seguidamente del dominio del silencio, ahora nos queda hablar de la motivación. Sin verdad, sin mentira, los hechos se hacen por motivación, ya sea honrada, ya sea deshonesta, ya sea carente aparentemente de la misma… Prepárense para leer, ¿preparados?

-¿Por qué debería contarte quién es Rose?, había sentenciado Joaquín

Aquellas siete palabras, fueron la mejor motivación  que había escuchado Alejandro. De todas las preguntas que le podían haber hecho, esa sin duda, era la que menos se esperaba. No lo mal interpretéis. Se había preparado un discurso muy convincente, sobre cerrar círculos, ayudar a los demás… pero ¿qué se le dice a alguien que es dueño de su historia? Yo no lo sé, ni tampoco el protagonista de esta historia.

– No quiere saber dónde encontré el mensaje- contestó Alejandro.

– ¿Cuál de ellos?

– El de la botella azul.

– Todos los envié en una botella azul. Ni siquiera serias capaz de decirme que contenía antes de llevar el mensaje.

– No, no la he podido identificar

– Era ginebra, pero ya no la fabrican así. Seguramente la hayas encontrado en el estrecho o en Atlántico

La conversación quedó suspendida.

-Acompáñame, ya hoy presiento, que ella, no vendrá… por hoy ya está bien.- dijo Joaquín

Alejandro acompañó al farero hasta la subida de las escaleras, Joaquín se volvió con cara de hacerle una pregunta, pero al final le espetó;

– Eres joven, no te quejes-. En clara referencia a las escaleras. -Llevo muchos años subiendo y bajando estas escaleras, aunque tenía una razón.

Alejandro dijo, -siempre hay una razón-.

Ambos rieron, mientras subían por aquel espinoso camino, donde coronaba la casa del farero.

Al llegar arriba, Alejandro preguntó;

– ¿Está ya automatizado?

– Si aunque algo de mantenimiento le hacen desde Málaga. El programa no lo entiendo, vienen dese Comandancia a revisarlo. Yo solo me encargo de la radio y reportar el tiempo como pequeño punto de información meteorológica. Ya sabes, tipo media de precipitaciones, velocidad del viento, dirección, tipo de cielo, esas cosas. Por eso me dejan seguir utilizando la casa.

Al entrar en la casa, vio una casa escrupulosamente recogida, se notaba su rectitud. En la mesa que hacía de comedor, pudo ver extendido una serie de planos mareógrafos  y de corrientes. Al hacer una visión panorámica de la casa, que estaba construida a modo de espacio libre vio un viejo sofá, con una mesa auxiliar, una librería. Un televisor que había visto tiempos mejores, supuso que incluso estaba desconectado. Una pequeña zona junto con la pared sur, donde había un escritorio y encima una radio de onda corta. En la pared vio que había un plano colgado también de mareas y calados de la costa. En el mismo había distintas banderas. No las pudo contar, pero eran bastantes.

– ¿Todavía sigues en activo?,  preguntó Ale

– A veces le hago alguna sustitución a  Comandancia, pero nada significativo. Automatizaron el faro y solo remito datos del pequeño observatorio voluntario que tengo, como viento, velocidad y datos pluviómetros. ¿Quieres tomar algo?

– Un café estaría bien.

Puso en marcha una cafetera en la cocina donde el hogar de gas emitió el típico sonido de combustión y en pocos minutos el aroma a café inundo la sala. Sacó dos tazas de cerámica blanca, un azucarero y unas pastas para acompañar.

Ambos se sentaron uno frente del otro en la mesa del comedor, evitando las miradas; ambos estaban a kilómetros de distancia, perdidos en sus pensamientos, aunque los mismo confluían. En un momento Joaquín rompió aquel incomodo silencio

– ¿Dónde encontraste el mensaje?

– Cerca de mi faro, en la última cala de la de Trafalgar. Estaba enterrada, llevamos varias semanas de temporal y las mareas han ido cambiando.

– Sí, eso es verdad. Pero esa botella no debería haber tomado esa dirección.

– ¿Cómo?

Al fijarse bien, en la pared, vio, el famoso mapa mareo gráfico de la Real Marina encima de la radio. Era un mapa de corrientes, que tenía anotado con una letra fina y grácil, fechas, pleamar, dirección del viento, esos típicos datos para trazar una ruta. Era la misma letra que encontró en el mensaje de la botella. Ambos se acercaron. Alejandro con cuidado detalló por encima donde estaba ubicado su faro en el mapa y donde había encontrado Turco la botella.

– La carta tenía ya su tiempo. Sí, más del que debiese.- Dijo Joaquín.

-¿Qué pasó?

– Me equivocaría con mis cálculos.

– No, – le interrumpió Alejandro, -¿qué pasó con la chica?

– Ya te lo he dicho, ¿por qué debería contártelo?

– No sé, ¿por la molestia de venir a traerte noticias?

– Nadie te pidió que vinieras, nadie te dijo que preguntaras. Aún no has hecho la pregunta correcta, para que te cuente algo. Te agradezco la visita, como colega profesional. Pero que pensarías si te preguntara ¿por qué estas de farrero?

Alejandro quedó callado, fue por…- empezó a decir.

– Por una chica, siempre hay una mujer por medio….

Ambos rieron.

– Mira, la pregunta no es lo que pasó, la pregunta es por qué sigo haciéndolo, por qué sigo esperando todos los sábados de forma tan inútil, si yo mismo sé que ella no vendrá, pero al corazón se le puede engañar con la mentira de la ilusión y después de tantos años; la verdad, más que ilusión se ha convertido en un hábito. También es lo único que me hace seguir adelante, contar los días desde que pasa el sábado, hasta que llega el siguiente. Es una forma de pasar la vida como otra cualquiera.

– Eso no es amor, es mentira, es paranoia, es muy cruel contigo mismo

– ¿Te atreves tú a juzgarme? Antes de conocerla estaba vacío, pero en calma. Cuando entró en mi vida, llenó huecos que no sabía ni que existiesen. Llenó mis días con ilusión, mas allá de las obligaciones que tenía conforme a mi esposa o hacia mi tripulación. Sé que fue poco tiempo, pero aun así, la amé antes de conocerla, mi brújula apuntaba al medio de su ser y mis mapas solo me indicaban la ruta a seguir a su puerto. Las tardes de paseo y las cenas frías, se hicieron continuas. Amar no es una cuestión de tiempo. Muchos dirán que no la conocía, que era un espejismo o encaprichamiento, pero la verdad es que tú conoces a alguien una sola vez, el resto del tiempo descubres aspectos que hacen que te guste más… a mi todo lo que descubría de ella más me hacía inclinarme hacia ella.

Tras un breve silencio donde ambos se miraron y no se vieron, se intuyeron y no observaron, ¿Cómo explicarlo? Se estaban leyendo el uno al otro y Joaquín continuó- lo peor que le puede pasar a un marinero es que se enamore como yo lo hice. Me costaba partir y tenía ansias por volver, eso para un pescador es la ruina, pero nunca dejé mis obligaciones por cumplir, ni dejé de traer la cuota para que mi tripulación pudiese cobrar. Al final ya se sabe. Aquel vacío me dejó seco y sin fuerzas. Pero eso ya te lo contaré otro día.

Tras aquel ultimo alegato expuesto por Joaquín, la cara de Alejandro era un batiburrillo de emociones que el propio Joaquín supo leer. Para calmar aquella situación y ya que había sido uno de los pocos que se había atrevido a hablar con él, le dijo;

– Mira vamos hacer una cosa, vente la próxima vez que libres, me traes la botella y te contaré lo que paso.

Alejandro se le cambio la cara, aquello sí que no se lo esperaba, a lo que contestó;

– Bueno, creo que sería justo que yo te contara…

– Tranquilo, esta historia no es debida, esta historia te la regalo, si crees que estas en duda conmigo porque te cuente lo que pasó, te equivocas, lo hago porque lleva tiempo queriendo salir y creo que contárselo a un desconocido será más apropiado, ya que no está contaminado por lo que sabe de mi o por lo que pueda sentir por mi.

– Entonces la próxima semana.

Al salir de la casa, se percató de lo solo que están algunas persona y lo mayor que estaba Joaquín, de cómo su respiración se iba agitando por haber subido aquella maldita escalera y como se había alterado en su alegato. Pero bueno, tampoco era médico, era suponer algo que no sabía. Además la semana siguiente tendría su historia. Antes de llegar al final de la parcela una voz le hizo que se girara, era Joaquín que lo llamaba. Se intercambiaron el ancho de banda para tener un canal para hablar por radio. Pensó, – ¿este hombre sabe que existen ya lo móviles y aplicaciones de mensajería instantánea? No querría pasarse de listo, por eso, lo anotó en las notas de su celular y le sonrió.

– Te llamaré mañana a las 20.00, así me podrás decir que tiempo ha hecho y que se espera,- dijo Alejandro.

– Si, estaré esperando tu comunicación, mañana es domingo y no tengo ninguna obligación hasta dentro de siete días.

Aquellas palabras burlonas e irónicas de Joaquín sonaron a frescura en los oidos de Alejandro.

Bajó por la escarpada colina y cogió su coche, al sentarse en la posición del conductor, se fijó, que la botella estaba allí… -Bueno, así Joaquín tendrá algo de compañía los próximos días- pensó.

 (Continuará….)

Sobre brújulas y destinos

Yo(nómada de fin de semana)

Mi brújula apunta a un puerto

Pero ¿qué puerto es ese?

Navegué por mares insólitos,

Los océanos eran infinitos

Y el viento no empopaba

Ni me podía guiar por la estrellas,

Ni el cristal de cuarzo hacia su misión,

Había nubla matinal

No se donde llegaré, no se donde piloto,

solo espero no encallar

Ella(chica que dice que no espera, pero que espera)

¿Encontrará el puerto?

¿Sabrá dónde debe enfocar el trinquete?

¿Por qué siempre se pierde?

¿Por qué siempre llega tarde?

Solo tiene que coger el camino correcto.


Yo(nómada de fin de semana)

Si mi brújula apunta al norte,

¿Por que el viento me lleva hacia occidente?

¿Donde están las playas de Al Andalus?


Ella(la chica que espera en puerto)

¿Tan difícil es descifrar el Astrolabio?


Yo(nómada sin puerto)

¿Por qué mi brújula apunta al medio de su ser?

¿Por qué mis mapas sólo describen el pantalán donde me espera?


(A los lectores)

Paciencia, Dios meterá la mano

El milagro solo es eso, cuestión de tiempo

Una playa en Andalucia

Amar….

Te amé antes de conocerte

Sin saber siquiera quién eras

Desconociendo tu rostro y sonrisa

Te vi y te ensoñé

Te acercaste a “Rose”

Pintaste su gráciles líneas de borda

empedraste su popa y afilaste la proa

al puente le distes unos tintes de orgullo y majestuosidad

… y aquel albatros que dibujaste a en primer plano

Te fuiste y te seguí amando

Sin razón o excusa…. Esperé

Tu nota lo decía bien claro,

“espérame en la playa”

Ahora que mi lomo es plateado

Que las arrugas son valles en mi expresion

Me pregunto si me reconocerás…

Da igual, yo sigo esperando al atardecer

Sigo esperando a aquel día que no llega

Sigo sentado en la playa

Donde hice castillos de arena en el aire

A la orilla del mar

TIEMPO

Deambulo por la vida entre un hecho de referencia

y un acontecimiento memorable…

Esos dos sucesos primarios

Es por donde transcurre esta reseña.

Con paso aletargado y pesado me acerco a uno de ellos.

Mientras tanto repaso momentos anteriores

Resonando el eco de mis pasos

como banda sonora del silencio de la calle vacía

como un díapason que marca el ritmo de esta

Necesito un buen relojero

El hecho de inicio, lo siento, no tenemos tanta confianza

El hecho final, eso sí puedo contártelo,

fue aquella sonrisa que me ofrecisteis.

Mientras tanto.

El tiempo transcurre lentamente

en la vieja relojería de Turín


(Dedicado a todos los que pasaron tiempo conmigo)