La Carta (III parte)

La verdad, no es sólo la autenticidad de los hechos, pues esta, siempre va a estar supeditada a la parte que la cuenta o que la vive. La verdad es algunas veces la mitad de la realidad, pues siempre viene dada por las partes que la viven. Esta tercera parte que aquí os presento, es sin duda un intento de hilvanar la historia de una carta. La ensoñación de un aspirante a escritor y sicario de la letra. Si en la primera parte hablamos del contenido y mensaje, seguidamente del dominio del silencio, ahora nos queda hablar de la motivación. Sin verdad, sin mentira, los hechos se hacen por motivación, ya sea honrada, ya sea deshonesta, ya sea carente aparentemente de la misma… Prepárense para leer, ¿preparados?

-¿Por qué debería contarte quién es Rose?, había sentenciado Joaquín

Aquellas siete palabras, fueron la mejor motivación  que había escuchado Alejandro. De todas las preguntas que le podían haber hecho, esa sin duda, era la que menos se esperaba. No lo mal interpretéis. Se había preparado un discurso muy convincente, sobre cerrar círculos, ayudar a los demás… pero ¿qué se le dice a alguien que es dueño de su historia? Yo no lo sé, ni tampoco el protagonista de esta historia.

– No quiere saber dónde encontré el mensaje- contestó Alejandro.

– ¿Cuál de ellos?

– El de la botella azul.

– Todos los envié en una botella azul. Ni siquiera serias capaz de decirme que contenía antes de llevar el mensaje.

– No, no la he podido identificar

– Era ginebra, pero ya no la fabrican así. Seguramente la hayas encontrado en el estrecho o en Atlántico

La conversación quedó suspendida.

-Acompáñame, ya hoy presiento, que ella, no vendrá… por hoy ya está bien.- dijo Joaquín

Alejandro acompañó al farero hasta la subida de las escaleras, Joaquín se volvió con cara de hacerle una pregunta, pero al final le espetó;

– Eres joven, no te quejes-. En clara referencia a las escaleras. -Llevo muchos años subiendo y bajando estas escaleras, aunque tenía una razón.

Alejandro dijo, -siempre hay una razón-.

Ambos rieron, mientras subían por aquel espinoso camino, donde coronaba la casa del farero.

Al llegar arriba, Alejandro preguntó;

– ¿Está ya automatizado?

– Si aunque algo de mantenimiento le hacen desde Málaga. El programa no lo entiendo, vienen dese Comandancia a revisarlo. Yo solo me encargo de la radio y reportar el tiempo como pequeño punto de información meteorológica. Ya sabes, tipo media de precipitaciones, velocidad del viento, dirección, tipo de cielo, esas cosas. Por eso me dejan seguir utilizando la casa.

Al entrar en la casa, vio una casa escrupulosamente recogida, se notaba su rectitud. En la mesa que hacía de comedor, pudo ver extendido una serie de planos mareógrafos  y de corrientes. Al hacer una visión panorámica de la casa, que estaba construida a modo de espacio libre vio un viejo sofá, con una mesa auxiliar, una librería. Un televisor que había visto tiempos mejores, supuso que incluso estaba desconectado. Una pequeña zona junto con la pared sur, donde había un escritorio y encima una radio de onda corta. En la pared vio que había un plano colgado también de mareas y calados de la costa. En el mismo había distintas banderas. No las pudo contar, pero eran bastantes.

– ¿Todavía sigues en activo?,  preguntó Ale

– A veces le hago alguna sustitución a  Comandancia, pero nada significativo. Automatizaron el faro y solo remito datos del pequeño observatorio voluntario que tengo, como viento, velocidad y datos pluviómetros. ¿Quieres tomar algo?

– Un café estaría bien.

Puso en marcha una cafetera en la cocina donde el hogar de gas emitió el típico sonido de combustión y en pocos minutos el aroma a café inundo la sala. Sacó dos tazas de cerámica blanca, un azucarero y unas pastas para acompañar.

Ambos se sentaron uno frente del otro en la mesa del comedor, evitando las miradas; ambos estaban a kilómetros de distancia, perdidos en sus pensamientos, aunque los mismo confluían. En un momento Joaquín rompió aquel incomodo silencio

– ¿Dónde encontraste el mensaje?

– Cerca de mi faro, en la última cala de la de Trafalgar. Estaba enterrada, llevamos varias semanas de temporal y las mareas han ido cambiando.

– Sí, eso es verdad. Pero esa botella no debería haber tomado esa dirección.

– ¿Cómo?

Al fijarse bien, en la pared, vio, el famoso mapa mareo gráfico de la Real Marina encima de la radio. Era un mapa de corrientes, que tenía anotado con una letra fina y grácil, fechas, pleamar, dirección del viento, esos típicos datos para trazar una ruta. Era la misma letra que encontró en el mensaje de la botella. Ambos se acercaron. Alejandro con cuidado detalló por encima donde estaba ubicado su faro en el mapa y donde había encontrado Turco la botella.

– La carta tenía ya su tiempo. Sí, más del que debiese.- Dijo Joaquín.

-¿Qué pasó?

– Me equivocaría con mis cálculos.

– No, – le interrumpió Alejandro, -¿qué pasó con la chica?

– Ya te lo he dicho, ¿por qué debería contártelo?

– No sé, ¿por la molestia de venir a traerte noticias?

– Nadie te pidió que vinieras, nadie te dijo que preguntaras. Aún no has hecho la pregunta correcta, para que te cuente algo. Te agradezco la visita, como colega profesional. Pero que pensarías si te preguntara ¿por qué estas de farrero?

Alejandro quedó callado, fue por…- empezó a decir.

– Por una chica, siempre hay una mujer por medio….

Ambos rieron.

– Mira, la pregunta no es lo que pasó, la pregunta es por qué sigo haciéndolo, por qué sigo esperando todos los sábados de forma tan inútil, si yo mismo sé que ella no vendrá, pero al corazón se le puede engañar con la mentira de la ilusión y después de tantos años; la verdad, más que ilusión se ha convertido en un hábito. También es lo único que me hace seguir adelante, contar los días desde que pasa el sábado, hasta que llega el siguiente. Es una forma de pasar la vida como otra cualquiera.

– Eso no es amor, es mentira, es paranoia, es muy cruel contigo mismo

– ¿Te atreves tú a juzgarme? Antes de conocerla estaba vacío, pero en calma. Cuando entró en mi vida, llenó huecos que no sabía ni que existiesen. Llenó mis días con ilusión, mas allá de las obligaciones que tenía conforme a mi esposa o hacia mi tripulación. Sé que fue poco tiempo, pero aun así, la amé antes de conocerla, mi brújula apuntaba al medio de su ser y mis mapas solo me indicaban la ruta a seguir a su puerto. Las tardes de paseo y las cenas frías, se hicieron continuas. Amar no es una cuestión de tiempo. Muchos dirán que no la conocía, que era un espejismo o encaprichamiento, pero la verdad es que tú conoces a alguien una sola vez, el resto del tiempo descubres aspectos que hacen que te guste más… a mi todo lo que descubría de ella más me hacía inclinarme hacia ella.

Tras un breve silencio donde ambos se miraron y no se vieron, se intuyeron y no observaron, ¿Cómo explicarlo? Se estaban leyendo el uno al otro y Joaquín continuó- lo peor que le puede pasar a un marinero es que se enamore como yo lo hice. Me costaba partir y tenía ansias por volver, eso para un pescador es la ruina, pero nunca dejé mis obligaciones por cumplir, ni dejé de traer la cuota para que mi tripulación pudiese cobrar. Al final ya se sabe. Aquel vacío me dejó seco y sin fuerzas. Pero eso ya te lo contaré otro día.

Tras aquel ultimo alegato expuesto por Joaquín, la cara de Alejandro era un batiburrillo de emociones que el propio Joaquín supo leer. Para calmar aquella situación y ya que había sido uno de los pocos que se había atrevido a hablar con él, le dijo;

– Mira vamos hacer una cosa, vente la próxima vez que libres, me traes la botella y te contaré lo que paso.

Alejandro se le cambio la cara, aquello sí que no se lo esperaba, a lo que contestó;

– Bueno, creo que sería justo que yo te contara…

– Tranquilo, esta historia no es debida, esta historia te la regalo, si crees que estas en duda conmigo porque te cuente lo que pasó, te equivocas, lo hago porque lleva tiempo queriendo salir y creo que contárselo a un desconocido será más apropiado, ya que no está contaminado por lo que sabe de mi o por lo que pueda sentir por mi.

– Entonces la próxima semana.

Al salir de la casa, se percató de lo solo que están algunas persona y lo mayor que estaba Joaquín, de cómo su respiración se iba agitando por haber subido aquella maldita escalera y como se había alterado en su alegato. Pero bueno, tampoco era médico, era suponer algo que no sabía. Además la semana siguiente tendría su historia. Antes de llegar al final de la parcela una voz le hizo que se girara, era Joaquín que lo llamaba. Se intercambiaron el ancho de banda para tener un canal para hablar por radio. Pensó, – ¿este hombre sabe que existen ya lo móviles y aplicaciones de mensajería instantánea? No querría pasarse de listo, por eso, lo anotó en las notas de su celular y le sonrió.

– Te llamaré mañana a las 20.00, así me podrás decir que tiempo ha hecho y que se espera,- dijo Alejandro.

– Si, estaré esperando tu comunicación, mañana es domingo y no tengo ninguna obligación hasta dentro de siete días.

Aquellas palabras burlonas e irónicas de Joaquín sonaron a frescura en los oidos de Alejandro.

Bajó por la escarpada colina y cogió su coche, al sentarse en la posición del conductor, se fijó, que la botella estaba allí… -Bueno, así Joaquín tendrá algo de compañía los próximos días- pensó.

 (Continuará….)

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