Llueve

La ejecución de aquel adagio en G menor de Tomasso Albinoni, fue la peor interpretación de Chelo y cuarteto de Chelo que Natalie a sus pocos años al frente de aquel proyecto, había escuchado. Muy enfadada, miró a los distintos integrantes de aquel cuarteto y no pudo esconder su decepción entre aquellos rizos castaños de su rostro.

Muy a su pesar, se giró dándoles la espalda y procedió a recoger las partituras y batuta que descansaban en el atril que encabezaba la sala de ensayos del conservatorio. De espaladas murmuró… -Yo no me merezco esto- con una voz muy suave y pausada, para alzando la voz,

-Doce años, ¡si señores! Doce años llevo como directora y jamás habían sentido mis oídos maltratar tanto a una obra de tal belleza, que sí el propio compositor lo escuchase, lloraría de pena. No captan la esencia-.

Se volvió, clavó su mirada en el infinito de la pared del fondo y sus ojos como si de una fugata en mi menor se tratase se dirigieron hacia la puerta. A continuación, sus pies la siguieron, dejando a las personas allí, con una cara de estupefacción y congojo.

Durante el trayecto que iba de aquella minúscula sala de concertinos del Conservatorio Mayor de Roma y la salida del edificio, su mente ordenaba las notas, el tempo y los distintos ritmos, los compases y pausas, en las que las distintas partes de aquella pieza deberían haberse ejecutado. -Cada vez son más jóvenes, más inexpertos y menos disciplinados- pensó.

Para Natalie, la música, no solo era música, era pasión, pero también era sacrificio, tesón y sobre todo, era la única forma que conocía para que su mente le engañara y pensara que sí, por qué no decirlo, que se sintiera ingrávida al ejecutarla, que flotara como aquellas invisibles notas de las que se componían sus más admiradas piezas.

La estampa de Natalie parecía sacada de cualquier película de los ochenta. Su vestimenta aunque sobria, no le caía nada mal y realzaba su figura. Pero su forma de llevar sus “papelotes”, como ella llamaba a sus apuntes y partituras, parecían más bien la de una colegial rebelde. Todo mezclado, arrugado…. Será cosas de genios, nunca prestan atención al continente, sino al contenido.

Al cruzar la puerta de salida del Conservatorio, el agua caía como si el cielo se le hubiese roto el bajante de desagüe de todas las nubes de la atmosfera. Hacía años que no llovía tan copiosamente y constante en Roma. A pocos metros, se encontraba el paso para peatones para cruzar al otro lado de la calle y recoger su coche con la bandera de la UK pintada en el techo.

Cogió sus papelotes y a modo de parapeto improvisado para no mojarse, se cubrió con ellos la cabeza, mientras con la otra mano sostenía las llaves del coche. Al salir trotando para evitar mojarse, dio un mal paso y perdió el equilibrio. Aunque pudo salvar el primer paso que la bajaba a la calzada, no se percató en mirar…

Un derrape de neumáticos sobre la calzada de adoquines mojada seguido del ruido de un golpe sordo, se escuchó en aquella calle. Por un instante la vida pareció pararse y lo único que se escuchaba era el silencio que precede a los gritos de los viandantes. El cuerpo de Natalie, estaba sobre la calzada al ser atropellada por un utilitario azul. El rugido de las ambulancia corriendo por la vía Máxima, no cesó hasta que llegó a donde Natalie estaba; tirada como un muñeco de trapo y brotándole sangre se su cien.

Jake, el conductor del Renault, se quedó paralizado. No sabía de donde había salido aquel cuerpo; entre el agua que caía y el rojo de la sangre dejada en el parabrisas estriado por el golpe, lo dejaron en shock.

A los pocos segundos reaccionó y de un brinco abrió la puerta. El olor a tabaco de su coche se mezcló con el olor a la tragedia que se respiraba en aquel paso para peatones. Sin saber muy bien que hacer y por puro instinto, auxilió a esta. Presionó la herida de la cabeza en un vano intento que dejara de sangrar. Sus manos se enrojecieron. Aquella imagen le perseguiría por mucho tiempo. Temblorosas y arrugas, no dejaba de ver la sangre como brotaba.

El tiempo que transcurriría entre el accidente y la llegada de la ambulancia, a Jake, se le hizo eterno, no quería mirarla, pues la sangre le mareaba y era un tanto aprensivo, pero el valor, algunas veces nace en los más cobardes y con una mezcla de este o por sentimiento de culpa y responsabilidad se obligó a mirar. Pensó- he atropellado a uno de los hijos de Dios- dijo para sí.

Cuando la ambulancia llegó, parecía que hubiese pasado una hora, pero solo habían transcurrido siete malditos minutos. De un empujón, uno de los sanitarios lo apartó, mientras otro lo miró a los ojos interpelando a Jake, que ahora no era su momento, sino el de ellos.

A Natalie la estabilizaron en el asfalto húmedo y frio del accidente. Mientras tanto, al otro lado de la calle, a Jake, le tomaba declaración un joven Gendarme, obsesionado con hacerle la prueba de alcohol y drogas a lo que Jake, no se opuso.  El gendarme le dijo;

-Huele a alcohol-

Jake respondió, -¡yo no bebo! ¿No se ha dado cuenta?

-¿Del qué?- Respondió secamente el gendarme.

-Voy vestido de negro.

-¿Y qué significa eso?, ¿acaso es Uds. un gótico?

No…

El gendarme no se dio cuenta, pero llevaba los pantalones de hilo negro con una sola raya, zapatos de cordones cerrados y negros y una camisa abotonada hasta la garganta de color negro y alza cuello blanco. Jake era sacerdote. Ese mismo día llevaba su renuncia a la curia, pues su vocación hacía tiempo que se tambaleaba. Después de aquello, el tipo vestido de azul, lo miró y con cara de persona que acaba darse cuenta de que es imbécil, se apartó y se despidió diciendo;

-Señor James Carrasco, tengo sus datos. Si hay algo más, la Comisaria se pondrá en contacto con Uds.-

Con los pocos arrestos que le quedaban volvió aquel Renault de la Archidiócesis y lo arrancó, le costó, fue de forma dubitativa, pues en todo el tiempo de la situación descrita, las luces del coche no se habían apagado. Es como si el coche expresase de forma consiente como era el estado de ánimos de Jake.

Al llegar al Obispado, el secretario de su ilustrísimo Monseñor Smith le estaba esperando y lo hizo pasar con el Obispo. Al entrar en aquel despacho demasiado opulento para el gusto jesuita de Jake, el Obispo levantó la vista de los documentos que tenía en su campo de visión y con un movimiento de cabeza le indicó que pasara y se sentara. Recorrió la estancia con pasos firmes y rápidos, quería terminar con aquello lo antes posible y dirigirse al Hospital donde estaba la chica que había atropellado momentos antes.

Monseñor Smith, se tomó su tiempo. En realidad hacía tiempo que había dejado de prestarle atención a lo que estaba haciendo, solo quería crear un silencio incomodo; lo miró con cara inquisidora, como sí supiese todos sus secretos y eso lo pusiera en una situación superior al conversar. Jake, no estaba para aquello, no aguantaba más con esa actitud de superioridad, que algunos miembros de la exquisita nobleza de la iglesia tenían. No terminaba de encajar aquel aire de arrogancia. Él, había tomado los votos para ayudar, no para alejarse de la realidad y esconderse en una torre de marfil o cristal. Seguía sin entender la organización, pero amaba ayudar y entregarse a los demás.

Antes de que Monseñor Smith dijese nada;

-Ilustrísima, acabo de tener un accidente de tráfico y…- rompió aquel silencio Jake.

-¿Qué? ¿Se encuentra Uds. bien?

-Si Ilustrísima.

-¿De verdad? Esta conversación la podemos tener mañana o el domingo. Entiendo que se encuentre nervioso y lo que me tenga que decir puede esperar. Tómese su tiempo para refelexionar.

-Se lo agradezco Ilustrísima.

Jake se levantó y de un movimiento rapidísimo, se giró encaminándose para la puerta.

-Espere, tome su carta y reflexione sobre lo que me viene a exponer- dijo el Monseñor Smith sin dejar de mirar de nuevo los documentos que tenía delante de sus ojos.

Al oír aquello, Jake se giró hacia el ministro de la Iglesia y vio que aquella escena era un tanto forzada, no le importaba ni lo mas mínimo, solo era un peón en aquella partida de cartas. Ahora acaba de darse cuenta de que su decisión era acertada y que ya estaba evaluada, meditada y tomada….

-Será demorarlo unos días más-, pensó Jake.

En la sala de urgencias del Hospital

Jake esperaba noticias del médico que había atendido a aquella chica. Su familia estaba sentada a su lado, pero ninguna de las partes lo sabía. El médico, tras varias horas, salió. Con la cara cansada después de un largo turno, les dio noticias sobre el estado de Natalie. Se encontraba en coma, estable, pero en coma inducido, mientras la inflamación de su cerebro bajaba. Aún no sabían que daños o secuelas podría tener….

Aquello cayó sobre el padre de Natalie como un salvavidas. –Vive- se dijo para si. En cambio la joven esposa del padre de Natalie miró y con una falsedad patente, dio gracias a Dios por aquella noticia que tanto le incomodaba; por tener alguien que le disputaba la atención de Antonie. Este, por primera en varias horas, se percató de la presencia de Jake. Lo vio con aquel atuendo que le recordaba a un sacerdote recién salido del seminario. Le pregunto;

-Perdone, Uds. ¿es?

-Soy Jake. Perdóneme, soy el responsable del accidente, no sé muy bien como ha ocurrido. Soy muy prudente conduciendo, pero…

Le interrumpió Antonie, – No se preocupe- Con su natural compasión y respeto ante un sacerdote y debido a su ferviente fe, continuó. -Siéntase tranquilo Padre. Estas cosas pasan, además que mi hija es un tanto despistada.

-Si me lo permite, me gustaría venir a visitarla.

-Claro Padre, cuando Uds. quiera.

-Los primeros días,- pensó la madrastra de Natalie, -vendrá y luego como todos estos mea pilas, dejará de venir porque encontrará otra asunto de Dios más importante o más atractivo-. La nueva esposa era algo incisiva y de carácter malvado. Ella intuía que este curita, lo único que pretendía era quedarse con la fortuna por compasión de Antonie… Eso ella no lo podía permitir. Pero se equivocaba….

Los días fueron cayendo del calendario de forma incesante. Jake, se sentaba en una silla de aquella habitación monitorizda, con tantos cablecitos y respiradores, que producían una música tecno a su juicio. En la cama, Natalie, como si de un tocado egipcio se tratase, seguía con parte de su cabeza vendada por la intervención. Permanecía con el respirador y con los ojos cerrados. Mientras tanto Jake, con aquel rosario de madera traído de Belén, rezaba una y otra vez en sonata de letanía por la pronta recuperación de esta.

Una de las tardes, el padre de Natalie, le dijo de forma dura pero educada que no volviese más. Jake intuía que detrás de aquello se encontraba la nueva esposa. Habían decidido trasladar a su hija a una clínica en el norte y esos serian de los últimos días mientras gestionaban el traslado.

– Le agradezco enormemente su preocupación y dedicación-. Dijo Antonie. Parecía que le hubiese cogido cariño. Ninguno sabía lo que se acontecería en los siguientes días… no, todavía Natalie no despertaría…

Dicho esto, Jake aprovechó para decirle a Natalie, -ya no volveré tan a menudo. Los médicos me han informado, que todavía tardarás en recuperarte. Tu papá ha decidido trasladarte. Me hubiese gustado pedirte perdón cuando despertaras, pero veo que no va a poder ser.

-El estado de Natalie parece irreversible. Aunque respiraba ya con autonomía; que despierte o no, no se puede prever.- Los ojos de Antonie, se humedecieron, pero no llegaron a llorar

-Lo entiendo,- acertó a decir Jake, -pero si no le importa seguiré viniendo hasta que sea trasladada…

Antonie, asintió con la cabeza, para posteriormente girarse y marcharse de la habitación. No miró a su hija. Esa sería la última vez que se verían. Antonié moría de un infarto días después. Una de las enfermeras de la planta del hospital se lo comentó de pasada a Jake.

Aquella tarde, la quebradiza la voz de Jake se lo hizo saber… no podía ocultarle a Natalie aquello. Nadie entendió cómo o por qué le hablaba a una comatosa, pero se sentía en la obligación de contárselo todo.

Toda la planta esperaba que Jake dejara de asistir todas las tardes a visitarla. Él en cambio, seguía volviendo todas las tardes, cuatro horas; como si de una cita con una amada se tratase. Seguía el mismo ritual. Se sentaba, cogía su rosario y rezaba… rezaba… pero ya no sabía por qué rezaba, si por la curación o por la salvación de su alma, por el perdón de sus sentimientos… eso decídanlo Uds. queridos lectores.

Al faltar un familiar de Natalie, el médico le daba ya los informes a Jake y del propio Hospital se instó expediente para que se le concediera la tutela a Jake. Fue bastante fácil al ser un sacerdote.

Una joven enfermera que le hacía ojitos a Jake, y con el afán de tener una conversación que fuese más allá de un saludo educado, le comento, que para estos casos era importante que escuchase una voz familiar. Jake decidió entonces dejar de orar y leerle en voz alta algún libro.

Un espasmo en la cara de Natalie hizo creer a este que esbozaba una sonrisa. Eso lo motivó. Como sabía que le gustaba la música, empezó a leerle biografías de grandes compositores. Cuando se terminó la lectura y ya no se le ocurroa nada, empezó a relatarle pequeñas historias creadas por él. Es por eso por lo que todavía es recordado en aquel hospital.

Los meses, luego los años… siguieron pasando y los pequeños cuentos que le contaban no cesaron. Lo hacia para ver de nuevo aquella pequeña sonrisa casi imperceptible, pero que tanto le consolaba. Eso le llenaba de esperanza y desde que se produjera, no dejó de recitarle historias y cuentos que se inventaba entre el camino de su nuevo destino en los archivos del obispado y el Hospital. Treinta minutos a pie, que le servían para renovar sus pulmones llenos de nicotina y polvo del destino con el que “le había premiado” el Monseñor Smith por su dedicación….

La salud de Jake, se empezaba a resentir… y una tarde entre las seis y las diez, se desmayó y cayó a plomo en la habitación de Natalie. Como era ya un visitante muy conocido del Hospital y en más de una ocasión había asistido aquellos desahuciados de la planta mucho mejor que el capellán destinado en el Hospital, los cuidados  no fueron pocos. Siempre había tenido una palabra amable y cordial para todos sin distinción de clase, género o condición…. Ahora tocaba que su dios, devolviese ese favor… Todos se volcaron, pero Dios hizo el favor de devolver amabilidad por amabilidad, no salud por salud.

El diagnostico no tardó en llegar, se hacia patente; un enfisema agudo que había producido un cáncer, Para Jake, no había excusa; no faltó ningún día a su cita con Natalie. Todos lo sabían, pero nadie, lo decía, no era devoción…era amor… con tantas horas leyéndole, escribiéndole y rezándole. Jake se había enamorado…. Por eso nadie le impedía que incluso con aquel horrible pijama, con aquel imposible diagnóstico, fuese a leerle la composición que le había escrito. Se notaba ya en su dicción, que poco quedaba ya para él.

Unos meses mas tarde…

Los ojos de Natalie, se abrieron y se percató de la silla que estaba los pies de su cama…. Una extraña sensación se apoderó de ella… la Sintió como cercana, como si alguien muy amado por ella, se hubiese sentado allí y la hubiese acompañado en aquel sueño del que se despertaba.

Jake hacía seis meses que había “dejado plantada a su amiga”. Al preguntarle semanas después a Natalie, como se sentía después de siete años en coma, ella dijo;

-No le puedo decir; es como si hubiese pasado ahora mismo. Sentía, una voz que me hablaba, me contaba cosas y de fondo sonaba el Concierto para oboe en re menor, S D935, de Alessandro Marcello. Ahora extraño esa voz que me acompañaba y siento como si hubiese sido parte mía…. Es como si la lluvia de aquella tarde hubiese diluido mis preocupaciones por la interpretación de mis alumnos… pues la lluvia como aquella voz, diluye todas mis preocupaciones-. Natalie tenía la impresión de que no cesó de llover durante esos siete minutos, horas, días, meses, o años….

El tiempo es relativo al amor, como el agua en una tarde de lluvia en primavera…

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