La carta (V parte)

Como empezamos en la primera parte de este relato; un mensaje no es solo la información que lo contiene, sino la reacción que va  a producir en quien lo lee. Por eso, al ser la última carta que se expondrá en este, es importante ver los matices, las pequeñas señales y sobre todo, los indicios que en ella se señalan. Aunque como todo en este relato, aunque se ha planeado que sea la última que se expone, tal vez no sea la última. Así que querido lector, póngase cómodo y prepárese para leer a mi juicio, una bonita “carta”

Tras la llamada interrumpida con Alejandro; Joaquín se estaba preparando para salir a la playa y acudir a su cita de todos los sábados. Después de casi más de treinta años, aquella mañana dudaba en bajar. Era la primera vez que sentía dudas, tal vez fuese, porque ahora tenía un amigo en el que poder desahogar sus sueños, anhelos y preocupaciones. No, no era eso, cada día se veía un poco más viejo, más anciano, pero su esperanza aún estaba joven, con ganas de seguir a delante. Simplemente le estaba echando un pulso al tiempo y jugaba al juego de la paciencia con el reloj.

Tras preparar sus cosas, se sintió algo turbado. Pensó –me he levantado demasiado deprisa, te estás haciendo viejo amigo-. Su cabeza sintió un pequeño mareo, perdiendo pie y tropezando. Sus piernas parecían que no lo sostenían y súbitamente sintió la necesidad de cerrar los ojos. La negrura apareció en su campo de visión, seguido de un fuerte dolor en la sien, que desapareció súbitamente.

Este dolor dio paso a ver como una mujer correteaba por la playa hacia él. No podía ver muy bien quien era. Abrió sus brazos, pero no conseguía ver su rostro, pero si sentir su cálido abrazo, sus húmedos labios tocando los suyos. -¿Ese olor?- Si lo recordaba, no sabía muy bien donde, pero le transmitió paz, calidez y emoción. Era el olor de Rosse.

En la casa del farero, un cuerpo se encontraba tirado en mitad de la sala. Su respiración era quejosa, pero aun había restos de vida en él. Su posición era la de alguien que ha perdido el sentido y quedó boca abajo. Su mano izquierda se dejó caer sobre el cable del teléfono. Un movimiento inconsciente hizo que este se desconectara, dejando la línea abierta….

En la mesa, de aquel comedor donde había cenando tantas veces solo y unas pocas con Rosse, se encontraba listo para ser enviado otro mensaje, otra carta, para ser entregada a la mar y que este fuese esta, el mejor cartero posible para su notificación. La botella azul de siempre, a modo de sobre y los distintos utensilios de cera y sellante, para ser cerrada herméticamente. En ella se podía leer;

Mi querida Rosse:

Como otro año más, deposito en la mar esta carta. Esta vez no será de ninguno de tus bocetos que dejaras aquí. Con el tiempo me han hecho compañía y me han ido consolando la desilusión de esperar día tras día la espera de tu llegada.

Acabo de darme cuenta que el próximo sábado harán treinta y dos años que te fuiste, tiempo suficiente para olvidar, tiempo suficiente para superar, tiempo suficiente para renacer, pero no he sido capaz; no he querido hacerle eso a mi esperanza a mis sueños.

Sé que fueron pocos meses juntos, que tal vez fuese un amor de dos adultos que se encontraron, pero yo no quiero olvidar. ¿Sabe? Siempre me he destacado por mi determinación y por mi tenacidad. Además que aun siendo pocos meses, esos fueron los únicos en los que me sentí vivo, Sé que para ti también.

Hoy vino un compañero de profesión a visitarme, quería que le contase nuestra historia, había encontrado uno de los mensajes que te he ido enviando, ese seguramente no te llegaría, pero contarle lo nuestro, bueno, eso es algo entre tú y yo, y aquellas gaviotas que tantas veces pintaste al lado de mi “Rose”.

Siento decirte, que desde hace ya un tiempo,  siento que las fuerzas me abandonan, que ya no soy tan ágil como lo era antes. Me fatiga el hecho de subir y bajar del faro a la playa a esperarte, aunque eso no será excusa para que no acuda como todos los sábados a sentarme a esperarte.  Eso es lo que me ha mantenido cuerdo todos estos años, la esperanza de que llegarás alguna vez.

Bueno amor, como sabes, seguiré esperándote, pensarás que este viejo marinero se volvió loco, pero habiendo tenido tiempo para repasar una y otra vez nuestra conversaciones, nuestros paseos, nuestras esperas para ver despuntar el sol desde la proa de Rose, me sigue pareciendo la mejor manera de amarte, pues soy de la opinión que el amor no entiende de tiempo o espacio, sino de momentos y lugares. Parece que siempre llegamos a destiempo, pero sigo teniendo la vaga ilusión infantil que un día vendrás y me contarás que fue lo que te entretuvo.

Mientras tanto te extraño tanto como siempre, hasta las canas que me han salido desde hace ya unos años también te extrañan.  No tardes más por favor. Te amo…

                                               Joaquín

En el Faro de Alejandro

La puerta de Alejandro volvía a sonar por segunda vez. Era ya por la tarde y la casa olía a comida recién hecha. Las luces eran tenues para aquella hora y la mesa estaba lista. Esperaba alguien.

Al abrir la puerta, su corazón se agitó, aunque sabía perfectamente quien era, seguía teniendo esa sensación que hacia unas horas había sentido en la playa al sumergirse en aquellos ojos traviesos y verdes. Además que aquellas palabras que pronunciaran, le llevaban acompañando todo el día;

-Que feliz se ve a Turco; todos deberíamos ser un poco más como tu perro-

Cuando el ruido del pestillo rompió la tranquilidad de la casa, para dejar pasar lo que allí acontecía, se encontró a la chica de pelo corto rubio. La expresión era maravillosa, una sonrisa que llenaba todo su expresión. Acompañaba a la perfección, la jovialidad de aquellos ojos verdes, tan claros, tan inocentes, tan puros.

– Hola- dijo Alejandro.

– Hola- dijo ella.

– Pasa, no te quedes en la entrada.

Una sonrisa de nervios o de verdadero humor se dibujó en la cara de ella.

-Bueno, ¿quieres tomar algo? Preguntó Alejandro.

-Sí, estaría bien,- dijo la chica de pelo corto rubio, para automáticamente sacar de detrás de su espalda una botella de vino con un lazo y tenderla hacia Alejandro. –Toma, para acompañar mi cena- -jajajajaja-, volvió a decir ella.

Ambos rieron y se adentraron en la casa. La puerta se cerró tras de ellos. Dentro, Alejandro desapareció hacia la cocina, buscando un abre botellas. Ella, deambuló por la estancia, viendo los distintos cuadros, mapas, y fotos que tenía Alejandro. Se paró por un instante en aquella asombrosa librería atestada de libros de todos los géneros.

– ¿Te gusta leer?, dijo ella.

– Si, algo-, respondió alegremente Alejandro.

Ambos se rieron.

El teléfono de Alejandro empezó a vibrar, pero ninguno de los dos se percató, pues había música de fondo que ensordeció el zumbido característico.

En Comandancia

– ¿Habéis avisado al Farero de Trafalgar? Preguntó el responsable al cargo de comandancia

– Sí, señor. No coge el teléfono.- dijo el encargado de dar avisos.

– Vuelve a intentarlo y si salta el buzón de voz, déjale un mensaje explicando lo que le ha pasado a Joaquín. Él nos pidió que lo avisáramos.

En el faro de Trafalgar

Dos personas, se sentaban en una pequeña balconada mirando a la playa. En la mesa había una botella de vino con un lazo. Ambos sostenían sus copas. Se estaban observando, después de haberse mirado un largo rato. El silencio reinaba, pues algunas veces no es necesario decir nada con la voz o el lenguaje verbal; algunas veces se hace necesario no decir nada y acomodarse solo a la presencia del otro, pero el hombre rompió aquel silencio,

-Por cierto, no me has dicho cómo te llamas-, dijo Alejandro

– ¿Cómo quieres llamarme?- Dijo la mujer rubia de pelo corto

– Jajajajaja! Salvadora, estaría bien o ángel de la guarda.

– Jajajajajaja!- Sonrió ella sin preocuparse, por nada.

El silencio se volvió de nuevo patente y continuaron mirándose. Es ese tipo de miradas que aún, si las observas desde la lejanía sin ser parte, no la entiendes, pero que sólo ellos, son capaces de adivinar, estaban teniendo el mejor debate no lingüístico jamás contado. Al final ella bajó los ojos y cogió una de las copas para dar un sorbo al vino. Mientras iba acercando la copa a sus labios dijo;

– Me llamo Rosse, como mi madre.

Continuará….

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