La Carta (IV parte)

Durante este relato, hemos hablado de silencios, verdades y mensajes. Pienso que ha llegado la hora de hablar de razones. Si, lo se querido lector, voy hablar de la única razón que creo que hace que el mundo se mueva, el amor. Pensaras que soy algo romántico, o tierno, pero ¿quién no lo es? Más allá de consideraciones, hablar de amor es hablar de lo mismo. Es un sentimiento que se repite sin que importen los actores. Por eso como en las películas, donde hay actores buenos, otros enigmáticos, algunos pasionales, otros tóxicos… pues pienso lo mismo, da igual quien represente la historia, si el amor es bueno, verdadero.. ¡que más da el actor!

El ruido de la vieja radio de Alejandro empezó a tronar a las nueve de la mañana del sábado. -¿Quién utilizara este canal?- pensó sin percatarse, que había alguien al otro lado, más sabio, más paciente y más auténtico que el

– Aquí puesto de radio control de vigilancia marítima, faro 27 sur occidental. Esta Uds. utilizando una frecuencia reservada, abandone la onda. CAMBIO

-Alejandro, soy Joaquín, te dije que te llamaría por esta banda hoy, ¿no te acordaste? CAMBIO

-Perdón Joaquín, no esperaba tu llamada tan temprano, CAMBIO

– Como sois los nuevos, antes nosotros dormíamos poco y estábamos deseosos de hablar con alguien, CAMBIO

-Jajajajajaja. Ahora nosotros utilizamos el teléfono o aplicaciones de mensajería, CAMBIO

-¿Nos levantamos graciosos? No soy tan mayor, solo que me gusta utilizar mi vieja “chispas”, CAMBIO

Ok, CAMBIO

La conversación entre dos seres no tan alejados en espacio, pero si en motivación continuo un largo rato.

-Perdona Joaquín, llaman a la puerta, te llamo luego al teléfono de la base de tu faro y continuamos, ¿vale? CAMBIO Y CORTO

-Te copio, CAMBIO Y CORTO

El ruido de unos nudillos aporreando la puerta del Faro de Trafalgar de Alejandro se hicieron más rápidos y apresurados. Alejandro se dirigió a la puerta con cara de pocos amigos. Al abrir aquella puerta, no esperaba encontrarse lo que se encontró. El ruido chirriante del gozne de hojalata de la bisagra, lo abstrajo de la realidad, por eso la sorpresa fue mayor

-Corre, es tu perro, le dijo un conocido del pueblo.

-¿Qué?

-Tu perro, está en el mar y no consigue superar la corriente.

Quien le aviso fue un foráneo de aquel pueblo que sabía la devoción que el nuevo farero tenía sobre su mascota. Muchos los veían y pensaban que el habría querido ser padre al ver como cuidaba a su perro como si fuese un bebe.

Al llegar a la playa, bajado como una centella del promontorio donde habían construido el faro, vio que en el agua había otra persona intentado “cazar a Turco”. De forma automática, se desprendió del contenido que tenía en sus bolsillos y se quitó los zapatos, volando estos de forma libre hacia los lados. Corrió, corrió, esprintó como quien le persigue la parca… y se zambulló desde las rocas.

Su cuerpo se tensó como una barra de acero al sentir la fría agua del estrecho. Su sentido de la orientación quedo anulado por el cambio térmico y por el golpe seco al entrar su cuerpo en el agua, aunque todos esos factores daban igual. Alejandro siempre tuvo determinación, tenía una idea y la iba a realizar, salva a Turco de aquellas corrientes.

Al salir y empezar a bracear, se percató de la persona que estaba cerca del perro intentando cazarlo.

-Déjalo, tira para la orilla, sabe nadar, te seguirá.

-No, no reacciona.

-Vete para la orilla yo me hago cargo.

Aquel cuerpo empezó a nadar contra corriente. Alejandro desvió su mirada, para dirigirse donde estaba Turco. Al llegar a su altura, turco, empezó a chapotear, a intentar llegar a su “compañero”. Con un movimiento seco, Alejandro, alcanzo agarrar a Turco por el collar y entrelazarlo como si de un bebe se tratase y lo sacó de la corriente de forma precaria. En mitad de la bahía había unos hombres con bote que le indiciaban que se agarrase a la borda. Casi exhausto se dejó llevar por la resaca del mar que lo impulso hasta el bote.

-Gracias. La otra persona, ¿llegó a la playa?

-No, se ha hundido a veinte metros. Se ha ahogado. Sube. Llamaremos a salvamento marítimo para que…

No terminó la frase, cuando empujó a Turco por encima del mamparo de la borda para que cayese en la bañera del bote. Seguidamente, dotado de una energía casi hercúlea, se dirigió donde había visto por última vez aquella persona que intento salvar a Turco. La idea de que alguien muriese por culpa del perro le aterraba, no por su calidad de Farero, sino porque no se lo permitiría….

Llego donde la espiral de las distintas corrientes convergía y se creaba una espuma densa que enturbiaba el agua. Se sumergió, a tientas intento bajar a una profundidad que esperaba encontrar el cuerpo. Nada. Volvió a intentarlo. Una, otra vez, así de forma repetitiva y obsesiva varias veces más. Sentía que ya estaba al borde del colapso. Se dijo –Una vez más- arremolinó todas sus fuerzas, aspiro todo el aire que le pudo caber en sus pulmones y boca y se sumergió. Con los ojos cerrados y con la desesperación como sonar, bajo, bajo más aun de lo que sus oídos le permitían, casi le estallan, sabía que un centímetro mas y no tendría aire suficiente para volver a la superficie. Con uno de sus dedos acaricio algo. Se obligó abrir los ojos y solo pudo ver de forma turbia y son definición, algo que parecía un cuerpo. Lo agarró, como se agarra la vida, valga la reiteración, y con la desesperación del ahogo por una bocanada de aire subió, hasta la superficie.

Ahhhhhhhhh!- Eran dos cuerpos que respiraban nuevamente. Un bote en mitad de la bahía se les acerba para rescatarlos. Ya en la playa, con mantas Alejandro y una desconocida temblaban, no por el frio sino por la resaca del esfuerzo. Sentados en el talud de arena, mientras el viento de levante soplaba se miraron.

-Gracias- con un hilo de voz casi inaudible dijo Alejandro.

-A ti.- dijo aquella muchacha de pelo corto rubio en un acento extranjero.

En otro lado de la costa:

Joaquín se sintió mareado, aquel sábado no bajaría a la playa, sería el primero que faltaría. Esa idea le consumía, lo quemaba. Por eso, con se sentimiento de fracaso, cuando pensaba que cada vez quedaba menos para que ella volviese, se obligó a levantarse, tras tableó y cayó perdiendo el conocimiento en la sala de su casa. El cuerpo se quedó tumbado junto a la radio. Esa radio con la que tantos mensajes de alerta habían dado y que ahora se antojaba tan distante e imposible de transmitir el único aviso del que él era el protagonista.

En la mesa del comedor, había el último mensaje que había escrito, junto con aquella botella azul… estaba preparada para ser totalmente impermeable. Después de muchos años volvía a utilizar la vitela lino de un lienzo pintado, que contenía parte de un dibujo.

En la Paya de Trafalgar:

Aquellos dos cuerpos se quedaron observando la turba de gente que se arremolinaban a su alrededor, junto con Turco, que al ver tanta gente correteaba de un lado a otro, sin que hubiese tenido la muerte tan cerca.

Aquella chica de pelo rubio y acento extranjero, dijo:

-Que feliz se ve a Turco, todos deberíamos ser un poco más como tu perro- mirando a los ojos a Alejandro.

(Continuara…)

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