la carta

Una carta no es solo las letras que en ella se contienen, también es una hoja de sueños. Si, de sueños, porque en ella se contiene lo que se le expresa a la otra parte que lo va a leer, en ella se puede pedir, confesar, recriminar, demandar… un sinfín de verbos de acción, que al fin y al cabo quiere definir el objeto genérico por el cual se escribe… Este relato va de eso, de hojas, que contienen sueños, peticiones o recriminaciones, tal vez deseos, pero todos ellos se contienen en una carta… Prepárense a leer;

– Guau, Guau, Guau,- aquel perro de aguas también llamado en España de raza turca, empezó a ladrar y olisquear algo en la arena

– Turco, Turco, ven aquí, se oyó la voz de su amo reclamándolo.

-Pero bueno, ¿que traes ahí?- volvió a oírse la voz del amo de Turco

-Eso, ¿es otra botella? Y de ¿cristal? Una botella azul… ¿Qué curioso?

Turco se dirigía a su dueño con el hocico en ristre al viento, más orgulloso que la ultima espiga de centeno en un campo segado, mordiendo aquella botella. Pasó al lado de la voz y se sentó esperando a que le cogiese la botella. Esa voz era Alejandro, farero de un puesto en la costa.

Mientras se dirigía al Faro, los ladridos de Turco rebotaban en el talud de arena que se había ido formando en la orilla a modo de rompeolas y una chica que paseaba por allí, se volvió. Turco salió corriendo para saludar. –Este perro es más sociable que yo- pensó Alejandro. Mientras esto ocurría, en otra playa, Joaquín, con más de setenta años, se dirigía a sentarse en aquella cala, como todos los sábados de los últimos 31 años.

Al llegar al faro, se percató que el perro aún no había llegado, dejó la puerta abierta, para que entrase a su gusto. Tras dejar la correa y las distintas conchas que llevaba en las manos en una mesa auxiliar de la entrada, se dedicó a observar aquella misteriosa botella.  Desde hacía ya un tiempo, iba recolectando distintos mensajes que iban apareciendo en la orilla, era una forma de matar el tiempo y bueno, algún hobby tenía que tener, ¿no?

Se dispuso abrir aquella botella azul, de la que no supo identificar que bebida alcohólica contenía. Estaba bien sellada y parecía algo antigua, ya que por algunas partes de la misma la declaración se hacía patente. Por fin consiguió abrirla y el mensaje que había dentro le llamó poderosamente la atención. El papel era de una vitela de calidad absoluta, como si hubiese sido arrancado de un lienzo. No es que fuese un especialista en papel, es que al desenrollar la misiva se percató que por el envés de la carta había algo dibujado, no alcanzo a identificarlo, parecía un pájaro o algo así, pintado en carboncillo, pues al pasarle el dedo, aquella parte del dibujo se difuminó. Decidió tratarlo con cuidado, pues la misiva llevaba tiempo en el mar y con los cambios de temperatura y el sol, hacía que el papel fuese quebradizo. Tras desenrollarlo se podía leer;

“Hola mi querida Rose;

Aun no sé si esta carta la leerás, ni tampoco sé si utilizando este medio de envío te llegará, pero como no sé dónde enviarla, la deposito en la mar y que sea ella la que decida si entregártela o no.  Mañana hacen 21 días que te fuiste, al igual que como llegaste, sin avisar.  Me levanté y ya no estabas. Mentiría si dijera que no sé por qué te fuiste, pero ambos lo sabemos.

Resuenan en mis oídos  tus últimas palabras, no fueron agradables, no fueron sinceras, pero si valientes. Veía tu cara seria, sin embargo tus ojos transmitían esa bucólica emoción de tristeza; en ese momento no lo supe, pero al día siguiente, vislumbre el porqué.

Mitiga tu falta los recuerdos de los dos meses que estuvimos juntos, los paseos por la ciudad nocturna, sola para nosotros; aquella excursión por la carretera en aquel viejo descapotable que te gastabas; el picnic que terminó en guerra de besos y caricias en aquel parque natural y sobretodo aquella foto que nos hicimos con tu maquina instamatic 126 a la entrada del Faro. ¡Vaya ojos te gastabas!… nunca vi alguien que expresase tanto con ello, con tan solo una mirada.

Ahora toca que te recrimine, que te odie, que te maldiga una y otra vez, pero no me sale… sé que lo hiciste por miedo, por no repetir de nuevo tus errores, por no dejarte entrar en mí, por dejarte que solo vieras la tapa del libro. Fuiste cobarde, ambos lo fuimos, pero no me sale odiarte, sino quererte. Tal vez pienses que es una locura, pero no sé por qué, te empecé a querer antes de que yo incluso me diese cuenta. Soy consciente de que no necesitas ayuda, que eres muy válida de cuidarte tu sola, pero tan malo es que quiera cuidarte, no te pido que dejes de ser así, solo te digo que no tienes por qué hacerlo siempre, solo te digo que vengas conmigo… tal vez eso último lo debería haber dicho antes, pero por orgullo o miedo no lo hice.

Leo una y otra vez tu último mensaje, las palabras contenidas en él que dejaste en la popa de Rose, …a las diez en la playa, rezaba…. por una vez en mi vida fui puntual. No sé por qué no acudiste. No perderé el tiempo preguntando, te diré que yo desde aquel día, acudo todos los sábados a las diez a aquella playa donde nos conocimos y donde distes un sentido a mi vida.

No sé si seguiré haciéndolo, pero el cuerpo me pide que lo haga, tengo esa extraña ilusión infantil de que llegue el día en el que aparezcas. Tranquila, sé que no faltaste, simplemente llegaste tardea. ¡Dios Rose!, sí puedes ven pronto, si no, ya sabes que yo espero con amor.

Joaquín.”

Al terminar de leerla la memoria de Alejandro estalló. Había oído algo parecido, pero no lograba identificar donde o cuando. Como siempre cogió la botella, la volvió a cerrar con la misiva y la colocó junto con las otras. Eran trofeos que había rescatado del mar.

Pasaron los días y Alejandro, escuchó una historia que le recordó la carta, la de un viejo marinero, que se sentaba a mirar el Mediterráneo todos los sábados, sin haber faltado nunca en las dos últimas décadas. Aquello le fascinó. Le preguntó a la señora que estaba contando aquella historia donde la había escuchado;

-Escuchado no, lo he visto.-

-¿Dónde?

-En un pueblo del Mediterráneo entre Adra y Motril.-

-¿Y qué es lo que vio?-

-Pues cuenta la gente de aquel pueblo que el buen pescador, dejó un día de hacerse a la mar y se convirtió en farero.-

-¿En farero?

-Sí, creo que por su alcoholismo le dieron ese puesto. Los sábados por la mañana, el viejo farero, que ya está jubilado y le dejan aun habitar la casa, coge una silla y se sienta en una cala cercana a la casa. Llueva, haga viento, esté nublado o haga un sol de justicia. Las gentes del pueblo sincronizan su reloj con él. Jajajajajaja. Yo creo que está loco.-

Antes de que acabara la frase, Alejandro, había desaparecido. Mientras se dirigía a su casa, ya estaba planeando que excusa dar para ausentarse el sábado. Era miércoles, solo tenía dos días para encontrar a alguien que se quedará con Turco.

Al volver a casa, se cruzó con aquella chica que jugó con Turco el día que encontró la botella azul. Ella hizo ademán por pararlo, pero Alejandro era un tipo decidido y cuando se le metía algo entre ceja y ceja, no había poder humano o divino que lo apartará; siempre se había sentido orgulloso de su determinación. Ella se quedó perpleja, pensó, -que tío más insociable.-

El sábado llegó, madrugó y cogió carretera para dirigirse aquella cala. La verdad que la carretera era preciosa y llevaba tiempo sin conducir, su GPS le indicaba que no estaba a más de trescientos o cuatrocientos kilómetros. Hizo un cálculo mental y si no repostaba podía estar allí a las 9.30

Llegó a aquella cala a eso de las 11.00. Alejandro nunca fue puntual, pero valió la pena, allí estaba aquel señor, con una rebeca de punto, sentado en una silla de playa. Miraba al mar, como si no lo hubiese ya observado bastante… se fue acercar para hablar con el viejo….

Continuará…

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