Una noche más…

Algunas veces, las mejores historias suceden en un solo día, otras duran años; unas pocas se inventan… Esta, que aquí presento, está basada en algún escarceo de mi juventud, combinada con las ensoñaciones de un calenturiento escritor, un viernes noche no hace muchas semanas, con demasiado alcohol en el cuerpo, mucho tiempo libre y una época de sequía (en todos los sentidos). Preparasen para disfrutar

Las curvas y recurvas de aquel cuerpo enfundado en ese mini pantalón vaquero deshilachado, junto con una camiseta también cortada al ombligo, no dejaban mucho a la imaginación. Aquella pose recostada detrás de la barra, marcando sus cuartos traseros como buena jaquetona que era, a este escritor le ponía “palote”… más bien seamos respetuoso, me sentía convulso, -queda más elegante- . Sus tatuajes, aunque algo poligoneros y excesivos en tamaño, cantidad y cromaticidad, no le quedaban mal… pero lo que más me enloquece de aquella chica llamada Simón era su turgente pecho, no excesivamente grande ni diminutamente pequeño, a falta de una palabra mejor, era perfecto.

Su cara estaba tapada por la mascarilla quirúrgica que desde hace tiempo nos hacen llevar. Lo único que se deslumbraba eran aquellos ojos marrones y verdes, que conjuntaban con su melena a ratos rubia a ratos castaña de tipo rizado que caía por sus hombros. Me recordó a la típica melena de un león, pero ella tenía pinta de ser leona.

Su café era; como describirlo sin ser cruel… parecía de todo menos café, pero las vistas de aquella sinuosa figura nacida para el deseo fue la justificación de que acudiera cada viernes tarde aquel bar en las últimas semanas de abril. Nos limitábamos a intercambiar pequeños comentarios, sobre algún cliente petardo o sobre el tiempo… o eso creía la gente. La verdad aquel café del casco antiguo de la ciudad era perfecto.

Todavía no había encontrado un tema de conversación para enganchar una charla que durase más de cuatro palabras o que se despachara con un monosílabo. Me sorprendí mirándole el culo… -que indecente para el hijo de una duquesa-, pero hace tiempo que los títulos nobiliarios del abolengo de mi apellido quedaron atrás. Además fui un poco más inteligente que toda la progenie de mi rancio apellido y resolví escoger el apellido paterno de mi abuelo para pasar desapercibido, para dejarme llevar por irrefrenable deseo de la lujuria contenida en mi mente calenturienta de un maduro pasada ya el ecuador de la cuarentena.

Un par de miradas fugaces que se encontraron con mi mirada más maliciosa, perniciosa y ladina y a ella le picó la curiosidad. Siempre he destacado por ese tipo de miradas que desnuda los más profundo y libidinosos deseos de quién la recibe…

-¿Quieres algo más?- pregunto ella.

-Una bebida espirituosa estaría bien-, le respondí en un tono irónico y juguetón.

-¿Como la quieres?- dijo ella intentando hacerse la graciosa.

– En un vaso y con hielo.

-Que gracioso… no tengo tiempo para tanta tontería, ni tampoco tienes tanto dinero para entretenerme.

– En eso llevas razón. Quiero un Hanky Panky.

– No se de cokteleria, me tendrás que explicar cómo se hace.

– Te explicaría tantas cosas… – acerté a decir, pero al ver aquellos ojos que emitían que su paciencia se estaba acabando continué: -se hace con 11/2 de ginebra, 11/2 de vermut seco y tres partes de naranja.

– ¿No vas de demasiado tipo duro para este tipo de bebidas?- me contesto Simón, claro, tenía que devolverme aquel comentario tan estúpido de antes.

– Venga, si apenas me conoces, soy un cielo jajajajajajaja.

– No te pases, eres demasiado viejo para este tipo de borderias… no te pegan nada.

– Lo sé, perdona.

– Entonces… ¿qué va  a ser?

– Lo que te apetezca…. No soy delicado.

Cogió la primera botella de whiskey peleón y me lo puso con hielo. Aquel trago me supo de maravilla, diría yo que casi divino, pues la llamada de la depravación marcaba mi número de teléfono. Al volver a colocar la botella en la estantería puso una pose en la que se le entrevió el abdomen y casi el nacimiento de los senos debido aquel modelito; más típico para ir a la playa que para servir copas a guiris y acabados como yo. Lo sé, soy un viejo verde, pero me puso cardiaco. Las chicas de muslos gruesos y algo recurvos siempre me han dado mucho punto y han sacado el libidinoso ser que tengo en mi interior.

La conversación decayó, porque al maldito bar, acudieron más clientes y ella estaba obligada a atenderlos. Al pasar a mi lado mientras recogía los vasos sucios de la mesa que tenía a mi espalda, con sus caderas rozó mi brazo… Me miró de forma desafiante. En sus ojos pude leer…. -Yo también se jugar a ese juego- presentí que la tarde “pintaba a bastos” y tal vez tendría un final de relato de revista de los ochenta, donde las chicas que salían en picardías o en aquellos tangas tan sugerentes que tanto me gustan aún.

La tarde noche pasó muy lentamente y la imposibilidad de fumar en el local me causaba bastante malestar. Vi que la terraza empezaba a descongestionarse y le dije:

– Esa mesa que se queda sola, me voy a sentar fuera, puedes apuntarme allí la cuenta

– ¿Pues como no te quieras sentar con ese tío raro?, las otras mesas son del local de al lado

En esa mesa estaba sentado el típico tipo medio borracho que se quería hacer notar. La verdad, la idea no me entusiasmaba y le dije;

– Hay tres personas que me caen fatal: mi segunda exmujer, mi madre y ahora tú.

Ella no pudo evitar reírse a mandíbula abierta. Era condescendiente conmigo, algo que no dejaría de hacer para reírse de mi y darme esperanzas de que pudiera conquistarla. Me miro y supe que había un atisbo de posibilidad… tal vez la noche fuese fructífera.

No me molestó tanto, que me dejara así, tirado en mitad de la barra, sin poder salir a la terraza, pero me percaté que lo hacía por una razón… Estaba reclamando sus derechos de pernada conmigo sobre un grupo de jovenzuelas que no dejaban de mirarme. No es que sea el tipo más guapo del mundo, pero tengo mi público y mi cara de pocos amigos, mis ojos duros y serios y mi rictus enigmático, atraen a cierto tipo de jovencitas que están buscando a un hombre. Lo que no saben ellas es que este “hombre”, tiene el síndrome de Peter Pan y que de duro tengo, lo mismo que un palillo de dientes… eso sí, serio y enigmático soy, pero porque siempre fui un tanto antisocial.

Como me aburría sublimemente y no quería volver a casa ya, y la expectativa de seguir tomando era la única solución a corto plazo, volví a pedir una copa y decirle a Simón;

-Pon esa mesa lo que quieran, pago yo

– ¿Que te crees? Eso lo diría mi abuelo, fantasma… si pretendes ligar con ellas, deberías acercarte a la mesa y…

La interrumpí; – déjate, se lo que me hago-

Simón, con aquel cuerpo diseñado para el vicio, se acercó a la mesa. Me percaté que se contoneaba algo, pero la verdad; a esas alturas de la noche, hasta el andar de una vaca lechera me hubiese incitado a pensar que se estaba exhibiendo. Las risas de la mesa no tardaron en llegar y una voz suave pero con acento extranjero me invito a sentarme.

Eran tres, como “las gracias” de Rubén: más jóvenes que yo, incluso con una pequeña ecuación aritmética pude establecer que los diez años de diferencia los había, pero eso a aquellas alturas ya daba igual. Me preguntaron si hablaba francés o inglés, con una estúpida sonrisa. No sé si era una pregunta o algún juego moderno. Como siempre me he vanagloriado de mi agudeza, le respondí;

– La Lengua francesa la hablo algo, el inglés me defiendo… siempre que no sea más alto que yo (solté una pequeña carcajada). Ellas no lo entendieron, pero Simón sí. Seguía pendiente de nosotros.

La conversación fue saltando de un lado a otro, me preguntaron por mis quehaceres; les pregunte por los suyos y la verdad aquellas cuatro horas se me pasaron volando, tal vez por la compañía, pero seguro que fue por la multitud de copas que me bebí. Llegó ese punto, donde las restricciones se hacían patentes y Simón debía cerrar el bar… Ya llevaba rato sentado con mis “tres gracias” a las cuales no les prestaba el mínimo de atención, pues desde hacía hora y media hora había comenzado un juego de miradas y gestos con Simón, sobre la situación en la que me había metido. Ella no tardó en venir a rescatarme. Llegó, como llega la hembra alfa a la manada y reclama para sí al macho receptivo, sí, he querido ser más prosaico que la verdad. La verdad es que llegó y me dijo;

– Dile a tus amigas que tengo que cerrar. Tu quédate y paga lo que debes.

Tras una despedida casi abrupta, porque la verdad, ya me había cansado de ellas y después de darle un numero de teléfono que le saldría la centralita de un operador de telefonía y una dirección de email que llevaba años sin utilizar, me volví y me quedé con Simón. Echó la baraja de la persiana metálica y aquel mágico y estruendo ruido fue la señal de que la cosa se iba a poner seria.

-¿Quieres la última?

-Yo nunca digo que no a una copa gratis.

-Mira que eres imbécil

-¿Por qué?, ¿qué he hecho yo ahora?

– Era necesario que todo el mundo te viera tontear y ponerte en ridículo con esas tres guiris

– ¿Qué quieres?, no me hacías ni caso

Ella se apoyó en la barra me asió hacia su cuerpo y empezó a mordisquearme la oreja

-Eres puro veneno… salió de mi esa voz casi cuajada por el alcohol

-Y tu un borracho que huele muy bien a altas horas.

Los besos, dieron paso a un manoseo calenturiento por los dos. El aroma de ella era algo afrutado, entremezclado con el olor a bar cerrado y limpia suelos. Me encanta ese aroma a perdición, tal vez no sea muy agradable, pero para gustos colores. La fui desnudando poco a poco, hasta que la dejé solo en braguitas. Aquel cuerpo me parecía aún más espectacular sin tanta ropa y eso que ya de por si llevaba poca. Seguía manteniendo la mascarilla quirúrgica puesta… -¿me la quito?- dijo ella mientras una de mis manos se liberaba de tocar su espesa melena y recorría su cuello hasta su oreja

-Deja, ya lo hago yo.

Había visto la cara de Simón muchas más veces, pero al quitarle aquella mascarilla, la vi como era. Se apreciaba los rojeces dejados por la mascarilla, pero el conjunto de sus demás facciones combinado con sus ojos hacían que aquella cara pareciera angelical. Un súbito escalofrió recorrió todo mi cuerpo… el deseo se hacía ya patente. La volví a besar, pero esta vez, con una ternura dubitativa que exponía más mi nerviosismo de un colegial atrapado en el cuerpo de un borracho, que la de un amante con tablas… que les digo, algunas veces hasta el más seguro, tiembla y duda… Lo dicho, aquella cara angelical, escondía en realidad toda una diablesa… hecha para el deseo

Las cosas terminan como terminan y no daré más detalles. Ella es una señorita y yo, bueno,  al menos, creo que queda algo de caballerosidad en mí….

Al salir de aquel bar los dos, cogidos como dos amantes que buscan un puerto seguro para pasar la noche, ella se volvió y me dijo;

– Promete que no cometerás la estupidez de enamorarte de mí

– Claro, para eso estoy yo ahora….

Ha sido una de las pocas veces en mi vida que me ha dolido tanto mentir. Ahora no voy por su bar, su exnovio volvió y le cantó canciones de sirena al oído. Yo al menos me quedo, con aquella noche y las que le siguieron, fueron eso… una noche más…

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