La puerta de la Torre de la Malmuerta (Córdoba)

-Ahhh!!!!

El grito desgarrador llegó hasta el final de la ciudad amurallada estremeciendo a cualquiera que lo hubiese oído. No fue esa clase de grito desesperado, ni tampoco sordo y ahogado en dolor. Es ese tipo de grito que ahoga cualquier vida, que opaca la luz y enturbia la nitidez. Aquel grito que una vez que lo escuchas un serpenteante escalofrío recorre todo tu cuerpo desde el final de la espalda hasta el cuello, envolviéndose en todo tu cuerpo como una ola en el mar que te golpea desde la orilla, engulléndote para luego ser escupido por la resaca, quedando totalmente aturdido y desorientado.

Los pasos del Comendador Amadeo Felipe sonaban como los cascos de un caballo, no por su pesadez, sino por su prestancia y premura en el suelo adoquinado que llevaba al muro donde la torre albarrana de la puerta norte de la ciudad estaba construida. Era donde se encontraba el epicentro de aquel sórdido ruido transformado por la laringe del ser que lo emitió; el grito ahogado de su nieta Mercedes.

Aquel grito se clavó en su sistema límbico, que le impulsaba casi a flotar en el aire. Al llegar el mismo, aún, el magnífico ruido atronador del grito, flotaba en forma de eco en la cavidad que saliera de la puerta  de la torre albarrana norte, que llevaba a un pasadizo escavado por los “moros”, para tener una salida secreta rápida a Sierra Morena y desaparecer como la bruma al cenit del sol de una mañana de primavera.

Al llegar aquella puerta, se encontró que la verja estaba cerrada, anclada como las raíces de un sauce en tierra caliza… imposible- desaíro su mal humorado rictus. De un mandoble aspiró romper aquel candado o cerradura hecha por los mejores cerrajeros judíos de la ciudad. Al desenvainar, la punta de su espada, mil veces afilada, no se percató de que con aquel grácil y rápido movimiento también se llevaba por delante su bolsa de alcancías. En ese mismo movimiento el contenido de la bolsa describió una elipse de puntos reflejados en sus maravedíes que estaban dentro.

Cuando descargó aquel magnifico, certero y preciso golpe de espada, por azar o por simple movimiento atractivo de las monedas que salieron despedidas al desenvainar su espada, una de ellas se interpuso entre la cerradura y su espada. Al caer ese golpe, partió todo, no solo la cerradura y la moneda, sino también la esperanza de volver a ver a  Mercedes con vida….

Los gritos que salían de aquel pasadizo eran espeluznantes, sonaban como si alguien se le estuviese arrancando la vida con unas tenazas; extrayendo la vida desde sus ojos a través de su lengua. Lo que dentro se encontró D. Amadeo Felipe, fue una escena sacada de cualquier codex de brujería redactado por una suerte de druidas borrachos. No agobiaré con detalles, pero si lo vierais; mil noches tendríais de insomnio queridos lectores. Aquella imagen, favoreció el comienzo de la caza de toda persona impía, pagana o de moral dudosa fuese inspeccionada, juzgada y sentenciada por la ley del hierro. Y es aquí donde empieza la historia.

Se cuenta que la enorme fortuna de D. Amadeo Felipe, fue escondida en aquel pasadizo y tubo por la extraña coincidencia del azar, que muchos lo intentasen. No pocos se aventurarían, atraídos por las mieles de la riqueza. Años después en pasar aquel episodio, la historia quiso que otro acontecimiento desagradable sucediese y es por el cuál, las gentes de la ciudad terminaron conociendo esa torre de forma geométrica como “la Torre de la Mal muerta”.

Como fuesen los sucesos, años después, yo diría que incluso siglos después, D. Beatriz de Romales, hija de un acaudalado comerciante de la ciudad, jugaba con el hijo de un vaquerizo todos los días, ya que el padre de la criatura, Fernando, lo acompañaba todos los días en sus labores de repartir leche fresca entre las casas palaciegas de la ciudad.

-Hola Fernando- dijo la niña

-Hola Beatriz-, respondió el niño con aquellos ojos traviesos que contenían todas las travesuras que pueden tener unos niños de su edad

-¿Jugamos a colar la pelota en la torre del norte de la ciudad?- propuso la niña

-Ahora no puedo Beatriz, debo ayudar a mi padre a repartir…

Fernando- interrumpió la conversación el padre de la niña, -deja que tu hijo distraiga a mi hija y ven aquí que te quiero plantear unas ideas para tu negocio-

La mirada de permiso del padre de Fernando, hizo que su hijo diese un paso adelante y se fuese con la niña a jugar.  Cuando llegaron a la puerta de la torre, se dispusieron a colar la pelota por el hueco que había en la reja que impedía el acceso a  aquella torre vestigio de la ciudad medieval. En una de las tiradas, Beatriz  le dijo

-Si la cuelas por la reja, entre los barrotes, te doy un premio- dijo la niña

-Si la cuelo, entre los barrotes, me darás lo que yo pida- contesto el niño

En un movimiento de cabeza confirmó el trato. Fernando con sus manos sudorosas se dispuso a lanzar la pelota. Su corazón palpitaba de emoción y nerviosismo, sabía lo que le iba a pedir a la niña y aquella circunstancia hacia que sus músculos, su coordinación, el ansía por ganar, le jugaran una mala pasada. Con tan mal atino, que al lanzar la pelota, esta se coló por entre las rejas, revotando y cayendo cerca de la puerta, que en antaño estuvo cerrada y de aquel mandoble tan certero D. Amadeo pudo quebrar.

Fernando- dijo la niña, -has embarcado la pelota y ya no podremos jugar más.

Yo…. – se interrumpió este al ver que la niña salía rauda tras los escalones de acceso a la puerta.

Él sabia lo que sucedió allí. Aquella historia se la había contado el padre de su madre y le había entregado la mitad de una moneda antigua, que a su vez había recibió del padre de su madre y así retrotrayéndonos a la generación donde ocurrieron los hechos del comienzo de esta historia. Conocedor de esto, salió raudo como un suspiro para alcanzar a Beatriz, pero esta ya se encontraba, casi en el arco de entrada de la puerta a la torre. Se percató la joven Beatriz, que la reja de acceso, no estaba cerrada sino encajada.

Cogió el frio barrote para asir la bisagra de dicha reja que impedía el paso, cuando trastabilló y se escurrió, precipitándose por el hueco de entrada y rodando pasadizo abajo, con tan mala fortuna que  se hirió en su rodilla con en el primer escalón de bajada y volteando tres o cuatro más…

El niño, que había observado la escena mientras se dirigía hasta la niña, rezo a todos los ángeles para que aquellas puertas que entendían que daban paso al infierno, no fue así; pidió que le diese la velocidad del rayo, para aparecerse al lado de la niña y que esta no fuese engullida por la puerta, pero… el cielo nunca escucha las peticiones de los necios, pobres o los que son ambos y aún menos los que no son conscientes de ello…. y menos aún a los que se van enamorando de aquellos que los lleva a la perdición o su propia autodestrucción … Pero aquel día, su ángel de la guarda estaba por ayudar y como si se tratase de un escudo mágico el que envolviese a Fernando, este, apareció al lado de la puerta en un respingo.

Ya en la antesala que daba paso a la bajada más sinuosa y oscura, se encontraba Beatriz, llorando, cogiéndose su rodilla y sentada en el suelo. Como ya os he dicho antes, Fernando envuelto en aquel escudo protector, que algunos llamarán valentía y otros temeridad, se armó de todas sus fuerzas y bajó a recoger a Beatriz. La escena, tan tierna, parecía que iba a romper el hechizo que flotaba en la torre de que toda doncella que se adentrase, debería morir, pero cuan equivocados estáis, lo único que sucedió, fue un aplazamiento en el tiempo y que la venganza asociada a la maldición de la torre, fuese aún más exquisita… pero no os adelantemos a los hechos.

Fernando la cogió como mejor pudo, se la cargó a un hombro y la sacó. Ya en el exterior, Beatriz lo culpar de su caída. Cuando llegaron a casa de Dña. Beatriz, el padre de ella les esperaba…

-Pero ¿qué ha pasado?-

-Nada papá, me resbale- dijo la niña- estábamos jugando en la torre norte y… la niña fue interrumpida de inmediato por el padre

¿Qué te he dicho?- El tono del padre pasó de una naturalidad a un tono serio y riguroso que hasta el más fiero soldado se hubiese asustado…

La discusión siguió en presencia de todos, los padres de Dña. Beatriz, los criados, el padre de Fernando y el propio Fernando. Él esperaba una recompensa. ¿Cuál sería dicha recompensa? Esta no fue ni justa ni amable; el resultado: la prohibición de que se acercase a la niña para siempre, además de unos cuantos azotes del propio padre de Fernando al llegar a casa como consecuencia de haber truncado sus posibilidades de ascenso social por aquella desventurada aventura.

Los años prosiguieron y Fernando se convirtió en un chico fuerte y curtido. Agilidad que te da el trabajo desde la más tierna infancia. Por su parte, D. Beatriz se convirtió en la señorita recatada y caprichosa que algunas muchachas pudientes evolucionan cuando aprenden que es mejor estar callada y que otros acarren con la consecuencia de sus actos. Pero como ya he dicho, el tiempo y el destino, casi siempre juega a un juego que nadie más entiende.

No aburriré con los detalles de lo que pasó, pero podéis imaginar. El destino estaba haciendo de las suyas y un par de situaciones incomodas para Fernando y alguna trastada impertinente de Dña. Beatriz, hizo que sus caminos se cruzaran y se dieran el primer beso debajo del arco de aquella torre.

Pero el mal no entiende amor, sino de cuentas. Había penetrado en las entrañas de aquella torre y debían de pagar el diezmo de su intromisión… Habían sellado su amor debajo de aquel arco, burlándose de la reputación de la torre. Esta enfurecida, dicto sentencia, sería la muerte para ambos  Pero la muerte, no quería algo que los segara como el trigo en verano por un apero, no. La muerte quería algo exquisito, digno de ser contado durante toda una eternidad, para que nunca nadie quisiera volver abrir aquella puerta o reja y los vecinos de la ciudad no olvidasen el poder de la muerte y la torre.

Como fuese, Dña, Beatriz fue acordada en matrimonio con un petulante noble venido a menos, pero que por su abolengo, era del agrado y simpatía del padre. Si no me falla la memoria, era de la familia de los Amadeos Felipes, antiguos comendadores de la ciudad.

Al enterarse del concierto de sus esponsales, Dña. Beatriz que había fantaseado con la idea de casarse con Fernando, entró en una situación de dualidad. Por un lado podría aspirar a ser casi una noble autentica por matrimonio, lo que su madre siempre quiso; por otro lado, dejaría la persona, que siempre estaría a su lado, que la llenaría de risas y alegrías su vida y sobre todo, que no le fallaría.

Ya lo he dicho antes, la venganza, cuando se alía con la muerte, hacen un dúo que nada escapa a la espiral de perdición, dolor y amargura que dejan tras de si…. El final de la historia, se lo pueden imaginar mis lectores, el noble visto que es humillado por un vaquerizo sin posición ni fortuna y al elegir su prometida escaparse con él, procede junto con otros amigos igual de petulantes, a dar muerte en duelo debajo del arco de aquella torre, con tan mala fortuna, que Doña Beatriz al haberse enterado de la historia de la fortuna de D. Amadeo Felipe que estaba enterrada en las profundidades de aquel pasadizo cuya entrada estaba en la torre y, en un alarde de amor y como solución a su dilema, intentase momentos antes del duelo encontrar el tesoro con la mitad de la moneda que encontró en un baúl en casa de Fernando, con la finalidad de ofrecer este dinero a cambio de la vida de Fernando… tal y como le prometió a su prometido días antes.

Momentos antes de aquel duelo, Dña. Beatriz encontró la famosa recompensa de los valientes, pero llegó en el mismo momento en el que la punta de la espada de su joven prometido se hundía en el pecho de Fernando, tosiendo este una bocanada de sangre, la señal de la inequívoca certeza, de que la estocada había sido mortal.

Por segunda vez en la historia de la ciudad se volvió a oír un grito desgarrador que hizo que toda la ciudad sintiese aquel escalofrío que Anadeo Felipe sintió al ver a su nieta Mercedes. Aquello ocurrió en la madrugada que iba del 1 a 2 de abril. Desde aquel momento las gentes de esta ciudad milenaria, llaman aquella torre, la Torre de la Mal Muerta, con los años, tanto la historia real como la ficción correrían la misma suerte que con el nombre que se la conoce y se fusionarían las palabras, convirtiéndose en la Torre de la Malmuerta.

Ahora, cuando paso por debajo de aquella puerta muchos siglos después y me quedo mirando la puerta que ha sido inspeccionada mil y una vez por parte de las autoridades y que el candado que ahora posee, es casi irrompible, la misma sensación de escalofrío recorre mi cuerpo, más aún, cuando hace ya muchos años atrás mi abuelo, el padre de mi madre me contara una historia parecida en un paseo matutino un día que no quise ir a clase fingiendo que estaba enfermo.

Al fallecimiento de mi abuelo, un notario me hizo entrega de algunas pertenencias que me había legado, como un reloj, unos gemelos y algunas cosas más. También había una pequeña caja de cedro y palo de rosa negra. Al abrirla encontré la mitad de una moneda antigua y oxidada, creo que es un maravedí.

la Puerta de la torre de la Malmuerta en Córdoba, Andalucía, España

2 comentarios en “La puerta de la Torre de la Malmuerta (Córdoba)

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