El coeficiente de variación en la leyenda del hilo rojo… (o cuando la estadística quiere explicar el destino)

De sobra es sabido que la fórmula que explica la media aritmética como un porcentaje sensible ante cambios de origen de la variable es el coeficiente de variación. Con esta definición un tanto prosaica, trae a colación la leyenda del hilo rojo y como algunos factores de este porcentaje sensible ante los cambios, hace que algunas personas estén conectadas de forma invisible. Si el hilo rojo fuese de alguna materia, diría que es de aquel material en el que se tejen los sueños….

África y Jesús eran solo unos adolescentes… ni entendían que era eso de la leyenda del hilo rojo y menos aún sus conocimientos sobre probabilidad algebraica de la estadística, le hacían llegar a vislumbrar lo que al coeficiente de variación de la media aritmética en función a la probabilidad de que su amor durase lo que…. bueno eran de la promoción de 88 y en aquellos años todavía quedaban cambios muy importantes por llegar para todos.

África estaba apuntada como actividad extraescolar a mecanografía, típica actividad que los padres de esa generación querían que sus hijos adquiriesen para el futuro. Por su parte Jesús, un niño, llamémoslo un tanto intranquilo y de una alta curiosidad también recibía Ambos, en clase, casi ni se miraban, a poco de alguna mirada fugaz y curiosa por parte de alguno de los dos… pero aún el coeficiente de variación, estaba muy alto y la probabilidad del acercamiento quedaba lejos.

La historia transcurre como se desarrollan este tipo de historias en aquella España de inicio de la democracia, que trajo multitud de cambios para aquella generación que ahora está entrando ya en la madurez (llevamos ya unos cuantos años), estos cambios hicieron que los caminos de ambos convergieron en una suerte de tangente lineal.

En estos casos, al ser el primer amor, ya os podéis imaginar, la pasión, junto con la torpeza y la ilusión por descubrir un sentimiento ajeno al amor que se puede tener fuera de la esfera familiar, nació… y digo que nació, porque ese es el primer amor, amor que nunca olvidas. Más tarde vienen otros, y son seguramente más apasionados, reales o correspondidos, pero el primero… perdona; el primero nunca se olvida y son pocos los que te puedan decir, que tras una vida, siguen junto a su primer amor.

Los hechos se fueron desarrollando, como si de una novela romántica de Corín Tellado se tratase. Situémoslo; amigo le dice a que hay una amiga de su chica que le gusta. Amiga de la chica, dice que su novio conoce a tal, que resulta  ser el chico que le gusta… etc. Ahora los detalles casi ni importan.

Llegó el día del primer beso, algo torpe; el cogerse de la mano; la primera cita para que los dos estuviesen solos; las palabras que se estrangulan en la garganta por miedo o por falta de rapsoda para comunicarlas. Pero amigos, siempre queda esas miradas; tan limpias e inocentes que da la adolescencia… y una caída de ojos de ella y todo el orgullo masculino pubertoso de él, hicieron que África y Jesús sellasen esa convergencia antes explicada en el más maravilloso beso, que ambos recibirían, o ¿no?

Pero como todas las historias que últimamente me cuentan, llegó ese día en el que el primer amor debe de acabar; porque es eso, el primer amor. La suerte o la probabilidad geométrica del azar, quiso, que se le diese un tinte más romántico y como buena historia de amor, la separación acudió a su cita inexorable, como llega la tormenta en una tarde de verano… casi sin anunciarse.

Un cambio de residencia por traslado del padre de una y una actitud taciturna de él, hicieron que sus últimas palabras fueran casi shakesperianas. Ambos se dieron regalos. Ella, le dio un pañuelo con uno de sus pendientes favoritos. Pendientes que Jesús en un alarde de romanticismo le comprara en la feria de días antes de la graduación de la promoción del 88. Él por su parte, no sabía muy bien que regalarle y se le ocurrió la genialidad de darle la letra A de su máquina de escribir… pero ¿Cómo? Sin la letra A en una máquina de escribir, no se puede producir nada… ni siquiera amor, pues sin la A nos quedaría “mor”, es decir, aquello que se hace por el bien o consideración de otro. Hay que destacar que las lágrimas corrieron por las mejillas de ambos, y es ahí, donde el coeficiente de variación, se convirtió en la leyenda del hilo rojo.

Con esas lágrimas, con esa ilusión desbordada, con esas promesas que se dicen por estado de desesperación, el dios que está en los cielos, los castigó. Tejió para ellos el hilo rojo más fuerte que jamás se haya tejido, fundiendo el metal del que se hacen las cosas que merecen la pena y extrajo de él un fino hilo irrompible del color de la pasión, ese rojo que teñiría de pasión sus corazones y que nada podría seccionar.

Ella no se marchó de inmediato, pero resolvió no verlo más, o al menos, no coincidir a solas con él; había sido lo suficiente bonita aquella historia para que las recriminaciones o ruegos de sus corazones cayeran en el error de continuar algo, que a priori, estaba destinado a acabar en aquel momento. De esta forma, cuando coincidían en las largas tarde de playa o noches de cine de verano, la casualidad siempre hacia que estuviesen sentados próximos, que no juntos, pues la unión, no se había roto, solo se había alargado…y seguía ahí.

Llego el día, en el que África, se montara con su madre en el tren para trasladarse a la capital de una provincia cualquiera… todavía me acuerdo de aquella escena, donde por un momento, al igual que una película clásica, él llega tarde y ve como se aleja el tren… No; las cosas no fueron así. Por mucho que África mirase a la puerta de acceso del andén, por más que le suplicase a su madre que esperara al menos dos minutos, el tren tiene un horario que cumplir, escrupulosamente puntual a su cita con la historia.

Pero él sí estaba… no en el andén, pero si en la loma de una colina cerca de la estación. Había subido con gran esfuerzo con aquella vieja bici de motocross que había ido reparando con piezas de otra. Vio como el chisporrear de la luminaria del tren marcaba el paso del inicio de la marcha del tren. Mirando fijamente a uno de los vagones, quiso creer que en ese mismo iba África.

La visión le producía un atezamiento en su estómago, aparto la mirada y se concentró en otro punto. Lo primero que observó, fueron sus manos, temblorosas sobre el manillar de su bici. Se concentró en la última cicatriz que tenía en la mano izquierda, consecuencia de una caída a mediados de verano, cuando él y África montaron en aquella bici y en un descuido de ambos por ir haciendo el bobo, término en caída. Parecía como si aquel golpe vaticinase de forma abrupta lo que pasó. No quiso detener su mirada en aquella cicatriz y siguió avanzado con su mirada el sinuoso camino que dejaba las venas de su mano, hasta que se paró en la muñeca y vio, aquel hilo rojo, que ella le había dicho que siempre les mantenida unidos… quiso arrancarse aquella cursilona pulsera, que sólo le traía dolor. Dolor que era demasiado intenso, para lo joven que era. Lo intento de todas formas, incluso deshacer el nudo con el que ella le había dicho que era imposible que se desasiera, porque sus nudos son “in desanudarles”… todo sea dicho, aquel nudo era de carácter gordiano

Y la vida sigue señores, ni por el amor, o por mor, si lo escribiéramos en aquella máquina de escribir de Jesús, se detendría para ellos. Los años pasaron, y otros amores llegaron para los protagonistas de aquella historia. Aquella historia que quedó suspendida un 26 de agosto.

Tras el paso de ella por la universidad donde conoció a Carlos, el que más tarde se convirtiera en el padre de sus dos hijos y los estudios en mecánica de Jesús en la escuela de formación profesional; la leyenda del hilo rojo, parecía condenada al más oscuro de los olvidos, surgiendo de vez en cuando en tímidas muecas de desliz y luminosidad porque algún recuerdo les traía a su memoria aquel verano del 88.

Pero, como ya he dicho, el coeficiente de desviación, como siempre, ajusta cuentas y una separación de ella y un abandono de él, hizo que la fórmula matemática hasta ahora constante, cambiase con esta leve alteración de sus vidas, produciendo una desviación típica en el coeficiente constante del hilo rojo que le unía.

Quiso la irónica probabilidad contarle un chiste al destino y produjo lo que a continuación transcurre; una suerte, donde las más bella historia de amor surge y los hilos vuelven a tensar el espacio que rodea acortando esa distancia física que hasta ahora parecía insalvable.

El 26 de agosto de veintitrés años después, África cruzaba aquellas montañas que separaban ese pueblo de costa que la vio florecer como mujer y donde por primera vez alguien le robo un beso. Una mueca y una expresión de extrañeza cruzó su cara… y una pregunta le asalto hasta entonces no formulada y menos aún contestada -¿qué habría sido de Jesús?- Para a continuación percatase que el display de aquel novedoso tren, anunciaba que la siguiente parada era la suya. Miró al asiento de enfrente y vio a sus dos hijos que estaban dormidos. Con la calidez que una madre pata cuida de sus hijos, África despertó a los suyos y le dijo a su hijo mayor que cuidara de su hermano pequeño mientras ella iba por las maletas.

Al bajarse de aquel tren, vio que venía a recibirle, Conchi, una prima suya algo lejana, no solo por el lazo sanguíneo, sino por la poca relación que habían tenidos en los últimos años… -pero unas vacaciones en la playa son unas vacaciones- y fue por eso lo que este año no declinó la oferta sincera de aquella prima suya.

En otro lado del pueblo Jesús esperaba a su hija Nadia, fruto de la relación con una chica que lo quiso, pero que nunca llegaron a comprenderse realmente. Nadia, esperaba que hoy su padre la llevase a la verbena del pueblo, pues Jesús había demostrado grandes dotes de bailarín y porque Jesús era de aquel tipo de padres, que parece que el peso de la paternidad y los años no hubiese pasado por el… como decía Nadia -Papá estas cañón- a lo que él siempre esbozaba una sonrisa y un pensamiento de orgullo de seguir siendo el príncipe azul de su hija. Nadia al bajar le dio al padre un colgante. Le dijo,

-Toma papá-

-Y ¿esto? ¿De dónde has sacado este pendiente

-Lo tenías guardado dentro de un pañuelo, pensé que era de mamá y como ella lo perdía todo… imagino que tú guardaste el que no se perdió-

-Gracias-, casi se emociona Jesús… -este pendiente…- se paró ahí y cambio la conversación, mientras se ponía el colgante. No sabía o no quería explicarle a su hija que había guardo esa reliquia durante tantos años, pues fue de la persona a la que le robo su primer beso.

La tarde trascendió para ambos sin más sobresaltos que los típicos, para una y para el otro. Pero ambos tenían desde hacía unos días una extraña sensación entre la boca del estómago y el pecho como un jugueteo arrítmico de su corazón, que le recordaba algo, pero no recordaban de cuándo y por quién.

A la hora de la verbena, África llegó con su prima a la barra, donde pidieron algo de comer y unas bebidas. Al ser un evento de carácter caritativo, no se podía pagar con dinero, sino que tenían que comprar unos tiques. Se adelantó África, mientras Conchi se quedaba en la barra, observando o pasando lista de quienes habían acudido. Al ser un pueblo puedes imaginarte que el entretenimiento local, es ver quiénes van, cómo van o cómo han envejecido de un año a otro. Tras regresar de la caseta de los tiques, se quedaron en la barra apoyadas y disfrutando de lo pedido, mientras Conchi señalaba a unos y otros diciéndole a su prima quién era quién, y haciéndole un breve resumen de cómo estaban según África los había dejado antes de irse. La inspección continuo, hasta que los ojos de África, fueron a caer sobre Jesús, que bailaba con su hija en la pista. De la misma forma que baila un padre con su princesa. África, lo sabía, pero no se atrevió a preguntar para que le afirmara si era verdaderamente Jesús. Al final de todo repaso, los ojos de Conchi recayeron en Jesús y le pregunto si se acoraba de él, ella negó de forma automática. -¡Deberías! Pero si saliste con él el último verano que viviste aquí con tus padres- repuso Conchi

Pero como ya he dicho a lo largo de la historia, aquel cambio de factor de los datos, hizo que el coeficiente que parecía invariable, se tornara en negativo y acercase a los dos. Una canción lenta, un encontronazo en la pista y un cambio de pareja entre el hijo de Conchi que bailaba con su tita África y una niña llamada Nadia que bailaba con su padre, terminara con África y Jesús bailando “el sitio de mi recreo”…  ¡cómo no!, no podía ser otra.

Ambos se reconocieron al instante, pero por esa vergüenza al ridículo que se adquiere con la edad, no dijeron nada. Ella no se podía creer lo que llevase un colgante con el pendiente de madera que le había regalado. Él por su parte le asombro el pirsin tan atípico que llevaba en la oreja, es como si hubieses amputado el teclado de una vieja Olivetti y si hubiese hecho un abalorio. Mentira, no se podía creer que ella llevase eso, todavía, después de tanto tiempo.

Tras unos compases y al final de superar el momento frio que produce un encuentro con alguien especial de tantos años, ambos se miraron, pero no como miras a un amigo, a un familiar o alguien que conoces, no. Sus miradas se clavaron más allá de la percepción de sus rostros y se concentraron en la pupila de cada uno de forma reflexiva….

Hola- dijo Jesús

Hola- Dijo África

Y sin mediar más palabra que otra, esta vez el beso no fue ni robado ni pedido, sino ofrecido por los dos. Sólo necesitaron 3 minutos y seis segundos para saber lo que sus corazones habían guardado tanto tiempo sellados a través por el hilo rojo… lo que pasó después, bueno… las matemáticas lo pueden explicar mejor que yo. Solo puedo decir en “mor” de la leyenda del hilo rojo que…

….Alguna veces las cosas suceden porque sí. (siete magnificas palabras)

dedicado a MMC y JMRR

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